Del libro Sophistication: Rhetoric and the rise of self consciousness, Ox Bow Press, Woodbrige, ct, 1991






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Del libro Sophistication: Rhetoric and the rise of self consciousness, Ox Bow Press, Woodbrige, CT, 1991


Traducción de Alejandro Tapia

Las Raíces de Nuestra Sofisticación

Mark Backman




To know the world, one must costruct it


Para conocer el mundo, uno debe construirlo.

-Cesare Pavese
Be careful how you interpret the world; it is like that.

Ten cuidado de cómo interpretas el mundo; es justo lo que parece.

-Erich Heller

VIVIMOS EN UNA ERA IMPULSADA por interpretaciones acerca del lenguaje y de la realidad que tienen su raíz en la Grecia del Siglo V a.C. cuando la relación entre los individuos y las comunidades estaba bajo el influjo de enormes cambios. Fue durante este tiempo que la civilización tal como la conocemos emergió del yugo de una historia mitológica. El ser humano comenzó a tomar control de su vida y su destino como un agente consciente del cambio. Los griegos reconocieron el poder de la mente para alterar la realidad a través de las palabras y las imágenes; fueron los primeros en entender la idea de que el ser individual está determinado por el contexto y por su carácter social, que llega a conocerse a sí mismo a través de la interacción motivada con otras personas.

Estas ideas innovadoras son las raíces de la autoconciencia. Sin un sentido de destino, facultad y comunidad, la humanidad hubiera permanecido envuelta en la neblina de la superstición y de la credulidad. De cualquier modo, los griegos nos colocaron en otro patrón, alejándonos de la seguridad y del confinamiento que implicaba una existencia contenida y pre-interpretada. En su lugar, nos condujeron a un panorama marcado por la incertidumbre, la duda y la confusión. A pesar de sus obvias virtudes, el regalo de los Griegos sobre la consciencia propia ha probado ser un beneficio confuso, ya que nos acarrea a una paradoja esencial: lo que es ganado en conocimiento y poder, es moderado por la insuficiencia y la impotencia.

Todo esto era conocido muy al principio, cuando los instigadores de tales innovaciones se movilizaron primero entre los ciudadanos de Atenas y les prometieron ayudar a encontrar la buena vida en un mundo que sufría de un cambio rápido e irreversible. Éstos fueron los llamados sofistas, y su mensaje era simple y directo: “Tu tienes el poder de cambiar tu vida. Todos los hombres son iguales, ninguno disfruta de ventajas naturales. El hombre mismo es la medida de todas las cosas. Incluso, ni siquiera sabemos si los dioses existen. La cuestión es irrelevante”. Estas aseveraciones socavaron los fundamentos tradicionales y morales de la comunidad, y establecieron acuerdos sociales, uniendo más que nunca a los ciudadanos. Aquellos con riquezas y poder encontraron a los sofistas subversivos y peligrosos. Sin embargo, la idea de que un individuo podría establecer su nivel de oportunidad y controlar su fe, en lugar de ser sometidos por decisiones ajenas, era un potente elíxir para aquéllos que, por primera vez en la Cultura Occidental, clamaban ser soberanos de sí mismos.

El término “sofista” se deriva del Griego sophos y sophia, “sabio” y “sabiduría”, como la palabra “filósofo,” amante de la sabiduría. En tiempos arcaicos, sophia era un rasgo exclusivo de los poetas y los profetas que poseían una especial percepción de la naturaleza interior de las cosas, irrealizable para los simples mortales. Sophia era mágica, tanto por sus orígenes como por sus cualidades para generar una manera de ver más allá de los límites del sentido físico. De cualquier manera, durante el siglo V a.C., el término “sofista” se anexó a una clase especial de educadores itinerantes, quienes decían también poseer una percepción interior de los trabajos sobre la naturaleza humana. Éstos se proclamaban a sí mismos ciudadanos del mundo, innovadores de la consciencia propia y cultos promotores de su propia individualidad. No poseían raíces, eran iconoclastas en una cultura que valoraba la patria y la tradición. Por consecuencia, los sofistas adquirieron una reputación por una cierta conducta intelectual y desordenada. Parecían echar abajo muchas de las ideas que eran el centro de la vida comunal. Los sofistas predicaban la confianza plena en la iniciativa individual, el intelecto y la maestría en la presentación pública, elementos que rápidamente se convirtieron en los ingredientes esenciales de éxito en las democracias griegas emergentes. Cualquier persona podía adquirir poder sobre otras mentes sólo si recibían una educación que generara una apreciación sofisticada del lenguaje y el poder.

