De la Medicación






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CAPÍTULO 4




El Sanador



Pregunta Primera
¿Cuál es exactamente la función del sanador?
El sanador no es realmente un sanador porque él no es el que actúa. La sanación sucede a través suyo; él solamente tiene que desaparecer. En realidad, ser un sanador significa no ser. Cuanto menos eres, mejor es la sanación. Cuanto más eres, más bloqueado está el vehículo. Dios, o la totalidad, o como prefieras llamarlo es el sanador: el sanador es el todo...

Una persona enferma es aquella que ha desarrollado bloqueos entre ella misma y el todo, y por eso hay algo que está desconecta­do. La función del sanador es volverla a conectar. Pero cuando digo que la función del sanador es volverla a conectar no me refiero a que es el sanador quien tiene que hacer algo. El sanador es sólo un vehículo. Quien hace es Dios, el todo.

La medicina no es una profesión ordinaria. No es solamente una tecnología, porque trata con el ser humano. No estás reparando mecanismos, no es sólo una cuestión de «saber cómo», es cuestión de un profundo amor...

Estás jugando con seres humanos y con sus vidas, y eso es un fenómeno complejo. Algunas veces se pueden cometer errores y esos errores pueden ser fatales. Así que practícala sumido en pro­funda oración. Acércate con humanidad, con humildad, con sim­plicidad.

Las personas que abordan la medicina como si fuera una inge­niería no son adecuadas para ser doctores o médicos; son personas inadecuadas para la medicina. Quienes no sean ambivalentes son inadecuados. Se comportan con un ser humano como un mecánico ante un automóvil. No sienten la presencia espiritual del paciente; no tratan a la persona, tratan los síntomas. Por supuesto, pueden ser muy precisas; un técnico es siempre preciso.

Pero cuando estás trabajando con seres humanos no puedes ser tan preciso, es natural tener dudas. Uno se lo piensa dos, tres veces antes de hacer algo, porque una vida está en juego: una vida que es preciosa, una vida que no podemos producir, una vida que cuando se va se va para siempre. Y es que el individuo es irremplazable, es único, es alguien que nunca antes existió, alguien que nunca vol­verá a existir. Estás jugando con fuego; es natural dudar. ¡Acércate a él! Acércate con humildad. Siente una profunda reverencia por el paciente. Y mientras lo estás tratando, conviértete en un vehículo de la energía divina. No seas un doctor, sé sencillamente un vehí­culo para la energía divina sanadora, tan sólo un instrumento. Siente una profunda reverencia por el paciente, no lo trates como un objeto. Deja que la energía divina fluya a través de ti y alcance al paciente. El paciente está enfermo; no puede conectar con lo divino. Se ha separado. Ha olvidado el lenguaje de cómo sanarse a sí mismo. Está desesperado. No puedes culparle; se encuentra des­valido.

Alguien que esté sano puede ser de una gran ayuda si se trans­forma en un vehículo. Y si esa persona sana es además un hombre de conocimiento será un instrumento todavía más importante, por­que la energía divina sólo puede darte señales muy sutiles, señales que tienes descodificar. Si sabes medicina podrás descodificarlas muy fácilmente. Entonces no estarás haciendo nada al paciente, es la divinidad la que hace. Tú te haces accesible a Dios y pones a su disposición todos tus conocimientos. Es la energía divina conjunta­mente con tus conocimientos lo que ayuda. Y nunca es perjudicial. El que puede ser perjudicial eres tú. Así que suelta el yo, deja que esté Dios. Adéntrate en la medicina, adéntrate en la meditación.

Todo el mundo puede llegar a ser un sanador. La sanación es como la respiración: es natural. Alguien está enfermo: signifi­ca que ha perdido su capacidad de sanarse a sí mismo. Ha perdido el contacto con su propia fuente de salud. La función del sanador es ayudarle a reunirse de nuevo con ella. Esa fuente es la misma en la que se sumerge el sanador, pero la persona enferma ha olvidado su lenguaje. El sanador está conectado con el todo, por eso puede con­vertirse en un vehículo. El sanador toca el cuerpo de una persona enferma y se convierte en un enlace entre el paciente y la fuente. El paciente está desconectado de la fuente y de este modo se conecta indirectamente. Cuando la energía empieza a fluir, el paciente se sana.

Y si el sanador es en verdad una persona de conocimiento... porque puedes ser un sanador y no entenderlo. "Hay muchos sana­dores que sanan pero que no saben cómo sucede: desconocen el proceso. Si tú, además, entiendes el proceso, puedes ayudar al paciente a sanarse y además puedes ayudarle a que perciba la fuen­te de donde procede la sanación. De esta forma, el paciente no sola­mente es sanado sino que le previenes de futuras enfermedades. Entonces la sanación es perfecta. No es solamente curativa, es tam­bién preventiva.

