¿cuál es la revelación de Jesús de Nazaret, supuestos los mitos del ámbito cultural judeo-helenista de la comunidad de Juan en la que vive y desde la que se expresa?






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EL EVANGELIO DE JUAN EN CLAVE TRANSPERSONAL

INTRODUCCIÓN

Mariano Corbí

Quisiera introducir la lectura con una declaración clara de intenciones. Pretendo leer el Evangelio de Juan a la luz del conocimiento de la estructura de los mitos en los que Juan se expresa. Los mitos son creaciones humanas, sistemas de socialización colectiva, programas para completar nuestra indeterminación genética como vivientes culturales, el software de los colectivos, modelados según las formas de sobrevivir de esos grupos humanos.

Hay que distinguir claramente lo que es el mito de lo que es la revelación.

La revelación, aunque viene expresada toda ella en mitos, símbolos y rituales, cuya estructura conocemos, no es sin embargo esos mitos, símbolos y rituales en los que se expresa. Teniendo esto en cuenta, ¿cuál es la revelación de Jesús de Nazaret, supuestos los mitos del ámbito cultural judeo-helenista de la comunidad de Juan en la que vive y desde la que se expresa?

En los distintos pasajes del Evangelio deberemos enfrentarnos con todas las dificultades que presenta esta nueva lectura.

El porqué de esta publicación y de la elección del Evangelio de Juan

Para muchas personas, la mayoría de nuestros ciudadanos y sobre todo las generaciones más jóvenes, los evangelios están bloqueados, están cerrados. Esto es así porque la Biblia y los Evangelios han estado, y están todavía, bajo el control de las doctrinas, creencias y dogmas de las autoridades eclesiásticas.

Conviene recordar que la iglesia católica no ponía las Escrituras en manos del pueblo. Fue Lutero el primero que lo hizo. Y sin embargo, a pesar de la sublevación de éste, la iglesia católica continuó sin traducirlas a las lenguas vernáculas todavía durante mucho tiempo.

En la liturgia, hasta hace muy poco, todavía se leía el evangelio a los fieles en latín y el sacerdote lo explicaba después al pueblo. Traigo este hecho a colación para que tengamos conciencia de que el texto evangélico ha estado estrictamente controlado por la doctrina y sus garantes.

En nuestra situación cultural se da un claro rechazo de la religión porque va ligada a sistemas de creencias y sumisiones. Al rechazar la religión, y concretamente la iglesia, se rechazan las creencias que ésta proclama o bien se las ignora. Asimismo, se bloquea también la lectura del Evangelio como texto espiritual valioso, debido a su estrecha vinculación con la iglesia, las creencias y las sumisiones.

La mayoría de nuestros contemporáneos no quieren saber nada de la religión, pero a muchos les interesa la espiritualidad, el camino interior, la dimensión de profundidad de la vida humana o como se quiera expresar esa peculiar dimensión que cultivaban las religiones en tiempos pasados.

Pero incluso a los que les interesa vivamente la espiritualidad les resulta más fácil leer y meditar textos budistas, vedantas y sufíes, a pesar de su lejanía cultural, que leer los Evangelios. Esto es así porque para la lectura de esos otros textos no hay prejuicios que actúen en la mente y el sentir, mientras que en el caso de los Evangelios, tan ligados como están a un sistema de creencias, existen graves obstáculos para leerlos y meditarlos como puros textos espirituales.

Los Evangelios están pues intrínsecamente ligados a la religión y ésta es la manera de cultivar la espiritualidad de nuestros antepasados preindustriales.

Nosotros ya no podemos cultivar esa modalidad de espiritualidad; tenemos que hacerlo de una forma más acorde con nuestro tiempo; esto es, no religiosa y sin creencias.

La tarea consiste en liberar a los Evangelios de la sumisión a la que han estado sometidos. Ya no podemos leer los Evangelios como lo hicieron quienes nos precedieron porque nuestro pensar, sentir y nuestra organización como sociedad es distinta. Hemos de aprender a leerlos como textos puramente espirituales, que se expresan con narraciones y símbolos que no pretenden describir la realidad de la que hablan sino apuntarla, sugerirla.

Los evangelistas nos transmitieron lo que comprendieron, sintieron y vivieron con relación a Jesús de Nazaret y nos lo transmitieron con la estructura mental, sensitiva y organizativa que tenían. Nosotros hemos de poder comprender su mensaje espiritual, pero no es necesario, ni posible, que pensemos, sintamos, nos organicemos y vivamos como ellos.

¿Por qué hemos escogido el Evangelio de Juan, que es el más difícil, el más doctrinal, el más helénico? Pues precisamente por esto y también porque es el que, quizás, junto con San Pablo, ha sido más profundamente el fundamento de la interpretación de Jesús de Nazaret por parte de toda la doctrina cristiana posterior.