El término “sofista” se encuentra también en el corazón de nuestro concepto de sofisticación, es decir, lo que se busca después de la calidad, lo que distingue una persona, una idea o estimula la creación de otras. Así mismo valora al sabio mundano, al experto, al gusto y a lo refinado. En una cultura donde la desintegración de las reglas del pensamiento, expresión y acción largamente establecidas ponían en riesgo el sentido y la sensibilidad, la sofisticación se convirtió en un patrón en contra de aquello que valoraba el éxito en la vida. Es la velocidad de la luz en un universo basado en la relatividad de los valores y creencias humanas. En la antigua Atenas, los sofistas establecían y dominaban todo lo que era nuevo y excitante. Reflejaban el nuevo énfasis de la riqueza material en sus ropas y ornamentos. También reflejaban en su manera de pensar la nueva sabiduría del lugar de reunión pública, donde toda opinión podía manifestarse libremente, y donde sin embargo sólo sería escuchada la más elocuente y bien articulada. Realmente estaban dando forma a la emergente sofisticación de la cultura.

Así mismo, el hacer algo sofisticado implica también privarlo de su aspecto simple y genuino. La sofisticación es una construcción artificial, un producto del roce social. Es la antítesis del naturalismo y lo opuesto a la ingenuidad, es un cuidadoso estado de ser. No existen sofisticaciones accidentales, en el arte o en la vida. Más importante aún es que la sofisticación juega con la emoción y se atiene a la fuerza de una articulada personalidad, aunque al mismo tiempo se distinga como razonamiento, modestia e incluso humildad. Perseguida implacablemente, la sofisticación lleva a la desilusión y el cinismo, ya que la sabiduría mundana siempre acarreaba el abandono de las ilusiones, confrontando realidades puras.

De este modo, tanto por instrucción como por ejemplo, los sofistas introdujeron a la mentalidad de Occidente la paradoja de la sofisticación. En cierto nivel, se trata de un estado del ser marcado no sólo por el refinamiento cultural –actualmente intelectual y de dominación social– sino más importante aún, por la consciencia de sí mismo. En segunda instancia, la sofisticación es un proceso para convertirse en algo más, cambiar una forma de ser y de creer para asumir ser algo distinto. En cualquier momento, los estándares de la sofisticación se pueden ajustar en contra del desarrollo social, un medio de cambio constante. De este modo, maneras y actitudes consideradas sofisticadas hace cincuenta años son consideradas ahora de antigua exquisitez y preciosidad. La sofisticación como un estado de ser está siempre en guerra con la sofisticación como un proceso de llegar a ser. Una educación sofisticada tiende a enseñar un modo de presentación y realización que en el momento de su ejecución da forma a la más alta expresión de la mente sofisticada. Es una ambiciosa e inestable pedagogía.

La sofisticación se basa en la innovación práctica, el establecimiento de la creatividad en todos los dominios de la acción. En cualquier época, antigua o moderna, la sofisticación ha sido un género pragmático, más un hacer que un pensar. El mundo y sus represiones son su realidad. La agudeza intelectual, expresada por un lado como mera inteligencia y por otro como genio excéntrico, es la clave para prosperar en un voluble y cambiante universo. Los sofistas griegos ejercitaban una pasión por la exploración de las preguntas fundamentales de la vida en comunidad. ¿Cuáles son las tareas de un ciudadano que se debe a su ciudad? ¿Es posible enseñar el liderazgo? ¿Qué determina una acción justa: la conciencia individual, lo que impone el estado o la devoción religiosa? ¿El poderío hace lo correcto? ¿La virtud puede ser enseñada? ¿Son las palabras más reales que las ideas? ¿Existen las ideas si no son pronunciadas? ¿Es conocimiento de cosas concretas o de ideas abstractas? ¿Es posible conocer cualquier cosa del todo? ¿Existe una sola Verdad o varias? ¿Cómo distinguimos la verdad de una aparente verdad? Estas preguntas no son meramente un interés teórico cuando son tratadas en el crucial ejercicio del poder sobre uno mismo; poseen una dimensión profundamente práctica.