Entonces la sanación se convierte casi en una experiencia de oración, en una experiencia de Dios, del amor, del todo. ­
Pregunta Segunda
Soy un miembro de la profesión médica y quisiera conocer tu visión acerca de lo que es mejor para el cuidado de los enfermos. Las religiones han estado diciendo: «Ama al enfermo, ama a los que padecen. Acude a los hospitales, construye hospitales, sirve a los pobres». Por favor, ¿podrías comentar algo?
Parece que a todas las religiones sólo les importan los enfermos, los pobres, los desvalidos. A nadie le importas tú con tus rique­zas, tu grandeza y tu esplendor.

Yo te digo: a menos que te ames a ti mismo, a menos que hayas encontrado tu riqueza interior, tu esplendor, no serás capaz de com­partir tu amor con nadie. Es verdad que el enfermo necesita cuida­dos, pero no necesita amor. Esto tiene que entenderse, porque el cristianismo ha hecho de ello casi una verdad universal: que amar al enfermo y al desvalido es lo más religioso, lo más espiritual. Pero esto va absolutamente en contra de la psicología y de la naturaleza. Cuando amas al enfermo no le estás ayudando a recuperarse de su enfermedad, porque cuando se restablece nadie le ama. La enfer­medad es una buena excusa para provocar la compasión de los demás.

Tal vez lo hayas visto, pero puede que nunca hayas pensado en ello. A veces la esposa ha estado trabajando todo el día, perfecta­mente, pero cuando ve por la ventana que el marido regresa a casa se recuesta en la cama. Tiene dolor de cabeza..., porque si no tiene dolor de cabeza el marido no le demuestra ningún afecto. Pero si no se encuentra bien, el marido, aunque sea reticentemente se sienta junto a ella, masajea su cabeza, le demuestra algo de afecto, le dice algo agradable. Durante meses no le había llamado «cariño», pero cuando tiene dolor de cabeza le llama «cielo». Y eso es lo que ella quiere oír: «Te quiero cariño; y no sólo hoy sino que siempre te querré».

Es extraño que sólo demuestres amor a tus hijos cuando están enfermos. Pero no comprendes que provocas una sencilla asocia­ción psicológica: se asocia el estar enfermo con el ser querido. Cuando el niño necesita tu amor tiene que enfermar. ¿A quién le importa un niño sano? ¿A quién le importa una esposa saludable? ¿A quién le importa un marido sano? Pareciera que el amor es como la medicina: algo que solamente necesitan los enfermos.

Quiero ser muy claro contigo: cuida del enfermo pero nunca le demuestres amor. Cuidar de un enfermo es algo totalmente dife­rente. Sé indiferente, porque un dolor de cabeza no es gran cosa. Cuídalo, pero evita decirle dulces naderías; cuídalo de una forma muy pragmática. Dale la medicina, pero no le demuestres amor porque eso es perjudicial. Cuando un niño está enfermo, cuídalo, pero sé indiferente. Qué el niño entienda que enfermando no podrá chantajearte. Toda la humanidad está chantajeando a los demás. La enfermedad y la vejez se han convertido casi en una exigencia: «Tienes que quererme porque estoy enfermo, porque soy viejo...».

Cuando alguien enferma le demuestras cariño... Y esa es la ruti­na que ha seguido la humanidad. A la persona enferma no le demuestras que estás enfadado aunque estés enfadado-. A la persona enferma -aunque no sientas por ella ningún afecto- le demuestras afecto; y si no afecto, al menos simpatía. Pero eso es perjudicial, va en contra de los descubrimientos de la psicología...

Debes amarte a ti mismo sin pensar si te lo mereces o no. Estás vivo; eso es suficiente para merecer amor, al igual que mereces res­pirar. No piensas si mereces respirar o no. El amor es el alimento del alma, al igual que la comida lo es del cuerpo. Y cuando estés lleno de amor por ti podrás amar a los demás. Pero ama a la persona sana, vital.

Cuida al enfermo, cuida al anciano; pero cuidar es un asunto totalmente diferente. La diferencia que hay entre amar y cuidar es la misma diferencia que entre una madre y una enfermera. La enfer­mera cuida, la madre ama. Cuando un niño está enfermo es mejor que la madre sea sólo una enfermera. Cuando el niño está sano, ámale tanto como puedas. Deja que el amor se asocie con la salud, la vitalidad, la inteligencia; eso le ayudará largamente en la vida.