Este trabajo no tiene precedentes, puesto que la lectura del Evangelio de Juan, de esta manera tan explícitamente sin religión, sin creencias y como un texto puramente espiritual y simbólico no se ha hecho antes. Existen sin embargo algunos apuntes en esta dirección, que han sido muy mal recibidos por las iglesias, no sólo por la iglesia católica.

Para las iglesias, cada una a su manera, Evangelio, creencias y organización están ligadas de una forma indisoluble. Por consiguiente, separar Evangelio de creencias es atacar la totalidad de su sistema. Nuestra intención está lejos de atacar a nada ni a nadie, pues tan sólo pretendemos abrir el Evangelio, como texto espiritual, a los que “no pueden” tener religión ni creencias.

No objetaremos nada a quienes puedan vivir el Evangelio a la manera tradicional ni por descontado nos creeremos mejores que ellos. Pero la mayoría de nuestra población ya no puede leer y vivir el Evangelio de esa manera y no es justo que no pueda tener acceso a esta fuente de sabiduría.

No tiene tampoco sentido que en Occidente recuperemos la posibilidad de una espiritualidad sin religiones y sin creencias, pero que para ello tengamos que alimentarnos exclusivamente de tradiciones orientales o de la mística musulmana. Una situación así tiene algo de irreal.

¿Vamos a ser capaces de leer y vivir en profundidad los grandes textos de otras tradiciones espirituales de la humanidad, sin religiones y sin creencias, y no vamos a poder sin embargo hacer lo mismo con nuestra propia tradición porque somos incapaces de liberarnos del monopolio del pasado?

Nuestro intento es atrevido pero los maestros espirituales dicen que el camino interior sólo se puede hacer con un gran atrevimiento. Empezando por Juan, cogemos el toro por los cuernos. Si tenemos algo de éxito en ese empeño, los demás Evangelios serán más fáciles.

Lo difícil es sólo aprender a cambiar de actitud con respecto a los Evangelios: hemos de pasar de ver en ellos cosas que creer y que practicar, a ver únicamente palabras que orientan la mente y el sentir, y consecuentemente también la acción, hacia una dimensión de la realidad, de ésta, no de otra, que es innombrable, que está más allá de todas nuestras posibles categorizaciones y representaciones, pero que se puede expresar y apuntar.

Las aproximaciones a la tradición de Jesús

La primera aproximación es intentar investigar al Jesús histórico.

Es decir, rastrear, en los escritos canónicos y no canónicos que hablan de Él, al Jesús que realmente existió en las circunstancias de la Galilea, la Palestina y el Imperio Romano de su tiempo.

Los escritos que nos hablan de Él no son la crónica de su vida, de sus actos y de sus palabras, sino el testimonio de sus seguidores desde su fe en Él. Podríamos decir que nos ha llegado la mitologización de Jesús como expresión de la fe y de la creencia de sus discípulos. En esa mitologización se puede rastrear algo del personaje real mitologizado, para comprender mejor su mitologización y el sentido de su mensaje.

¿Pero qué entendemos por mitologización de Jesús? Se trata de la interpretación de ese personaje, de un gran peso espiritual, desde las categorías y patrones mitológicos de la sociedad judía primero y después desde los judíos helenizados de ciudades helenas de las monarquías helenísticas (Roma puede considerarse una modalidad de monarquía helenística), con sus estructuras agrario-autoritarias, patriarcales.

Investigar al Jesús histórico es excavar en esas capas mitológicas hasta rastrear al personaje que fue recubierto con esas interpretaciones y valoraciones. Los mitos, símbolos y rituales, y los sistemas de creencias que les acompañan, propios de la sociedad israelita y de las ciudades helenistas, son sistemas de socialización equivalentes a una programación colectiva; podemos compararlos a un software.

Investigar al Jesús histórico es intentar acercarse al personaje, saliéndonos del sistema de programación (el software) desde el que estuvo interpretado, valorado y vivido, para verlo desde nuestra situación, que ya no está sometida a esos parámetros culturales. Ese sería el camino de la desmitologización de Jesucristo para llegar al Jesús de Nazaret.

Hay una segunda aproximación: investigar y comprender la estructura de los mitos y símbolos desde los que es leído, interpretado y vivido Jesús de Nazaret.

No basta con poder rastrear el proceso de mitologización haciendo el recorrido inverso a la búsqueda del Jesús histórico; hay que conocer, además, la estructura de los mitos y símbolos con los que se le mitologizó. No es lo mismo la mitologización de los cristianos de tradición judía, que la de los cristianos judíos helenizados. Y no es lo mismo porque la estructura de unos mitos y otros es distinta.

