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Pregunta Tercera
¿Podrías hablar de la transformación de la hipnosis en meditación? Me he percatado de que la línea divisoria entre la terapia y la meditación se está disolviendo.
Hubo un tiempo en que la hipnosis fue reconocida como una a la meditación, pero el cristianismo de la Edad Media condenó la hipnosis junto con la brujería. Esa condena todavía perdura, incluso en la mente de aquellos que no son cristianos pero que están bajo la influencia del cristianismo sin saberlo. ¿Por qué el cristia­nismo estaba en contra de la hipnosis? Te sorprenderá saber que estaba en contra de la hipnosis porque ésta te conduce directamente a la meditación; no hay necesidad de un sacerdote, no hay necesi­dad de una Iglesia, ni siquiera Dios era necesario. Este era el pro­blema.

Si la meditación se expande por el mundo, las religiones dejarán de existir por la simple razón de que estarás en contacto directo con la existencia y contigo mismo. ¿Qué necesidad tendrás de recurrir a intermediarios que no saben nada, que han sido ins­truidos durante años en cómo influenciar a la gente y ganar adep­tos? Lo que hacen no es religioso. Lo que hacen es la política de los números: «Suma tantos adeptos como puedas en tu redil; esa será tu fuerza y tu poder».

La hipnosis era un peligro para el clero, y el cristianismo se fun­damentó desde un principio en el clero. Jesús nunca afirmó que estuviera iluminado -ni ningún otro cristiano ha afirmado poste­riormente que Jesús estuviera iluminado-. Declaró algo irrelevan­te: que solamente él era el hijo unigénito de Dios. Pero Dios es una hipótesis, y las hipótesis no son como los indios que no cesan de producir más y más niños. Las hipótesis son estériles, no producen nada...

El cristianismo nunca ha querido que estés directamente conec­tado con la existencia. Tienes que ir vía el sacerdote, el Papa, el hijo, y sólo entonces, Dios. Entre medio hay muchos intermedia­rios. Y nadie sabe quién miente... Y, obviamente, nunca puedes descubrirlo porque no tienes línea directa con Dios. Los sacerdotes tienen línea directa con el obispo, los obispos tienen línea directa con el Papa, el Papa tiene línea directa con Jesús, Jesús tiene línea directa con Dios, y sus números de teléfono no aparecen en las guías telefónicas.

La hipnosis era la puerta, siempre ha sido la puerta a la medita­ción. Cuando un hombre entra en el mundo de la meditación, es tal su claridad, es tal su fuerza, es tal la vida que emerge de él que no necesita de ningún padre en los cielos. No necesita de ningún sacer­dote que rece por él. Él mismo se ha vuelto una plegaria; no una plegaria a algún Dios, sino pura plegaria, pura gratitud hacia el todo.

Para el cristianismo era absolutamente necesario condenar la hipnosis, condenarla como una creación del diablo. Bajo el mismo argumento se destruyó brutalmente la brujería: millones de mujeres fueron quemadas vivas porque estaban haciendo lo mismo. Estaban tratando de contactar con lo supremo por su propia cuenta, pres­cindiendo del conducto eclesiástico reglamentario.

La hipnosis puede ser utilizada peligrosamente a menos que se utilice al servicio de la meditación. Trataré de aclararte qué es exac­tamente la hipnosis y cómo puede ser empleada negativamente cuando no es utilizada al servicio de la meditación.

Hipnosis significa, literalmente, sueño deliberado. Hoy día se sabe que el treinta y tres por ciento, o sea un tercio de la humani­dad, es capaz de adentrarse en los niveles más profundos del tran­ce hipnótico. Es un porcentaje extraño, porque solamente el treinta y tres por ciento de la gente tiene sentido estético, solamente el treinta y tres por ciento tiene sensibilidad, solamente el treinta y tres por ciento es amigable, solamente el treinta y tres por ciento es creadora. Y mi experiencia es que siempre es un treinta y tres por ciento porque la creatividad y la sensibilidad son meditación, son amor, son amigabilidad. Todo ello requiere esencialmente de una cosa: de una profunda confianza en uno mismo, en la existencia; requiere de receptividad y de un corazón abierto.