Pregunta Tercera
Soy psiquiatra; ¿puede la meditación ayudarme en mi traba­jo con los pacientes?
Un psiquiatra necesita ser más meditativo que cualquier otra persona, porque su trabajo es, en cierto sentido, peligroso. A menos que tengas serenidad y sosiego, a menos que puedas perma­necer indiferente ante las cosas que ocurren a tu alrededor, es muy peligroso. Enloquecen más los psiquiatras que cualquier otro pro­fesional. Esto es un motivo de reflexión. El porcentaje es verdade­ramente muy alto. Entre los psiquiatras hay un porcentaje de suicidas dos veces mayor que en el resto de las profesiones. Eso es indicati­vo de que la profesión es peligrosa. Y lo es porque cuando estás tra­tando con personas trastornadas psicológicamente, estás recibiendo constantemente sus vibraciones. El paciente está descargando en ti su energía, sus vibraciones negativas, y tú tienes que escucharlo. Tienes que estar muy atento. Tienes que cuidarlo, tienes que amarlo, tienes que tener compasión; sólo entonces puedes ayudarle. El paciente está emitiendo energía negativa constantemente, y tú la estás absorbiendo. Cuanta más atención le prestas, más absorbes su energía.

Viviendo continuamente rodeado de neuróticos y sicóticos, empiezas a creer, inconscientemente, que la humanidad es así. Poco a poco nos volvemos como la gente que nos rodea, porque nadie es una isla. Por eso, si trabajas con gente triste, te vuelves triste. Si tra­bajas con gente alegre, te vuelves alegre, porque todo es infeccio­so. Las neurosis son infecciosas; el suicidio también es infeccioso.

Si vives rodeado de gente iluminada, de personas muy cons­cientes, algo en ti empieza a responder a esta posibilidad superior. Cuando vives rodeado de gente menguada, anormalmente mengua­da, pervertida, algo mórbido en ti empieza a corresponder y a rela­cionarse con ellos. Por eso, vivir siempre rodeado de gente enferma es en cierto modo peligroso, a menos que te protejas. Y ninguna otra cosa puede ofrecerte la protección que te da la meditación.

Entonces puedes dar más de lo que estás dando y al mismo tiempo mantenerte sin ser afectado. Puedes ayudar más de lo que estás ayudando, porque cuanto más elevada sea tu energía, mayor es la posi­bilidad de ayudar. De otro modo, el psiquiatra, el sanador y el paciente están casi al mismo nivel; tal vez la diferencia sea de grado, pero la diferencia es tan pequeña que no merece la pena con­siderarse.

El psiquiatra puede trastornarse muy fácilmente; un simple empujón, un ligero accidente y puede verse desplazado al territorio condenado. Las personas neuróticas no fueron siempre neuróticas. Unos días antes eran normales, y pueden volver a ser normales. La normalidad y la anormalidad no son distinciones cualitativas, son cuantitativas: noventa y nueve grados, cien grados, ciento un gra­dos; esa es la diferencia.

De hecho, en un mundo mejor, todos los psiquiatras deberían recibir un profundo adiestramiento en meditar; de lo contrario no debería permitírseles ejercer. Esa es la única forma de protegerse, de no ser vulnerable y de poder ayudar realmente. De otro modo, incluso los grandes psiquiatras, los grandes psicoanalistas, pierden toda esperanza acerca de la humanidad. Incluso Freud, después de la experiencia de toda una vida, finalmente dijo que no tenía nin­guna esperanza en el hombre; perdió toda esperanza. Es natural: cuarenta años trabajando con gente enferma... su experiencia se reducía a la gente trastornada. Poco a poco empezó a ver lo anor­mal como normal... como si el hombre estuviera destinado a per­manecer neurótico, como si el hombre albergara en sí algo natural que le impulsa a la neurosis.

Por eso la persona sana es, como mucho, aquella que se ajusta un poco mejor al mundo; eso es todo. Estar adaptado se convierte en el standard de la salud. Pero no puede ser así. Si toda la socie­dad está trastornada, aunque te adaptes a ella, sigues estando tras­tornado. De hecho, en una sociedad trastornada, una persona que no lo esté será un inadaptado. Y esa es realmente la situación.

Cuando un Jesús camina por este mundo es un ser inadaptado. Es un tipo tan raro que no podemos tolerarlo. Tenemos que crucifi­carla. Su presencia nos deja sólo dos posibilidades: o él está loco o nosotros estamos locos. Todos no podemos estar cuerdos. Nosotros somos muchos y él es sólo uno. Por supuesto, lo matamos; él no puede destruimos. Cuando un Buda camina por el mundo nos pare­ce un tipo raro; y es un hombre cuerdo, sano, realmente natural, un hombre normal, pero que se mueve en medio de una sociedad anor­mal.

Por eso Freud llegó a la conclusión de que la humanidad no tiene futuro. Como mucho podemos esperar que el hombre se adap­te al patrón social; eso es todo. Pero no hay ninguna posibilidad de que el hombre sea feliz. No es posible, la propia naturaleza de las cosas lo impide. ¿Por qué llegó a una conclusión tan pesimista?: porque esa fue toda su experiencia.