La sofisticación se conforma por los principios y las técnicas de comunicación persuasiva. Aunque los antiguos sofistas pertenecían a una escuela de reflexión no formal, éstos hacían su modus vivendi a través de la enseñanza de lo que ahora reconoceríamos como cursos de mejora personal. Su programa consistía en un arte de persuasión que enfatizaba la fuerza del discurso plausible hecho valer en el momento oportuno. Primeramente, acorde con la creación y presentación de argumentos precisos dentro del contexto de un grupo que tomaba la decisión. Estos fueron promulgados en lenguaje figurativo que, de acuerdo con la teoría del tiempo, ejercían un cierto tipo de poder sobre el alma. La persuasión a través del lenguaje podía hacer que las cosas parecieran un tanto diferentes del lo que originalmente se había pensado. Los sofistas prometían dar poder a cualquiera que pudiera pagar sus cuotas y quisiera tener éxito en las cortes legales, los mercados y a lo largo del mundo –en cualquier circunstancia que exista, donde la opinión y la creencia son la base del juicio, y el lenguaje persuasivo es el determinante de la acción.

La sofisticación establece una realidad a partir de la relatividad de la verdad. Los sofistas griegos fueron las primeras mentes en la historia de occidente en notar que el pensamiento, la palabra y la acción pertenecen a distintos dominios de la creatividad relacionada con el más complejo y reflexivo estilo de ser. El pensamiento, la expresión y la acción dan forma a –y cobran forma a partir de– circunstancias dentro de las cuales éstos conceptos ocurren. Esta particular característica del pensamiento sofista se manifiesta en la creencia radical de que no existe otra verdad más la que puede ser concertada. La expresión persuasiva no es sólo un instrumento para la discusión de los hechos, sino algo aún más importante, la razón de su invención. Los sofistas distinguían entre la apariencia y la realidad de una manera que, aún hoy en día, da vida y ordena la práctica política, las relaciones públicas y la actividad pública en todas las artes y las ciencias.

Los sofistas griegos juegan un papel paradójico en el camino de la autoconciencia, dado que fomentaron la sofisticación como modo de hacer frente a los valores que ellos consideraban de poca educación, ingenuos o irrelevantes. Por un lado, dieron inicio a lo que hoy se le conoce como Cultura Griega, un florecimiento que se expandió en el antiguo mundo y que alteró para siempre la manera en que el ser humano pensaba acerca de su comunidad, de su conciudadano y de sí mismo. Por otro lado, su pensamiento provocó que las creencias e ideas que se habían establecido en una cultura de siglos se vinieran abajo abruptamente. Su desafío a lo tradicional acarreó una oposición inmediata, no solo entre los grandes intereses políticos y religiosos de aquéllos tiempos, sino también entre otros pensadores especulativos.

Su primer oponente, Sócrates, se levantó claramente en contra de la tendencia sofista, la cual colocaba al hombre como centro de todas las cosas y hacía de la virtud un mero residuo del poder. A su discípulo, Platón, se le puede acreditar el juicio peyorativo que ha perseguido a los sofistas hasta hoy en día. Para él, el sofista es un aficionado sin escrúpulos, alguien que podría argüir en ambos lados de un debate, con el mismo compromiso y capacidad, y con una completa falta de cuidado sobre las consideraciones de los hechos o las consecuencias de su argumento. Tal juicio aún nos guía en nuestro propio sentido del término, sofista y sofistería son términos ahora asociados exclusivamente con la lógica falaz, el extenso raciocinio y el argumento sin principios. De cualquier modo, el conocimiento sofista estimula la libertad del pensamiento y la palabra, la maestría técnica y la creatividad intelectual, virtudes ya admiradas por los Griegos y por nosotros también. Por tal razón, el discípulo de Platón, Aristóteles, intenta ajustar el impulso sofista dentro de un sistema coherente de pensamiento, de expresión y de acción. Trató de amansar la bestia de la sofistería que Platón desterró para su propia y bien ordenada república.