La hipnosis puede ser inducida de dos formas. Debido a una de ellas, y gracias a la propaganda cristiana, la gente creyó que era peligrosa. Esa es la hetero-hipnosis: cuando alguien te hipnotiza, un hipnotizador te hipnotiza. Hay muchas ideas equivocadas asociadas con la hipnosis. La primera y fundamental es que el hipnotizador tiene el poder de hipnotizarte. Eso es absolutamente falso. El hip­notizador conoce una técnica, pero no tiene ningún poder.

Nadie puede hipnotizarte en contra de tu voluntad. A menos que tú quieras, a menos que tú desees adentrarte en lo desconocido, en un viaje misterioso, ningún hipnotizador puede arreglárselas para hipnotizarte. Pero el hecho es que los hipnotizadores no nie­gan tener tal poder; al contrario, afirman que tienen el poder de hip­notizarte. Nadie tiene el poder de hipnotizar a otra persona. Sólo tú tienes el poder de hipnotizarte a ti mismo o de ser hipnotizado por otra persona. El poder está en tus manos. Pero cuando eres hipno­tizado por otra persona puede hacerse un mal uso de ello.

El proceso, la técnica, es muy simple. El hipnotizador cuelga un cristal sobre tus ojos y te dice: «No cierres los ojos hasta que no puedas mantenerlos abiertos. Mantenlos ojos abiertos hasta que no puedas resistir más». El cristal emite destellos. Naturalmente, los ojos tendrán que parpadear continuamente para evitar que se sequen. Son la parte más delicada de tu cuerpo. Parpadeas porque tus párpados funcionan como los limpiaparabrisas de un coche: lubrican tus ojos y los mantienen limpios de polvo o de cualquier otra cosa. Tus párpados mantienen tus ojos frescos y húmedos.

El hipnotizador te dice: «Deja de parpadear; fija la mirada en algo brillante»; brillante porque la visión de algo brillante produ­cirá que tus ojos se cansen. Si te dice que mires a una bombilla eléctrica situada sobre tu cabeza, naturalmente tus ojos se sentirán muy cansados. Y se te ha dicho que no debes cerrados a menos que sientas que se cierran por sí mismos.

Esta es una parte. La otra es que el hipnotizador te está dicien­do continuamente que tus ojos se están volviendo pesados, que tus párpados parecen estar muy cansados... Situado junto a ti, te repite estas palabras continuamente: «Tus ojos están muy cansados, los párpados quieren cerrarse...». Y tú estás intentando justamente lo contrario; las instrucciones son que debes resistir hasta el final. ¿Durante cuanto tiempo puedes luchar? Tres minutos a lo sumo, porque es un proceso doble. Estás concentrado en una luz que te está cansando los ojos, y el hipnotizador te repite, con una voz muy sugerente, que el sueño te invade. No puedes resistir por más tiem­po; te resulta imposible mantener los ojos abiertos.

Por un lado las sugestiones, por otro la lucha... notas que tus ojos se están cansando, que los párpados te pesan. En el espacio de tres minutos llega un momento en que no puedes resistir la tenta­ción de dejar que se cierren tus ojos. En el momento en que tus ojos se cierran, el hipnotizador te dice: «Estás sintiendo un sueño pro­fundo, a partir de ahora solamente podrás oír mi voz y nada más. Yo seré tu único contacto».

A través de las sugestiones caes en un profundo sueño. Llega un momento en el que ya no oyes nada excepto la voz del hipnotiza­dor diciendo: «Tu sueño es más y más profundo...». Entonces él hará una prueba para saber si estás en trance profundo. Te pinchará con cuidado en la mano; pero estás tan dormido que no te das cuen­ta, no lo sientes.

