Diálogos con María Zambrano II






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La Metáfora del Corazón

Diálogos con María Zambrano II
Por Ángel Martínez Samperio

Ateneo de Madrid
José Ángel Valente, tan cercano a María Zambrano, dice en “La Experiencia Abisal” que “Claros del Bosque es un libro lleno de espacios de contemplación del ser y de la palabra encinta de significación, palabra que no es concepto porque es ella la que hace concebir”. El ser y la palabra comparecidos en un claro, venidos desde la espesura. En este nuevo diálogo con María eso pretendemos: abrir un claro en el tiempo cronológico de todos, como un espacio de contemplación, y nos sirva para entrañar aquel Logos de Empédocles, y orillando lo impropio que lo mantenga sepultado en el olvido, facilite el acceso de cada cual a ese lugar de meditación que dice Amparo Amorós; a ese “ámbito de celebración” que señala Rilke, donde el corazón pueda dar sus razones: “Dianoia” de un sentir iluminante, de un pensamiento recogido que acogimiento ofrece. Aviso para caminantes: las metáforas, como animalillos de ese bosque, las daré suelta en ese claro como en tropel. En los pasos de María, por sus sendas, el lenguaje aquí empleado será fuertemente metafórico.
¿Es el corazón sólo una banda muscular, recogida en fuerte abrazo sobre sí misma, que se aprieta y se expande renovando la vida? ¿Existe una conexión electromagnética, de baja intensidad, entre cerebro y corazón, como dice Victor J. Strenger? (“Cf. Existe Dios? El gran enigma”, P. 88), que en algunas personas parece estar rota? ¿Esa conexión toma parte en aquella otra del llamado “Campo del Punto Cero”, que sostienen algunos astrofísicos, un acogedor depósito de energía formado por todas las vibraciones de las diferentes ondas electromagnéticas que cruzan el universo y todo lo conexionan? Y ya que se trata de una metáfora, si existe una mayor proximidad entre cerebro y corazón, hacia la cual empuja el envolvente “Campo del Punto Cero”, ¿no se producirá, a este nivel anímico, el efecto Casimir, de modo que la densidad de energía externa, venza la resistencia interna y los atraiga, de modo que cerebro y corazón se acompasen?
Me dirán ustedes que me voy muy lejos, tal y como cuenta María Zambrano que le dijo Ortega. Más lejos, a mi juicio, se va María. Tan lejos, tan alto, que no hay forma de dar alcance a la caza. Acabo de hacer alusión a Juan de la Cruz que tanto afecto despertaba en María. Recuerden ustedes, por ejemplo, el estudio que le dedica a su firma en “Los Bienaventurados”,

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en la cual detecta un corazón, un pájaro y un vaso en el movimiento inmóvil de Aristóteles, pensamiento de los pensamientos donde vuela el corazón como un vaso. ¿Quién puede olvidar aquí que en el lenguaje jeroglífico de los egipcios se representaba el corazón como un vaso y un león?
Habrán notado que tomo título del “Fragmento” que con este título María incluye en “Hacia un Saber sobre el Alma”, donde María plantea “la visión del corazón”; su vida secreta y su música, y también del capítulo V de “Claros del Bosque”, donde María plantea una teoría del conocimiento desde la perspectiva de la “ontofilia”, amor del ser que por esa causa comparece; “gnosis” que está más dedicada al sujeto que trata de aprehender del objeto, y no tanto para someterlo a su propósito; “ontofilia” que determina la “episteme”, “epistemofilia” que desmerece si es practicada para un conocimiento sólo instrumental.
Dice Raimundo Pánikar, que “una gnosis que no haya sido impulsada por el amor de ser engendrada por lo conocido, no puede ser reconocida como conocimiento… Conocer no es memorizar ni almacenar información” (De la Mística, pp. 85, 86). El amor por lo conocido engendra también al cognoscente.
No rehuye María la exigencia de método y estructura en el estudio del conocimiento, tal y como pretendieran filósofos ilustrados como Descartes, Leibniz o Hume. También ella, desde su perspectiva, muestra la estructura de ese conocimiento y define su método, como después veremos.
Por el momento, permítanme que tome como un símbolo “El espejo de Atenea”, escrito que pone cierre a los Claros del Bosque de María, y que lo haga así por cuanto de Palas Atenea toma nombre esta Casa, inseparable a mi juicio de Atenea Niké. Conocimiento y justicia tienen que ir juntos, de la misma mano. Una segunda razón es que este símbolo de “El Espejo de Atenea”, propone también una intención:
Como aquel escudo-espejo que Atenea entregara a Perseo contra la Medusa, ambigua imagen de terror y de belleza, así convocar todas las potencias del corazón para que sea el propio espejo ante los ojos, en diálogo con los significantes suyos que María Zambrano propone, porque el ser humano creo que corre el peligro de perder su escudo y su espejo en el camino. El corazón como escudo; el corazón como espejo, donde lo que vamos siendo pueda verse en su esencialidad más o menos olvidada, y de