La vida de Freud es una larga pesadilla de trabajo con personas trastornadas. Y, poco a poco, el propio Freud se volvió anormal. Freud no era una persona realmente sana; no era una persona feliz. Nunca conoció la totalidad. Tenía pánico a cosas de poca impor­tancia, tanto pánico que es absurdo. Si alguien hablaba de espíritus, empezaba a transpirar. Tenía miedo a la muerte. En dos ocasiones se desmayó porque alguien empezó a hablar de la muerte. Esto no es propio de una mente equilibrada; pero tiene su razón de ser. Es un milagro que Freud permaneciese cuerdo toda su vida.

Uno de los psiquiatras más perspicaces, Wilhelm Reich, enlo­queció. Y la única razón por la que él enloqueció y otros no, es que él era realmente penetrante. Tenía un gran talento para ir a la raíz de las cosas; pero eso es peligroso. La vida de Freud, Reich y otros muestra que si hubieran practicado meditación el mundo habría sido diferente. Entonces las personas neuróticas no constituirían el standard.

Tal vez sea muy difícil llegar a ser un Buda, pero él es la norma, una norma que no tiene nada que ver con la adaptación. Y una per­sona normal es aquella que está cerca de la norma, una persona que está cerca de la totalidad, la felicidad, la salud.

Pregunta Cuarta
¿Es peligroso para mi crecimiento espiritual asumir el papel de terapeuta?

¿Es posible ayudar a la gente y al mismo tiempo dejar que se disuelva mi propio ego? Siento que hay una lucha sutil den­tro de mí, entre una parte clara y otra parte que no quiere saber nada de claridad. Con tus enseñanzas he aprendido a no dominar a los demás cuando uso mi capacidad de ver, ¿pero estoy todavía tratan­do de dominarme a mí mismo?
El rol de terapeuta es un asunto muy delicado y complejo.

Primero, el propio terapeuta padece los mismos problemas que está tratando de resolver en los demás. El terapeuta es sólo un téc­nico puede arreglárselas para engañarse a sí mismo y pretender ser un maestro; ése es el mayor peligro de ser terapeuta. Pero con un poco de entendimiento las cosas ya no serán así.

En primer lugar, no pienses en términos de ayudar a los demás. Eso te da la idea de que eres un salvador, de que eres un maestro; y el ego entra de nuevo por la puerta falsa. Te vuelves importante, eres el centro del grupo, todo el mundo está pendiente de ti...

Abandona la idea de ayudar. En lugar de usar la palabra «ayu­dar», utiliza la palabra «compartir». Compartes tu intuición, cual­quiera que sea. El participante no es alguien inferior a ti. Tanto el terapeuta como el participante, ambos, van en el mismo barco; el terapeuta tiene solamente unos cuantos conocimientos más. Sé consciente del hecho de que tus conocimientos son prestados. Nunca olvides, ni por un momento, que lo que conoces no es todavía algo que haya surgido de tu propia experiencia, y esto ayu­dará a la gente que está participando en tu grupo.

El hombre es un mecanismo muy sutil; funciona por dos lados. El terapeuta empieza a asumir el papel de maestro, y con ello en vez de ayudar está destruyendo algo en el participante, porque el participante sólo aprenderá la técnica. No habrá una atmósfera de amor, de amistad compartida -una atmósfera de confianza-, sino una actitud de: «Tú sabes más; yo sé menos: participando en unos cuantos grupos de terapia yo también llegaré a saber tanto como tú».

Los participantes, poco a poco, empiezan a asumir el papel de terapeutas porque para ello no se requiere un grado académico; al menos en muchos países es así. En algunos países han empezado a prohibir toda clase de terapias no reconocidas, sólo alguien con un título universitario en terapéutica, en psicoanálisis, en psicoterapia, puede asistir a la gente en grupos de terapia.

Esto va a suceder en casi todos los países del mundo, porque la terapia se ha convertido en un negocio y este sector lo controlan personas sin ninguna calificación. Conocen las técnicas -porque las técnicas las pueden aprender participando en unos cuantos gru­pos- y entonces hacen una mezcla de su propia invención. Pero no hay manera de controlar...

Pero recuerda: desde el momento en que juegas el rol de que eres el que ayudas, el que reciba la ayuda jamás te lo perdonará. Le has herido su orgullo, le has herido su ego. No era esa tu intención... tu intención sólo era inflar tu propio ego, pero eso solamente puede suceder hiriendo el ego de otra persona. No puedes inflar tu ego sin herir a otros. Tu ego, que es más grande, necesitará más espacio, y los otros tendrán que encoger su espacio y su personalidad para poder existir contigo.