De hecho, en la Unión Soviética han empezado a utilizar la hetero-hipnosis para intervenciones quirúrgicas sin anestesia. Con las condiciones adecuadas -una atmósfera relajada, luz tenue, ni oscuridad ni luminosidad, una luz brillante enfocada a los ojos, música suave, una fragancia agradable -una persona puede caer en un sueño tan profundo que puede ser sometido a una interven­ción quirúrgica y no sentir nada.

El hipnotizador hace varias pruebas: levanta tu mano y la suel­ta, y la mano cae porque no puedes mantenerla; estás profunda­mente dormido. Dormido no puedes mantenerla en el aire. Te levanta los párpados y ve sólo la parte blanca de los ojos; las pupi­las están arriba.

Cuanto más profundo es el trance hipnótico, más arriba se des­plazan tus pupilas. Ocurre diariamente durante el sueño profundo, y ocurre también cuando alguien muere. Por eso, en todo el mundo, cuando alguien muere, inmediatamente le cierran los párpados. La razón es que el hecho de ver a alguien con los ojos en blanco asus­ta. En la India se sabe desde hace siglos que cuando un hombre va a morir, sus ojos, poco a poco, empiezan a desplazarse hacia arriba. Recuerda: el día que no puedas ver tu nariz -porque cuando las pupilas de los ojos se desplazan hacia arriba no es posible ver la punta de la nariz- te quedan como máximo seis meses de vida...

Por eso el hipnotizador abre los párpados y comprueba si los ojos están en blanco y si las pupilas se han desplazado hacia arriba. Entonces tiene la certeza de que no eres capaz de oír nada, de que no eres capaz de desobedecerle, de que harás lo que te diga. Esto es peligroso. Puede decirte: «Saca todo tu dinero y dámelo», e inme­diatamente le entregarás todo tu dinero. Puede quitarte tus joyas o puede pedirte que firmes algún documento que te traerá problemas, como por ejemplo uno que diga que has vendido o donado tu casa.

Hay algo más que debe comprenderse, algo muy peligroso: puede darte una sugestión post-hipnótica. Una sugestión post-hipnótica significa que te puede decir: «De aquí a diez días vendrás y me traerás todo tu dinero, tus joyas, todo lo que tengas de valor; lo dejarás sobre mi mesa y te marcharás». Es posible dar una suges­tión post-hipnótica para que después de veinticuatro horas dispares a alguien. Esas órdenes se seguirán porque la persona no sabe lo que ha ocurrido durante el trance hipnótico. La hipnosis profunda alcanza tu inconsciente.

Estos son los peligros que el cristianismo exageró diciendo que esto está en contra de la religión, en contra de la moral. Una mujer puede ser violada y no saberlo, o se le puede decir: «Estás enamo­rada de mí», y desde el momento que despierte empezará un gran romance. Se sentirá un poco confundida porque su mente cons­ciente no entenderá lo que ha ocurrido, pero no habrá comunicación entre la mente consciente y la mente inconsciente. El inconsciente es tan poderoso -nueve veces más poderoso- que cuando el inconsciente quiere hacer algo puede que la consciencia proteste, pero esa protesta es inútil.

Todas estas cosas se difundieron de forma tremendamente exa­gerada. Pero el propósito de la Iglesia no era protegerte de estos peligros; el propósito era que la hipnosis fuera tan condenada que nadie pudiera entrar por esa puerta en la meditación.

El cristianismo mantuvo a la gente completamente ignorante acerca de otra clase de hipnosis: la autohipnosis, no la hetero-hip­nosis. Solamente puede hacerse mal uso de la hetero-hipnosis, pero no se puede hacer mal uso de la autohipnosis. No hay nadie más, estás sólo tú. Puedes hacer lo mismo solo. Puedes poner un desper­tador y repetir tres veces que, en el plazo de quince minutos, cuan­do suene la alarma, regresarás de tu trance hipnótico. El procedi­miento es el mismo.