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su manadero de sangre, otra vez el niño Crisaor, el pequeño de oro que dicen es símbolo de España, pueda de nuevo encaramarse a su hermano Pegaso y, en nuevo vuelo, tire del horizonte.
Ya sé que a una mente sólo epistémica no le resultará fácil trabajar el ser más allá de su campo de conocimiento, y se deje ir de la mano de tanta metáfora que acrisola un símbolo, un arquetipo de sí mismo, y que semejante tarea le resultará más familiar a todo ontopoeta, por ser el suyo un camino más frecuentado. Como María sostiene en sus “Notas de un método”, la Esfinge que interrogara a Edipo está en la encrucijada: La pregunta por las cosas y la pregunta por el ser, ambas en una sola. La pregunta por las cosas, que Tales hiciera, debería ser un correlato de la pregunta por el ser del hombre, acaso la pregunta olvidada. Dice María: “El corazón debe asistir, en todos los sentidos de la palabra, al acto de responder de algo. Porque responder es responder ante algo, presentarse ante algo. Y sin la asistencia del corazón la persona nunca está del todo presente… el hombre maduro o el anciano al niño le está enseñando, entrenando, a sostenerse con el corazón, a solas con su corazón, sobre el momentáneo vacío de la mente, ante situaciones enigmáticas que la vida se cuidará de irle presentando…” (Op. Cit., pp. 110, 111). No sé si de tanto entregar el corazón a las cosas se nos ha quedado mudo. Tampoco sé si el adulto o el anciano tienen todavía facultad para enseñar y entrenar al niño, comenzando por el que fueron. Acaso estemos formando una sociedad donde se extienda la situación que Saramago denunciara en su “Ensayo de la ceguera”, o extienda aquello otro de Machado: “Han cegado mis ojos las cenizas del polvo heraclitiano”. Pintadas plomizas vidrieras han hecho cabeza de playa en los ojos, adentrándose luego, colonizando el ser y haciendo nido en el corazón, desahuciado de luces, cuando antes fuera izado como gaviero en la forma de mirar.
En “Las palabras del Regreso”, que recogen una colección de artículos suyos publicados entre 1985 y 1990, cuenta Maria una parábola sufí en la que un sultán quiso decorar un salón de su palacio. Para ello, encomendó el trabajo a unos artistas chinos, los unos, y bizantinos, los otros, entregándoles dos inmensas paredes opuestas. Ambos trabajaron separados por un tupido cortinaje. Concluida la obra, el sultán visitó el fresco pintado por los chinos, que le resultó deslumbrante: “nada puede ser más bello que esto”, dijo. Luego, mandó descorrer el cortinaje. Nada habían pintado en su pared los griegos de Bizancio, sino que la habían limpiado, pulido y repulido hasta convertirla en un brillante espejo, un blancor misterioso donde se reflejaba la obra china enriquecida por la luz. La lección que