Desde el principio sé una persona auténticamente amorosa... Y vuelvo a insistir en el punto absolutamente esencial de que no hay nada más terapéutico que el amor. La técnica puede ser útil, pero el verdadero milagro ocurre a través del amor. Ama a la gente que participa en la terapia y sé uno más entre ellos, sin ninguna preten­sión de ser superior o más espiritual.

Deja las cosas claras desde el principio: «Estas son las técnicas que he aprendido, y hay un poco que forma parte de mi propia experiencia. Os daré las técnicas y compartiré mi experiencia. Pero vosotros no sois mis discípulos, sólo sois amigos que tenéis una necesidad. Tengo cierto entendimiento, no mucho, pero puedo compartido con vosotros. Tal vez algunos de vosotros tengáis vues­tro propio entendimiento proveniente de áreas diferentes, de direc­ciones distintas; también podéis compartir vuestra experiencia y enriquecer al grupo».

En otras palabras, lo que estoy proponiendo es un concepto de terapia totalmente nuevo. El terapeuta es sólo un coordinador. Él simplemente intenta lograr que el grupo sea más sereno, más silen­cioso; está pendiente de que nada vaya mal... más como un asisten­te que como un maestro. Y también tienes que dejar claro: «Yo tam­bién estoy aprendiendo mientras estoy tratando de compartir mi experiencia. Cuando os escucho, no son solamente vuestros pro­blemas, también son mis problemas. Y cuando digo algo, no sola­mente lo estoy diciendo, también lo estoy escuchando».

Deja nítidamente claro el hecho de que no eres alguien especial. Esto debe hacerse al principio del grupo, y tiene que asentarse a medida que el grupo va explorando y profundizando. Tú eres sim­plemente un poco más viejo, alguien que ha caminado algunos pasos más, de lo contrario no serás capaz de ayudar a la gente.

Aprenderán las técnicas y se harán terapeutas por su cuenta. Y hay suficientes tontos -cinco mil millones de tontos- en la Tierra; encontrarán sus propios seguidores. Forma parte de la debilidad humana el hecho de que cuando la gente comienza a mirarte, tú empiezas a pensar: «Debo de ser especial puesto que la gente me admira». Ellos están en dificultades, sufren de las fragilidades humanas. Pero tú también eres humano, y errar es absolutamente humano. Sin condenarlos de ninguna forma, con mucho amor, ayú­dales a que se abran; y eso es sólo posible si tú te abres.

Me he dado cuenta de un hecho extraño: los desconocidos se cuentan cosas que nunca contarían a alguien que conocen. Tal vez coincidas con alguien en la estación de tren; no sabes su nombre, no sabes dónde va, no sabes de dónde viene, y os empezáis a con­tar vuestras vidas... Durante veinte años he estado viajando ininte­rrumpidamente por todo el país y he observado este fenómeno: la gente cuenta sus secretos a desconocidos, porque un desconocido no puede sacar de ello ningún provecho. En la próxima estación se apea, tal vez nunca vuelvas a verle; no tiene ningún interés en des­truir tu reputación, en perjudicarte.

Al compartir tus secretos, tus debilidades, tu vulnerabilidad, consigues que los demás tengan más confianza en sí mismos, que sean más amorosos y tengan más confianza en ti. La confianza que tú depositas en ellos provoca su confianza en ti, y cuando ven que eres inocente, abierto y accesible, empiezan a abrirse, se convierte en una reacción en cadena... Pero un grupo de terapia no es el fin. Es sólo el principio. Es una preparación para la meditación, al igual que la meditación es una preparación para la iluminación. Si entiendes las cosas en su simple aritmética, no lo encontrarás difícil; y disfrutarás más del grupo, porque el grupo te permitirá profundizar más en ti. No solamente serás un instructor en el grupo, también serás un aprendiz.

Al-Mustafá, el profeta de la obra de Kahlil Gibran, hace una afirmación muy hermosa. Cuando alguien le pide: «Háblanos del aprender...». Él responde: «Puesto que me lo pides, hablaré. Pero recuerda: estoy hablando y también estoy escuchando contigo. Estoy aquí en el podio, y también estoy sentado entre vosotros. No soy especial en ningún modo...».

Ama a los participantes del grupo; ámalos tal como son, no como deberían ser. Han sufrido toda su vida la influencia de líderes religiosos, políticos, sociales, teológicos, filosóficos, que los aman solamente si los siguen, que los aman solamente si se convierten en simples imágenes de sus ideas, que los aman solamente cuando los han matado completamente, cuando los han destruido y reconstruido de acuerdo a sus ideas.