La reacción de Platón hacia los sofistas y el acomodo que Aristóteles da a sus posturas son intentos para reconstituir la gran idea de la sofisticación. Ni Platón ni Aristóteles abogan por un regreso a los viejos caminos de la ingenuidad y la credulidad. Ambos buscan un rumbo alternativo que ancle la autoconciencia a las circunstancias de opiniones cambiantes y creencias oportunas que fluyen libremente. De cualquier manera, se reconoce su esfuerzo: Platón y Aristóteles son la fuente para dos de las tres corrientes filosóficas de pensamiento en la cultura de occidente. Los sofistas generaron la tercera, más perspicaz aún e igualmente importante en la historia de las ideas.

Cada una de estas corrientes penetra en nuestro tiempo bajo apariencias y nombres distintos. El debate original entre Platón, Aritóteles y los sofistas, por propio derecho, se ha vuelto sofisticado En el transcurso de los siglos se le han colocado una serie de términos y conceptos de manera sedimentariamente sucesiva, las cuales parecen distintas e incluso nuevas, pero al ser revisadas a detalle podrían realmente verse como se mezclan unas con otras. En su compleja totalidad encubren la relativa simplicidad que ordena la historia de las ideas en Oriente. Las diferencias entre Platón, Aristóteles y los sofistas se han tratado en su mayoría como un hecho histórico y circunstancial, limitado al deslumbrante período de 150 años que existen entre el nacimiento de Sócrates en 469 A.C. y la muerte de Aristóteles en 322 a.C. Sin embargo, es posible realizar un análisis más vivaz y relevante de esto, algo que logre decirnos algo acerca de nosotros mismos, así como de los antiguos Griegos. Un enfoque sobre cómo cada una de las tres corrientes del pensamiento concibe la historia, la política, la ética y la estética como conceptos operacionales para cada día de la vida. Un análisis que ilumine la naturaleza de la sofisticación como un concepto de organización social y de identidad personal. Y más importante aún, un análisis que revele el principio central al que Platón, Aristóteles y los sofistas lograron llegar: El lenguaje es esencial para la sofisticación de la cultura, así como para el descubrimiento de la conciencia de los sujetos de sí mismos.

Como llave para la observación, la articulación y la creación de la realidad, el lenguaje no sólo expresa lo que sabemos, sino es conocimiento en forma física. Es una causa que produce efectos. Nos lleva a ser lo que nunca llegaríamos a ser sin él. Simplemente opera. Lo que ahora nosotros significamos por medio del lenguaje ha evolucionado a una compleja variedad de modernas formas de expresión. Como un término descriptivo, el lenguaje ya no sólo determina lo que a las palabras compete, aunque éstas sigan siendo el vehículo esencial para la comunicación, ahora, por el contrario, el lenguaje abarca toda clase de simbolización –en palabras, números, fotografías o imágenes- y opera como un cuerpo de conocimiento, digamos que es la encarnación de cultura y la causa de sus efectos. El lenguaje no es simplemente una invención nacional, étnica o cultural, sino un producto de la sofisticación tecnológica, de las demandas hacia una precisión y exclusividad que se cultivan fuera de la manipulación de las ciencias discretas para fines predecibles y productivos. Tampoco es un fenómeno natural, más bien se trata de una construcción artificial representada de manera similar a como lo hace un código digitalizado de computadora electrónica, así como la organización del sonido del habla humana. El lenguaje es al mismo tiempo afectivo y efectivo, por lo que no sólo da cuerpo a nuestro conocimiento, emociones y deseos, sino tiene el poder también de alterar nuestras mentes y almas.

La innovación intelectual que transformó el antiguo mundo y que también ha transformado el nuestro, dio inició a un hecho fundamentalmente importante. Existe una diferencia real entre lo que la gente dice, desea y hace. Desde temprana edad, aprendemos a tomar ventaja de la falta de conexiones fiables entre las palabras, los pensamientos y las acciones.
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