De la Medicación






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CAPÍTULO 5




El Cuerpo




Pregunta Primera
Parece que después de tantas vidas condicionados a estar en contra del cuerpo,

negando y reprimiendo sus impulsos naturales, considerando que su cuidado es una indulgencia antirreli­giosa, el hombre es hoy más consciente de su cuerpo. Por otro lado, la atención que alguna gente dedica a su bienes­tar físico ha ido al otro extremo y es casi una obsesión.

¿Podrías hablar acerca de una relación sana con nuestro propio cuerpo?
Durante siglos al hombre se le han dicho toda clase de cosas negativas para la vida. Incluso el torturar tu cuerpo ha sido una disciplina espiritual...

Caminas, comes, bebes, todo ello indica que eres un cuerpo y una consciencia, un todo orgánico. No puedes torturar tu cuerpo y elevar tu consciencia. El cuerpo debe amarse; tiene que ser tu amigo. Es tu hogar, tienes que limpiarlo de toda clase de por­querías; recuerda que está a tu servicio continuamente, cada día. Incluso cuando estás durmiendo, tu cuerpo sigue trabajando, digi­riendo, transformando los alimentos en sangre, eliminando las célu­las muertas, aportando oxígeno al organismo; ¡y tú estás durmiendo.

El cuerpo se ocupa de todo lo necesario para tu supervivencia, para la vida, a pesar de que eres un desagradecido que nunca le has dado las gracias. Al contrario, las religiones te han estado enseñan­do que debes torturarlo: el cuerpo es tu enemigo, debes librarte de él, de todos sus apegos. También yo sé que eres algo más que un cuerpo y que no hay necesidad de tener ningún apego. Pero el amor no es apego, la compasión no es apego. El amor y la compasión son absolutamente necesarios para tu cuerpo, para su desarrollo. Y cuanto más sano sea tu cuerpo, más posibilidades hay de que crez­ca tu consciencia. Ambos son una unidad orgánica.

Es preciso un nuevo tipo de educación donde a todo el mundo se le introduzca en los silencios del corazón -en otras palabras, a la meditación-, dónde a todo el mundo se le enseñe a ser amoro­so con su propio cuerpo; porque a menos que seas amoroso con tu propio cuerpo, no puedes ser amoroso con ningún otro cuerpo. El cuerpo es un organismo viviente y no te ha hecho ningún daño. Ha estado continuamente a tu servicio desde que fuiste concebido y lo seguirá estando hasta el día de tu muerte. Hará todo aquello que le pidas, incluso lo imposible, y no te desobedecerá.

Es inconcebible crear un mecanismo más sabio y obediente que el cuerpo. Si fueras consciente de todas las funciones de tu cuerpo, te sorprenderías. Nunca has caído en cuenta de todo lo que ha esta­do haciendo tu cuerpo. Es milagroso, misterioso, pero nunca te habías parado a observado. Nunca te has preocupado de conocer tu propio cuerpo, y pretendes amar a los demás. Pero no es posible, porque los demás se te aparecen como cuerpos.

El cuerpo es el mayor misterio de toda la existencia. Este mis­terio necesita ser amado, es preciso indagar íntimamente en sus misterios, en su funcionamiento.

Desafortunadamente, las religiones han estado totalmente en contra del cuerpo. Pero eso nos da una clave, una clara indicación de que si el hombre aprende la sabiduría del cuerpo, si descubre el misterio del cuerpo, dejará de interesarse en Dios y en los sacerdo­tes. Habrá encontrado el mayor de los misterios dentro de sí mismo, y dentro del misterio del cuerpo se halla el mismísimo santuario de tu consciencia.

Una vez que te has percatado de tu consciencia, de tu ser, no hay ningún Dios por encima tuyo. Solamente una persona cons­ciente puede ser respetuosa con los otros seres humanos, porque todos son tan misteriosos como ella... expresiones diferentes que hacen la vida más rica. Y cuando el hombre descubra su propia consciencia, habrá encontrado la llave para lo supremo. Ninguna educación que no te enseñe a amar a tu cuerpo, a ser compasivo con tu cuerpo, a penetrar en sus misterios, será capaz de enseñarte a penetrar en tu propia consciencia.

El cuerpo es la puerta, el cuerpo es el trampolín. La educación que no aborda el tema del cuerpo y la consciencia, además de ser incompleta, es absolutamente perjudicial porque no cesará de ser destructiva. Solamente el florecimiento de tu propia consciencia puede prevenir la destructividad. Y ello te aportará un tremendo impulso creador, un anhelo de crear más belleza en el mundo, de crear más confort.

El hombre necesita un cuerpo mejor, un cuerpo más sano. El hombre necesita un ser más consciente, más alerta. El hombre necesita todo el confort y el lujo que la existencia está dispuesta a entregar. La existencia puede ofrecerte el paraíso aquí ahora, pero tú lo pospones: lo pospones para después de la muerte. En Sri Lanka estaba muriéndose un gran místico, venerado por miles de personas. Sus discípulos estaban reunidos junto a él. Abrió los ojos; tan sólo le quedaban unos instantes para partir, para partir para siempre. Todos estaban impacientes en escuchar sus últimas palabras. Entonces el anciano dijo: «Toda mi vida os he estado impartiendo enseñanzas acerca de la felicidad, el éxtasis, la medi­tación... Estoy a punto de dejar este mundo, ya no podréis disponer de mí por más tiempo. Me habéis estado escuchando, pero nunca habéis practicado mis enseñanzas. Siempre lo habéis dejado para mañana. Ahora ya no tiene sentido seguir posponiendo, estoy a punto de partir... ¿Hay alguien dispuesto a venir conmigo?».