Todas las religiones han hecho eso a la humanidad. Nadie se ha librado de sus dañinas consecuencias. Y esa gente cree que está ayudando. Te dan ideales, ideologías, principios, mandamientos, todo ello con el propósito de ayudarte, porque de lo contrario te extraviarías. No pueden confiar en tu libertad, no pueden respetar tu dignidad; te han reducido miserablemente, y nadie pone ninguna objeción.

Me estoy acordando de una frase de un gran médico amigo mío. No sé si aún vive o no; no he sabido nada de él en estos últimos seis años. Era el médico más prominente de la ciudad en que yo residía antes de mudarme a Bombay y luego a Poona.

Solía decirme: «La experiencia de toda mi vida es que la fun­ción del médico no es curar al paciente. El paciente se cura por sí solo; el médico simplemente crea una atmósfera de amor, de espe­ranza. El médico simplemente le da confianza y le revive el anhelo de vivir un tiempo más. Las medicinas son una ayuda secundaria. Pero si la persona ha perdido el deseo de vivir, mi experiencia es que ninguna medicina -nada- sirve de ayuda».

La situación del terapeuta es la misma. El terapeuta no es la per­sona que cura los problemas psicológicos de la gente. Sólo puede crear una atmósfera amorosa donde las personas puedan abrir su inconsciente reprimido, sus imaginaciones inconscientes, sus repre­siones, sus alucinaciones, sus deseos, sin ningún temor de que los avergonzarán por ello, con la absoluta certeza de que todos sentirán compasión y amor hacia ellos. Todo el grupo de gente tiene que funcionar como una situación terapéutica.

El terapeuta es solamente un coordinador. Reúne a gente psi­cológicamente enferma o perturbada, y simplemente vigila que nada vaya mal. Y si puede apoyarlos con alguna idea, alguna intuición, alguna observación, siempre debería aclarar que: «Esto se debe solamente a mis conocimientos, no a mi experiencia», a menos que sea parte de su experiencia.

Si eres sincero, verdadero, honesto y auténtico, nunca caerás en la trampa de convertirte en un maestro, en un salvador, que es algo en lo cual es muy fácil caer. Desde el momento en que te vuelves un maestro y un salvador -y no lo eres- ya no estás ayudando a la gente. Estás simplemente explotando a la gente, sus debilidades, sus problemas.

El movimiento psicoanalítico alrededor del mundo es el experi­mento más explotador de todos los existentes. No ayuda a nadie, todo el mundo es tremendamente explotado. Los psicoanalistas, los psicoterapeutas..., la psicología, se ha dividido en muchas ramas, pero todas hacen el mismo trabajo: te reducen a ser un paciente y ellos son los médicos.

Y el problema es que ellos están sufriendo las mismas enfer­medades. Cada psicoanalista, por lo menos dos veces al año, tiene que tratarse con otro psicoanalista. Es una gran conspiración. A menos que estés más allá de la mente y de sus problemas, al escu­char toda clase de locuras vas a terminar trastornado. Vas a comen­zar a padecer los mismos problemas que tus pacientes. En lugar de curarlos, ellos te enfermarán. Pero la responsabilidad es tuya.

Trae amor, franqueza, sinceridad... Antes de que empiecen a abrir las puertas de sus corazones -que las están manteniendo cerradas a cal y canto para que nadie vea sus problemas-, lo pri­mero que debe hacer el psicoterapeuta es abrir su corazón para que vean que él es tan humano como los demás, que sufre de las mis­mas debilidades, la misma lujuria, el mismo deseo de poder, la misma codicia, la misma angustia, ansiedad y miedo a la muerte.

Abre tu corazón totalmente. Eso creará un clima de confianza, de que no eres un pretencioso. Atrás quedaron los días de los sal­vadores, los profetas, los mensajeros, los tirthankaras, los avatares. Ninguno de ellos es aceptable hoy día. En nuestro tiempo, si algu­no de ellos reaparece, la gente ni siquiera los apedreará, simple­mente se reirá de ellos. La gente les dirá: «Eres un estúpido; la mera idea de querer salvar a la humanidad es una locura. Primero sálva­te a ti mismo, entonces veremos tu luz, tu esplendor, tu grandeza».

Y la confianza llega por sí sola. No tiene que pedirse. Llega como una brisa fresca de las montañas, como una ola del océano. No tienes que hacer algo para conseguirla. Solamente tienes que estar receptivo, en el momento adecuado, en el lugar preciso.

Nadie puede salvarte excepto tú mismo. En verdad te digo: Sé el salvador de ti mismo. Ayudar es posible, pero con una condición: que sea con amor, que sea con gratitud: «Porque confiaste en mí abriste tu corazón».

La función de un terapeuta es, ciertamente, muy compleja; ¡Y hay idiotas haciéndola! La situaci6n es casi como si un carnicero se pusiera a hacer cirugía; saben cortar, pero eso no quiere decir que puedan practicar cirugía cerebral. Pueden matar un búfalo, una vaca o cualquier otro animal; su función está al servicio de la muerte. El terapeuta debe estar al servicio de la vida. Tiene que crear valores afirmativos y vivirlos él mismo entrando en el silencio de su corazón.