Tanto los cristianos de tradición judía, como los de tradición helena, interpretaron, desde sus respectivas mitologías, lo que decían de Jesús. Y lo hicieron pensando que hacían una descripción fidedigna de la naturaleza de Jesús, de sus dichos y de sus obras. Así fue porque estaban sometidos, como todos los miembros de las sociedades preindustriales, a la epistemología mítica, que da por real lo que dicen las narraciones sagradas, mitos, símbolos y rituales.

Desde esta actitud se formuló la interpretación epistemológica de los escritos sobre Jesús; desde esta misma actitud se realizó también su lectura espiritual.

Necesitamos conocer la estructura de los mitos con los que se mitologizó a Jesús; en este caso no para desmitologizarlo, puesto que otros ya han hecho ese trabajo, sino para comprender mejor cómo se le interpretó y cómo se vivió su seguimiento en un determinado contexto cultural que conocemos bastante bien. En este segundo acceso a la tradición de Jesús, no queremos desmitologizar, queremos conocer la estructura del mito con el que se le expresó y vivió. Podríamos compararlo a cómo el estudio de la estructura de un poema no pretende deshacerse de éste para llegar al hecho desnudo que lo provocó, sino comprender y sentir mejor el poema.

El tercer acceso, y el más importante desde un punto de vista espiritual, es comprender el mensaje de esas mitologizaciones y simbolizaciones.

En este caso podríamos decir que lo que nos importa es vivir el poema; esto es, comprender, sentir y vivir lo que los discípulos de Jesús nos transmitieron con esas mitologizaciones parecidas a poemas. Queremos comprenderlos, sentirlos, seguirlos y verificarlos, ya no desde una epistemología mítica, que da por real lo que dicen los mitos y narraciones sobre Jesús, sino desde una epistemología ya no mítica.

Las narraciones sobre Jesús, las mitologizaciones y simbolizaciones que construyeron sobre Él, tenemos que leerlas y vivirlas ya no como descripciones de hechos y naturalezas reales, sino como símbolos, como narraciones-símbolo, como puro mensaje espiritual. Un mensaje espiritual que viene entroncado con Jesús de Nazaret.

Podríamos llegar a afirmar que lo que nos interesa de un poema, para vivir y verificar la belleza, es el poema mismo y no su estructura o el hecho que lo provocó. Sólo con esa actitud nos llega el mensaje del poeta. Hemos de tener una actitud semejante con respecto a lo que nos llega de la tradición de Jesús en las narraciones que nos lo transmiten.

No son los datos que podemos rastrear del Jesús histórico, ni la estructura de los mitos con los que se le interpretó, siguió y vivió lo que nos interesa, sino lo que sus discípulos nos transmitieron, a través de su propia vivencia y con los patrones culturales con los que la vivieron.

No pretendemos desmitologizar, sino comprender, vivir y verificar el mensaje puramente espiritual de esas mitologizaciones, liberados, eso sí, de las servidumbres que la epistemología mítica imponía, y liberados de los sistemas de creencias que esa misma epistemología arrastraba consigo.

Esa lectura puramente simbólica, libre de la epistemología mítica y libre de creencias, será la perspectiva de nuestro acceso a los textos sobre Jesús, los Evangelios, en concreto al Evangelio de Juan. Nos interesan los poemas y haremos referencia a cómo están construidos sólo para comprenderlos mejor. Algo semejante haremos con los escritos evangélicos.

La noción de “epistemología mítica”

Esta noción es de una importancia capital para poder heredar adecuadamente el legado de las grandes tradiciones religiosas y espirituales de la humanidad. Epistemología mítica es simplemente la manera de pensar y sentir, y por consiguiente de actuar y organizarse, que imponen los sistemas de programación propios de las sociedades preindustriales.

Estas sociedades vivían durante larguísimos períodos de tiempo haciendo fundamentalmente lo mismo porque les aseguraba la supervivencia convenientemente. Por ello excluían rigurosamente los cambios importantes, puesto que éstos podrían suponer riesgos para a un sistema de vida que se había verificado como eficaz durante milenios.

El sistema de programación de este tipo de sociedades tenía lugar a través de narraciones sagradas, mitos, símbolos y rituales. A través de éstos se socializaba unas formas de pensar y sentir y todas sus consecuencias; los mismos mitos expresaban y concebían la dimensión absoluta de nuestra experiencia de la realidad. Al hacerlo, sacralizaban la manera misma de socializarse, de programarse; es decir, sacralizaban los mitos, símbolos y rituales con los que se programaban y, con ello sacralizaban la exclusión del cambio. Los mitos y símbolos suplían la indeterminación de la programación genética de nuestra especie y para ello tenían que adoptar el carácter indiscutible e indudable que para todo viviente tiene su programa genético.