Miras hacia la luz y haces lo que el hetero-hipnotizador hacía.

Mientras miras a la luz, repites interiormente: «Mis ojos se están cansando, los párpados están volviéndose pesados... más pesados, más pesados. Me estoy durmiendo. No puedo mantener los ojos abiertos más tiempo; lo estoy intentando pero es imposible». Necesitarás también tres minutos. Tres minutos como máximo; puede suceder en dos minutos, puede suceder en un minuto. Pero cuanto más tiempo resistas, más profundo será el trance hipnótico.

Oí hablar de un hombre, un anciano, que estaba atormentando a su familia. Cada día se atribuía nuevas enfermedades. Los docto­res estaban cansados; aseguraban que no tenía ninguna enferme­dad. Solía ver un programa de televisión en el que aprendía cosas de las enfermedades. Luego empezaba a atormentar a la familia: «Me duele aquí, estoy padeciendo tal enfermedad... Nadie me cuida». Esa era su forma de atraer atención. Nadie presta atención a los ancianos, así que tienen que utilizar estrategias. Se vuelven más irritables, más exigentes, más malhumorados; tienen sus pro­pias estrategias para atraer la atención. Durante toda su vida han recibido atención, pero ahora nadie les presta atención, a nadie le importa si existen o si han dejado de existir.

Un cantante indio que me ama, Jagjit Singh, cuenta una histo­ria muy graciosa. Había venido a verle un amigo que vivía en Londres, y Jagjit Singh le preguntó:

-¿Cómo estás?

-Muy bien -respondió él.

-¿Cómo está tu mujer?

-También muy bien.

-¿Y qué tal tus hijos?

-Estupendamente.

Finalmente Jagjit Singh le preguntó: -«¿Y qué tal tu padre?

-¡Mi padre? -exclamó el hombre-. Mi padre está fenomenal desde hace casi cuatro años. ­

Hacía casi cuatro años que había muerto, por eso el amigo decía que estaba fenomenal, completamente bien, ¡eternamente bien desde hacía cuatro años!

La gente mayor solamente tiene estos recursos para atraer aten­ción: tienen migraña, tienen dolor de estómago... Cuanto mayor es su vocabulario médico, mejor se las arreglan.

Finalmente, los médicos ya no querían atenderle. Decían: «Está trastornado. No tiene ninguna enfermedad; lo hemos examinado muchas veces».

Así que los hijos preguntaron a los médicos: «¿Qué podemos hacer?».

Los médicos le sugirieron que quizás un hipnotizador podría ayudarles: «Contratad los servicios de un hipnotizador y él le podrá hipnotizar y decirle que está perfectamente sano. Esta es la única medicina que precisa. Si el inconsciente acepta la idea de que está perfectamente, se acabarán los problemas».

Los hijos se alegraron mucho y trajeron al hipnotizador. El hipnotizador tenía el aspecto de un médico, con su cartera y toda la parafernalia, su barbita tipo Sigmund Freud, un lente en un ojo –uno tiene que vestirse de acuerdo con su profesión, ¡hay que impresio­nar!- y le preguntó al anciano: «¿Qué le pasa?».

El anciano le contó todo su repertorio de achaques y el hipnotizador le dijo: «Ahora recuéstese y mire fijamente a este péndulo que brilla gracias a una batería incorporada. Debe mantener los ojos abiertos hasta que no pueda más...».

La gente mayor se vuelve muy desconfiada después de la expe­riencia de toda una vida. El anciano pensó: «Este, con la pinta que tiene, me quiere engatusar. ¿Qué clase de tratamiento es este? En fin, veamos...». No esperó tres minutos; inmediatamente cerró los ojos. Y cuando el hipnotizador le tomó la mano, la dejó caer. Se sabía todos los trucos... ¡El abuelo se las sabía todas!