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María extrae es que nada es feo si se lo mira desde las luces; la mirada es capaz de rescatar toda fealdad, toda mediocridad, “la mirada de quien sea capaz de rescatar toda fealdad, toda mediocridad, la mirada de quien sepa al mirar crear un medio purificado, lavado, como la pared bizantina” (Op. Cit, p. 59-61). Lo otro y el yo, dos espejos frente a frente, dos metáforas que se retroalimentan. Tras el azogue, la síntesis de totalidad.
“No sólo de pan vive el hombre”, declara María; i.e., no sólo de ciencia y técnica; no sólo de filosofía, explicita. Ciencia, técnica y filosofía actúan en el espacio que les abre la metáfora de la luz, la de la visión y la de la inteligencia. Denuncia María que “una de las indigencias del tiempo actual es la de metáforas vivas y actuantes; esas que se imprimen en el ánimo de las gentes y moldean su vida”, para las cuales la poesía ha sido especialmente acogedora. Las metáforas, como pájaros de luz, están en la base de una civilización, de una cultura, y la representan. Son una manera de presentación de una realidad que no puede hacerlo de otro modo directo; “es la función de definir una realidad inabarcable por la razón, pero propicia a ser captada de otro modo; es la supervivencia de algo anterior al pensamiento, huella de un tiempo sagrado, una forma de continuidad con tiempos y mentalidades ya idas, cosa necesaria en una cultura racionalista…”
“La natura es un templo donde vivos pilares

dejan salir a veces las confusas palabras;

el hombre pasa entonces bajo un bosque de símbolos

que le observan atentos con ojos familiares”, dijo Beaudelaire.
Symballein: juntar, con-juntar formado por lo que reúne (“sin”, con), y aquello que expresa, lanza y al mismo tiempo pone (“ballein”), condensación expresiva de lo general, aunando los significantes trascendentes externos al hombre y los interiores suyos. El hombre recolecta significantes que lo expliquen. La naturaleza es un bosque simbólico, ofrecido al paso del hombre para que se interprete a sí mismo y a esa naturaleza boscosa por donde pasa, como aquellas campanitas ocultas que escuchaba sonar en el ramaje de los grandes abetos suizos, movidos por el viento.
Si, como dijo Salustio, “el mundo es un objeto simbólico”, y está habitado por una tensión de contrarios que revela una simultaneidad de los distintos sentidos, como sostuvo Mircea Eliade, yo sostengo que toda la simbología que el hombre encuentra a su paso, como tragaluces o ventanas hacia el ser,

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están relacionados entre sí como cuerdas cósmicas que incoan filiación. Como dijo Verlaine: “… cosa en vuelo que sentimos huir del alma, en marcha hacia otros cielos”.
La metáfora, desde la perspectiva de María Zambrano, es una creación del “alma oculta que las produce”. La metáfora en una creación de la subjetividad, que extrae de ello significantes para si. Haciendo memoria del comentario que hace Lotz al fragmento 8 de Heráclito, y haciendo metáfora del mismo, no puedo aceptar que sólo “los pájaros vuelan a la par con otros del mismo plumaje”, porque en la metáfora, cuanto más creativa sea, son los de diferente apariencia los que vuelan juntos porque el alma ha sabido encontrarles afinidades. Dice María: “Una metáfora es una forma de relación que va más allá y es más íntima, más sensorial también, que la establecida por los conceptos y sus respectivas relaciones… una forma de enlace y unidad”… No se trata de una relación lógica, sino más aparente y a la vez profunda”; una relación, digo yo, que evoca y sintetiza significantes para sí con lo aparentemente dispar. Todo un ejercicio de creación.
Fue dicho en la antigüedad que “la verdad tiene que ver con el ser, y la opinión (doxa, apariencia) con su sombra”. Pero María dice: “cada cosa o cada ser, además de lo que es, es también lo que parece; lo que ya proyecta una dualidad. La apariencia de las cosas recubre lo que son o bien lo corrobora. El parecido que podemos establecer entre cosas y seres diferentes, expresa un juego de afinidades y parentescos”. Lo que comparece en lo inmediato, muestra y contiene el ser o lo disfraza. Emerge lo complejo y esa complejidad en cambio, al par que nos arrastra la percepción, puede hacernos ignorar la posibilidad de extraer significantes de todo ello, referentes, materiales para la construcción de la consciencia. Recordemos que si la “fysis” de las cosas, “la naturaleza gusta de ocultarse”, que dijo Heráclito (Frag. 123), más allá de lo que mana de esa fuente aguarda un acuífero insondable. Aristóteles parece responder en su Metafísica (IV.ii) que “el ser se entiende de muchas maneras, pero siempre se refiere a un mismo término, a una misma naturaleza”.
Tanto en la naturaleza como en el ser, una insondable profundidad va compareciendo en lo percibido como una incitación a explorarlo. Lo patente, coyuntural e inmediato, es metáfora de lo latente, permanente y diferido, y “la sabiduría es una sola: conocer la razón, el logos, por la cual todas las cosas son dirigidas por todas” (Heráclito, Frag. 41). En ese sentido hablo de la metáfora del corazón, que es más que una víscera.