Cuanto más profundizas en ti mismo, más profundamente pue­des alcanzar el corazón del otro. Es exactamente lo mismo, porque tu corazón y el corazón del otro no son cosas muy diferentes. Si comprendes tu ser, comprendes el ser de todos. Y entonces com­prendes que tú también has sido un estúpido, que tú también has sido ignorante, que tú también has caído muchas veces, que tú tam­bién has cometido crímenes contra ti mismo y contra los demás. Y que si otra gente todavía los está cometiendo, no hay necesidad de condenarlos. Hay que intentar hacerles conscientes de ello y dejar­los luego a su aire; no debes moldeados para que encajen en un cierto marco.

Entonces es un gran gozo ser terapeuta porque llegas a conocer el interior de los seres humanos, que es uno de los escondites más secretos de la vida. Y conociendo a otros, te conoces más a ti mismo. Es un círculo vicioso; no hay otra palabra, de lo contrario no usaría el término «vicioso». Permíteme acuñar una frase: «cír­culo virtuoso». Te abres a tus pacientes, a los participantes, y ellos se abren a ti. Eso te ayuda a abrirte más, y eso les ayuda a abrirse más. Entonces no hay terapeuta y no hay paciente, sino simple­mente un grupo amoroso donde el uno ayuda al otro.

A menos que el terapeuta se disuelva en el grupo, no es un buen terapeuta. Ese es mi criterio.

Dices: «Con tus enseñanzas he aprendido a no dominar a los demás cuando uso mi capacidad de ver, ¿pero estoy todavía tratan­do de dominarme a mí mismo?». No son dos cosas distintas. Dominación es dominación, tanto si dominas a otros como si te dominas a ti mismo. Si te dominas a ti mismo, dominarás de algu­na forma sutil a los demás. ¿Cómo puede ser de otro modo?

La primera dominación que tienes que abandonar no es sobre los demás... porque no es seguro que los demás vayan a aceptar tu dominación. La primera dominación que tienes que abandonar es la de ti mismo. ¿Para qué ser prisionero de ti mismo? ¿Para qué esforzarse­ en crear una prisión alrededor tuyo y llevarla contigo donde­quiera que vayas? Primero aprende el gozo absoluto de la libertad, de un pájaro volando en el cielo inmenso. Tu propia libertad se vol­verá una fuerza transformadora para otros. La dominación es nefas­ta. Déjala para los políticos, que no tienen ninguna vergüenza. Viven en el arroyo y creen que viven en palacios. Toda su vida es miserable; viven en el arroyo y mueren en él. Son ministros, presi­dentes, reyes, reinas...

En una ocasión le preguntaron a uno de los más relevantes poe­tas egipcios: ¿Cuántos reyes hay en el mundo? Y en aquel tiempo... él respondió: «Sólo hay cinco reyes. Uno está en Inglaterra y los otros cuatro en las barajas de naipes». Ahora podríamos decir que hay cinco reinas, una está en Inglaterra y las otras cuatro en las barajas de naipes... Pero no tienen nada más. Solamente tratan de conseguir más y más poder para llenar su interior, un interior que sienten vacío.

Mirado desde afuera, el interior está vacío. Mirado desde el interior, toda la existencia está vacía. Sólo tu interior está rebosan­te, pero aquello de lo que rebosa es invisible: la fragancia de tu ser, el amor, la felicidad, el éxtasis, el silencio, la compasión; nada de ello puede ser visto con los ojos. Por eso, si miras desde afuera todo parece vacío. Y entonces surge una gran urgencia: ¿cómo llenarlo? ¿Con dinero, con poder, con prestigio, llegando a ser presidente o primer ministro? ¡Haz algo y llénalo! Uno no puede vivir con un vacío adentro.

Pero esa gente no ha ido adentro, han mirado desde afuera. Y ese es el problema: desde el exterior solamente puedes ver objetos, y el amor no es un objeto, la felicidad no es un objeto, la iluminación no es un objeto, el entendimiento no es un objeto, la sabiduría no es un objeto. Todo lo grande en la existencia y la vida del hombre es sub­jetivo, no objetivo. Pero desde afuera sólo puedes ver objetos. Eso te crea una tremenda urgencia de llenar tu vacío interior con cual­quier porquería. Hay gente que lo llena con conocimientos presta­dos, hay gente que lo llena mortificándose: convirtiéndose en san­tos. Hay villanos que se vuelven ministros, presidentes. En todas partes, la gente que está vacía tiene una tremenda necesidad de dominar a los demás. Eso les hace sentir que no están vacíos.