El hipnotizador dijo: «Está totalmente relajado y dormido. Ahora le daré la sugestión de que se encuentra perfectamente, de que no tiene ninguna enfermedad y de que no atormentará más a sus hijos con enfermedades que no existen». Y el viejo permaneció en silencio.

Sus hijos estaban encantados: «¿Por qué no se nos ocurrió antes acudir a un hipnotizador? Hemos malgastado una fortuna en médi­cos. Y aunque el abuelo nos ha dado dinero, nos ha estado mortifi­cando; no estaba enfermo en absoluto. Este hombre es nuestro hombre».

El viejo seguía recostado, completamente inmóvil. El hipnoti­zador había terminado con las sugestiones y estaba cobrando sus honorarios. Uno de los hijos le acompañó hasta el coche para des­pedirlo. Pero aun antes de que regresara, el abuelo abrió un ojo y dijo: «¿Se ha ido ya ese mequetrefe?».

Si cierras los ojos inmediatamente no sucede nada porque per­maneces consciente. Lo que quiera que diga el hipnotizador parecerá ridículo: ¡Qué tonterías dice! «Tus ojos se están volviendo pesa­dos...»: no se vuelven pesados. «Estás cayendo en un sueño profun­do...»: no te estás durmiendo, estás perfectamente alerta. Y encima te quiere tomar el pelo; ¡te dice que no tienes ninguna enfermedad!

Pero en una sesión de autohipnosis no hay ningún peligro. Te sumerges en el proceso. Miras algo brillante que canse tus ojos -ese es el objetivo- y repites interiormente lo que el hipnotizador repetía. Finalmente sentirás que no puedes mantener los ojos abier­tos, que se cierran. Has perdido el control sobre ellos. Esa sensa­ción de pérdida de control te hará sentir que estás sumiéndote en un sueño profundo. Mientras estés consciente, repites interiormente: «Estoy yendo más y más profundo...». Llegará un momento en que te habrás trasladado al inconsciente. Diez minutos después sonará el despertador y regresarás de tu inconsciente a la consciencia. Te sorprenderás de lo fresco y joven que te sientes; te sentirás tan lim­pio como si hubieras atravesado un jardín lleno de flores, con una brisa suave.

También puedes darte sugestiones post-hipnóticas. Tienen que darse en el último momento, cuando tus ojos se están cerrando y sientes que ahora vas a adentrarte mas profundamente. Antes de adentrarte más profundamente di: «A partir de mañana mi salud mejorará». Elige solamente una cosa, no muchas; ¡no seas codicioso! Y después de dos o tres semanas de darte sesiones, lo que quie­ra que hayas elegido, tal vez que mañana tu meditación será más, profunda... y descubrirás que tu meditación se está volviendo más profunda y que puedes crear un hermoso puente.

Cuando la meditación se vuelva más profunda, podrás sugerirte: «Mañana la sesión de hipnosis será más profunda». Puedes utilizar ambas cosas para adentrarte en lo más profundo de tu inconsciente.

Una vez has tocado las profundidades de tu inconsciente, pue­des empezar con una segunda sugestión: «Cuando me adentre en la oscuridad del inconsciente permanecerá una chispa de consciencia, de forma que pueda ver lo que está ocurriendo». Y entonces repe­tir: «La chispa de consciencia está creciendo, creciendo, crecien­do...». Y un día descubrirás que todo el inconsciente está iluminado con tu presencia, y eso es precisamente la meditación.

La hipnosis puede ser utilizada -debe ser utilizada- sin ningún miedo. Ya sea con otros -se puede practicar entre personas que confían unas en otras y que se aman de modo que no exista ningún temor a ser explotado... estás con amigos muy íntimos; sabes que no van a perjudicarte, que puedes abrirte, ponerte vulne­rable-, o simplemente tú solo. En este caso requiere un poco más de tiempo porque tienes que hacer el trabajo de dos personas, es un poco más problemático.