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Dice María que el corazón es un centro, pero quizás no se le puedan poner lindes aun cuando él pueda y deba a veces amojonar. Ese centro es también para ella casa y cauce de la vida. ¡Cuántas resonancias encuentro!
No puedo olvidar que, en el lenguaje hebreo, la palabra LeB designa el corazón. Está formada por las letras LÁMED y BeiT o BeT, donde esta segunda tiene en la cábala la significación de Casa, y la primera, Lámed, expresa el concepto de un anhelo íntimo por alcanzar el conocimiento, con el significado de aprender y enseñar. Eso es el corazón para el hebreo: un impulso donde se pone la vida toda para conocer y enseñar donde se tiene y se construye casa. No se trata de conocer sólo con la mente, de un modo racional, utilitario y desentrañado; no se trata de conocer para hacer del conocimiento una palanca de sometimiento, de prosperidad o de poder, y sí para transmitir ese conocimiento al servicio de la vida. Por eso la mística poética de la Kábala, desde Maimónides, señala la partícula LeB inserta en la palabra que ellos utilizan para sendero (SB`L), un sendero que conduce al paraíso interior, que hay que cultivar como un jardín, casa y fuente de donde mana la vida; un sendero constantemente amenazado por la maleza selvática que le crece y le borra, extraviándole de su propia casa. Quizás por ello, en tiempos especialmente críticos, el libro de los Proverbios (4:23) diga: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida”. ¿Esa vida se refiere sólo a la sangre que circula por los 400.000 Km. de vasos sanguíneos existentes en el cuerpo humano? No para el capítulo XXXI del Libro de los Muertos de los egipcios, donde se dice: “¡Esté conmigo mi corazón en la Casa de los Corazones… Esté conmigo mi corazón y reste”, reste el corazón a la suma de los propios extravíos. En ello coinciden los poetas como Jacinto López Gorgé cuando dice: “Mi corazón, mi casa y mi memoria”, o, por poner otro ejemplo, como Antonio Machado en sus Sonetos (I), cuando mira hacia el pasado que guarda en su corazón, y en él encuentra encrucijada de cien caminos, y un gentío sin cita ni posada”, y se le fue como quien se va de copas, e hizo a los cuatro vientos su jornada”, y se pregunta: “¿Mi corazón se ha dormido?, y todavía encuentre su respuesta dentro de sí: Ese que fuera colmenero, labrador y noria del pensamiento, desde el mirador del pecho todavía “mira/, los ojos claros y abiertos,/ señas lejanas y escucha/ a orillas del gran silencio”. Tampoco desde luego para María Zambrano quien dice: “Voces, voces, escucha mi corazón, como alguna vez tan sólo los santos escucharon: la llamada gigantesca que los levantaba de la tierra”. Claro que, sobre quienes sean sus santos preferidos hay que recordar sus conversaciones son Fernando Sabater, quien da cuenta de aquella ocasión cuando, en Roma, Maria le señaló la iglesia de San Giovanni Dicollato, donde estaban

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enterrados los reos ejecutados por el Santo Oficio, y le dijo: “Allí están los nuestros”, y al hilo le contó acerca de aquel día cuando quiso encargar una misa por Giodano Bruno”.
El corazón está a la escucha de todo cuanto gime en el mundo, si no pierde la sensibilidad. A veces, bajo el peso ajeno, o bajo el propio, implosiona y descienda a sus ínferos. En ocasiones parece un Titán, cargando con su peso y sin hundirse. Entonces crece en él la “pesadumbre”, como dice María. A veces deja el vacío de su ausencia para volver un día con aroma de profundidad, si es que retorna, cansado y deshabitado o con demasiados ocupas, y a eso le llamemos cansancio de vivir. Otras veces se abisma, sin perderse, para ensanchar la casa que es él, y esa casa que se le abre como en el centro del universo, le sosiega, le impacienta y le anonada, como quien se sabe a las puertas de un viaje cuyos límites no puede alcanzar, y emerge reencendido de esas aguas, haciendo de ese corazón su lámpara, y se asoma por la herida abierta, desde adentro, mirador del pensamiento, de la sensación o de la memoria.
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