Hubo un silencio sepulcral. Todos se miraban los unos a los otros pensando que, tal vez, aquel hombre que durante cuarenta años había sido su discípulo, quizás él estuviera dispuesto... Pero él, a su vez, miraba a otros; nadie se levantaba. Un hombre que estaba en las últimas filas alzó la mano. El místico pensó: «Al menos hay una persona lo suficientemente valiente».

Pero el hombre dijo: «Por favor, déjame aclararte por qué no me he puesto de pie. Solamente he alzado la mano. Quiero saber cómo puedo alcanzar la otra orilla; porque, desde luego, hoy todavía no estoy preparado. Tengo que acabar de solucionar muchas cosas: acaba de llegar un huésped a mi casa, mi hijo más joven se va a casar, hoy está claro que no puedo ir... porque tú dices que no se puede regresar de la otra orilla. Algún día, con toda seguridad, iré y nos encontraremos... Si pudieses explicárnoslo una vez más -aun­que nos lo hayas explicado durante toda tu vida-, sólo una vez más, cómo alcanzar la otra orilla. Pero recuerda que hoy no puedo ir; solamente pretendo refrescar mi memoria en espera de que lle­gue el día adecuado...».

El día adecuado nunca llega. Esta no es solamente la historia de ese pobre hombre, es la historia de millones de personas, de la inmensa mayoría. Están esperando a que llegue el momento ade­cuado, la constelación adecuada... Consultan al astrólogo, consul­tan al quiromántico... intentando averiguar por diferentes medios qué sucederá mañana. Nunca sucede nada mañana, nunca ha suce­dido. Es solamente una estrategia estúpida para posponer. Lo que sucede es siempre hoy.

Una educación verdadera enseñará a la gente a vivir el aquí ahora, a crear un paraíso en esta Tierra, no a esperar un paraíso que habrá de llegar tras la muerte, no a sufrir hasta que la muerte acabe con su sufrimiento. Deja que la muerte te encuentre danzando, ale­gre, amoroso. Es una extraña experiencia, pero cuando un hombre puede vivir su vida como si ya estuviera en el paraíso, la muerte no puede arrebatarle nada de esa experiencia.

Mi enfoque consiste en enseñarte que este es el paraíso, que no hay ningún otro paraíso y que no se precisa ninguna preparación para ser feliz, que no es necesaria ninguna disciplina para amar; solamente estar un poco alerta, un poco despierto, tener un poco de entendimiento.

Respeta tu cuerpo de la misma forma que respetas tú alma. Tu cuerpo es tan sagrado como tu alma. En la existencia todo es sagrado porque todo palpita con el latido de la divinidad...

Estás moviéndote, momento a momento, de un estado de cons­ciencia a otro estado de consciencia. Tal vez el cuerpo esté profun­damente dormido, pero sigue consciente. Si estás durmiendo y un mosquito empieza a molestarte, seguirás durmiendo mientras tu mano aparta al mosquito... El cuerpo tiene su propia consciencia.

Los científicos dicen que el cuerpo tiene millones de células vivas; cada célula tiene su propia vida. Has perdido la capacidad de asombro; de otro modo te preguntarías acerca de tu propio cuerpo, te preguntarías cómo transforma el pan en sangre. Todavía no hemos sido capaces de fabricar sangre a partir del pan. Y no sola­mente eso: tu cuerpo selecciona lo que necesita y lo que no necesi­ta, desechando aquello que no precisa y utilizando aquello que requiere para las distintas funciones.

El cuerpo suministra a cada una de sus partes aquello que pre­cisa, sea lo que sea. Comes los mismos alimentos para cubrir todas tus necesidades; de esos mismos alimentos se hacen tus huesos, tu sangre, tu piel, tus ojos, tu cerebro; y el cuerpo sabe perfectamente lo que necesita y dónde se precisa. La sangre circula constante­mente suministrando las sustancias que cada parte requiere.

El cuerpo también conoce las prioridades. La primera prioridad es tu cerebro; de hecho, si no hay suficiente oxígeno, el cuerpo pro­porcionará primeramente el oxígeno al cerebro. Las otras partes -son más resistentes y pueden esperar, pero las células cerebrales no son tan resistentes. Si durante seis minutos consecutivos no consiguen oxígeno mueren, Y una vez muertas no pueden revivir.

Es un tremendo trabajo de inteligencia estar atento a las distin­tas funciones. Cuando tienes una herida el cuerpo se centra en sanar la parte afectada, incluso a costa de reducir el suministro a otras partes. Inmediatamente las células blancas acuden presurosas hacia la herida para cubrirla y que no quede al descubierto. Y mientras, en el interior, el trabajo -el más sutil de los trabajos- prosigue.

La ciencia médica sabe que todavía no somos tan sabios como lo es el cuerpo. Los fisiólogos más importantes han dicho que no podemos curar el cuerpo: el cuerpo se cura solo, nosotros solamen­te podemos ayudarle. Nuestras medicinas ayudan, pero la curación básica proviene del propio cuerpo. Y es asombroso como lo hace; tal es la magnitud de ese trabajo.

He podido saber a través de un científico amigo mío que ha estado investigando las funciones del cuerpo, que si quisiéramos hacer todas esas funciones necesitaríamos una fábrica de dos kiló­metros cuadrados con toda clase de complicados mecanismos y ordenadores. E incluso así, tampoco es seguro que lo consiguiéra­mos... Y vuestras religiones han estado condenando el cuerpo diciendo que cuidar el cuerpo es irreligioso...

Primero, hazte uno con tu cuerpo interiormente, luego hazte uno con toda la existencia. El día que el latido de tu corazón esté sincronizado con el universo, con su latido, habrás encontrado la religión; no antes.

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