Un sannyasin empieza buscando dentro de su subjetividad, desde adentro, y se vuelve consciente de tremendos tesoros, de tesoros inextinguibles. Sólo entonces dejas de dominarte a ti mismo y de dominar a los demás. No hay ninguna necesidad. Desde ese instante todo tu esfuerzo consiste en hacer conscientes a los demás de su individualidad, de su libertad, de su inmensa e inextinguible fuen­te de felicidad, de alegría y paz.

Para mí, si la terapia prepara el terreno para la meditación, es correcta; si prepara el terreno para el paciente y para el terapeuta, para ambos. La terapia, en cierto momento, tiene que desembocar en la meditación. Y la meditación desemboca, en cierto momento, en la iluminación. Y tener un potencial tan tremendo y permanecer como un mendigo... A veces me entristece pensar en los demás. No son mendigos pero se comportan como mendigos, y no quieren dejar de mendigar porque tienen miedo de perder lo que han con­seguido. Y a menos que dejen de mendigar, nunca sabrán que son emperadores, que su imperio está en su interior.

Trata de entenderte a ti mismo tan profundamente como te sea posible. La terapia es secundaria. Y a menos que hayas refinado tu ser a través de la meditación y el silencio... No te estoy diciendo que dejes de trabajar, estoy diciendo que transformes la cualidad de tu trabajo. Haz que sea un trabajo verdadero. Abre tu corazón, cuéntales tus debilidades, cuéntales tus problemas, pídeles su con­sejo, pídeles que te ayuden. Y una vez que los participantes entien­dan que el terapeuta no es un egoísta, se acercarán con absoluta humildad, abriendo sus corazones. Entonces podrás ayudarles.

Pero recuerda siempre y siempre: la terapia en sí es incomple­ta. Incluso la terapia más perfecta es sólo un primer paso. Sin el segundo paso carece de todo sentido.

Así que deja al paciente en el punto en el que empieza a diri­girse hacia la meditación. Tu terapia será completa sólo cuando tus pacientes empiecen a indagar sobre la meditación. Crea un gran anhelo por la meditación en sus corazones y diles que la meditación es también solamente un paso: el segundo paso. Y éste tampoco es suficiente a menos que te lleve a la iluminación; ésa es la culmina­ción de todo el esfuerzo.

Tengo plena confianza en ti, de que eres capaz de ello.

Un judío de Odessa ocupaba el mismo compartimento que un oficial ruso, del ejército del Zar, que viajaba con un cerdo. Para molestar al judío, el oficial continuamente llamaba al cerdo Moisés.

«¡Moisés, estáte quieto! ¡Moisés, ven aquí! ¡Moisés, ve allá!».

Esto continuó durante todo el camino a Kiev. Finalmente el judío se hartó y le dijo:

-¿Sabe usted, capitán? Es una vergüenza que su cerdo tenga un nombre judío.

-¿Ah sí? ¿Por qué? -inquirió burlonamente el oficial.

-Pues porque con otro nombre podría haber llegado a ser un oficial del ejército del Zar.
¡Todo tiene un límite!

Dilo claramente: el límite de la terapia es donde comienza la meditación, y el límite de la meditación es donde comienza la ilu­minación. Por supuesto, la iluminación no es un paso hacia nada: simplemente desapareces en la consciencia universal, te conviertes en una gota de rocío que resbala por el pétalo de la flor de loto y cae en el océano. Pero es la experiencia más grandiosa... Por fin le da significado a la vida, le da sentido. Te permite convertirte en parte del universo, del cual tu ego te ha separado.

Sólo tienes que moverte en la dirección correcta. Un buen sen­tido de orientación y todo puede convertirse en un trampolín hacia estados de consciencia más elevados. He estado utilizando todo, pero la dirección es la misma. He utilizado muchas clases de medi­taciones. En la periferia parecen diferentes. Hay ciento doce méto­dos de meditación. Parecen muy diferentes entre sí, y puedes pen­sar: «¿cómo pueden estos métodos tan distintos conducir a la medi­tación?».

Pero te conducen... De la misma forma que no se ve el hilo que une las flores de una guirnalda -sólo ves las flores-, esas ciento doce meditaciones tienen un hilo que las interconecta. Ese hilo es atestiguar, observar, darse cuenta, estar atento, estar consciente.

Por tanto, ayuda tanto como puedas al paciente a entender sus problemas; pero aclárale que aunque esos problemas se resuelvan, él sigue siendo el mismo. Mañana comenzará a crear los mismos problemas de nuevo, aunque tal vez con una forma diferente, con un color distinto. Por eso tu terapia no debería ser más que una apertura para meditación. Entonces tu terapia tendrá un valor inmenso. De lo contrario, sólo será un juego mental.

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