Así, nuestra autoprogramación cultural, por la cual nos hacíamos animales viables, tenía que cumplir las condiciones básicas de la programación de todo animal viviente: dejar indudablemente claro y establecido cuál es nuestro mundo de objetos, el valor que tienen para nosotros, cómo tenemos que actuar con respecto a ellos y, supuesto que somos animales simbióticos, cómo debemos organizarnos para actuar adecuadamente, cómo hay que organizar la familia y la crianza, en unas condiciones de vida determinadas, siempre preindustriales. Para todo viviente el mundo de objetos que su programa construye es para él la realidad misma. Para nosotros, los programas mítico-simbólicos tenían que cumplir la misma función; decirnos cómo es la realidad y nosotros mismos, y cuál debe ser nuestra actitud con el Absoluto. Este carácter intocable lo proporcionaba la noción mítica de “legado sagrado de los antepasados”, y “revelación de los dioses”.

Esto es la epistemología mítica: tomar como real lo que nos dicen nuestros sistemas de programación, excluyendo toda duda y toda vacilación; de lo contrario no podría cumplir su función de programa, continuador y complementador de nuestro programa genético incompleto, para hacer de nosotros animales viables.

Así pues, los mitos y símbolos, como sistemas de socialización y cohesión colectiva, como sistemas de interpretación, valoración, actuación y organización, llevan concomitante un modo de interpretar y valorar la realidad que hemos llamado “epistemología mítica”; es decir, toman como realidad lo que los mitos, símbolos, rituales y narraciones sagradas dicen. Y la epistemología mítica vale tanto con respecto a lo que los mitos dicen de la vida cotidiana, como respecto a lo que dicen de la dimensión absoluta de nuestra experiencia de lo real.

La epistemología que arrastran los mitos en las sociedades preindustriales, como prolongación de la programación genética, comporta una interpretación también del lenguaje: lo que la lengua enuncia es como es la realidad. Con este tipo de epistemología hemos vivido los humanos durante centenares de miles de años. Cuando apareció la ciencia como sistema alternativo de interpretar la realidad, ya no mítico-simbólico sino conceptual, y como sistema alternativo de operar en ella, la ciencia tuvo que hacerse lugar afirmando que la realidad no era como la describían los mitos sino como la describía la ciencia. Con esta actitud la ciencia se mantuvo en la epistemología mítica, ya que continuó suponiendo que aquello que dicen nuestros discursos es capaz de describir la realidad.

Así hemos vivido hasta hace sólo unas décadas, hasta que han ocurrido cuatro acontecimientos prácticamente contemporáneos: en primer lugar, la generalización de la industrialización y el barrido de las sociedades preindustriales y sus sistemas de programación; en segundo lugar, el desarrollo acelerado de las ciencias y las técnicas y; en tercer lugar, la aparición de las sociedades de conocimiento e innovación. Finalmente, la globalización es el cuarto acontecimiento que ha acentuado los anteriores.

Al quedarnos fuera de toda programación mítico-simbólica y tenernos que construir nosotros mismos, conscientemente, nuestros propios proyectos y programas colectivos, nos hemos visto forzados a reconocer que todos los sistemas míticos del pasado han sido construcciones nuestras. Eso nos ha permitido comprender que los sistemas míticos no pretendían describir la realidad sino modelarla adecuadamente de acuerdo con un sistema de vida. Por consiguiente, las narraciones sagradas, los mitos y símbolos no pretendían describir la realidad (aunque para funcionar como programa colectivo tuvieran que ser vividos así) sino que sólo la modelaban.

Simultáneamente hemos tenido que reconocer que también las ciencias son construcciones lingüísticas, aunque sofisticadas, y que, por tanto, tampoco pueden tener la pretensión de describir la realidad, sino de modelarla para comprenderla y operar en ella para poder vivir mejor.

El resultado es que hemos tenido que abandonar la epistemología mítica, que había estado vigente durante centenares de miles de años con los mitos y símbolos, y que perduró en la primera ciencia, en las primeras sociedades industriales y en sus ideologías. Ahora sabemos que todo nos lo construimos nosotros mismos. Que fuimos constructores de los mitos, y de las religiones que se apoyaron en ellos. Que somos constructores de nuestras ciencias y tecnologías y también de nuestros postulados y proyectos de vida.

La desaparición de la epistemología mítica nos ha dejados desnudos frente a la inmensidad de lo que nos rodea y frente a lo que nosotros mismos somos.

Ahora ya sólo podemos leer las tradiciones religiosas y espirituales del pasado como construcciones nuestras que apuntan, simbolizan, la dimensión absoluta de la realidad, sin que podamos considerar a ninguna como un suelo sólido donde pisar. Lo único sólido es “Eso inconcebible e irrepresentable” a lo que aluden todas nuestras construcciones religiosas y espirituales. Suelo indudablemente sólido, como puede verificarlo nuestra propia vivencia, pero tremendamente sutil para un viviente.

Ahora sabemos también que nuestras ciencias, al ser también construcciones nuestras, tampoco tienen una garantía externa a nosotros mismos.
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