Pero hoy día puedes disponer de grabadoras, así que puedes prescindir completamente de la otra persona y hacer las sugestiones mediante una grabadora. Y la grabadora no puede decirte que mates a tu esposa, a menos que tú lo hayas grabado en una cinta. Ahí ya no puedo ayudarte; lo que grabes se reproducirá. Puedes grabar todo el proceso en una cinta magnetofónica: las sugestiones para inducir el sueño, para adentrarte más profundamente... Y cuando estés en un trance profundo -prográmate, un intervalo de cuatro o cinco minutos que te permita asentarte en ese espacio- la grabadora puede decir que tu meditación de hoy será más profunda, que no tendrás que luchar con tus pensamientos, que tan pronto cierres, los ojos los pensamientos empezarán a disiparse.

La grabadora puede ser de gran ayuda porque no necesitas con­fiar en alguien. Puedes confiar en tu grabadora sin ningún temor. Y puedes cerrar la puerta para que nadie manipule la grabadora, ¡de otro modo alguien podría jugártela!

La autohipnosis tiene que estar al servicio de la meditación; ese es el mejor uso que puedes hacer de ella. Pero también puede utili­zarse para la salud, para alargar la vida, para el amor, para la amis­tad, para la valentía. La autohipnosis puede ayudarte en todo lo que tú quieras. Puede disipar tus miedos a lo desconocido, puede disi­par tu miedo a la muerte, puede ayudarte a aceptar la soledad, el silencio, la paz. Puede ayudarte a mantener un flujo de meditación durante las veinticuatro horas del día. Incluso puedes sugerir que, mientras duermes, habrá una pequeña llama de consciencia que se mantendrá encendida sin molestar tu sueño.

En tu pregunta dices: «Me he percatado que la línea divisoria entre la terapia y la meditación se está disolviendo». Ese ha sido mi anhelo desde hace mucho tiempo. La terapia tiene que disolverse en la hipnosis, y la hipnosis tiene que disolverse en la meditación. Entonces habremos creado uno de los grandes apoyos para la ilu­minación, algo que nunca ha sido utilizado en el pasado.

La terapia nunca ha sido utilizada. La terapia te limpiará de toda la porquería, te despojará de todos tus condicionamientos; la tera­pia te ayudará a tener una catarsis de todo lo que has estado repri­miendo interiormente. La terapia lo expulsará. La terapia es un her­moso proceso de limpieza, y una mente así purificada puede entrar en trance hipnótico más fácilmente, sin ninguna resistencia. Incluso las personas que tienen dificultad para la hipnosis o la autohipnosis -la gente que no forma parte de ese treinta y tres por ciento-, mediante la terapia tal vez empiecen a estar receptivas a la hipno­sis. La terapia puede hacer que todo el mundo sea un candidato a la hipnosis. La terapia tiene que utilizarse de tal forma que, poco a poco, se disuelva en la hipnosis; y la hipnosis tiene que utilizarse de forma que sea una inducción a la meditación.

Propongo esas tres cosas como mi trinidad. Olvídate de Dios, del hijo y del Espíritu Santo... olvídate de esas tonterías. Eso no es una trinidad. Que la trinidad sea algo científico, algo que puedas hacer por ti mismo, algo que puedas practicar... y excepto por eso, todo lo demás en la religión está tan lleno de basura que la gente se ha interesado más por la basura y ha olvidado lo esencial. De hecho, lo esencial se ha vuelto tan minúsculo, en comparación con la montaña de disparates que se han ido acumulando en su cúspide durante siglos, que es difícil encontrarlo.

Mi propuesta es muy simple: no necesitas de ningún sacerdote, no necesitas de ninguna iglesia, no necesitas de ninguna escritura sagrada. Lo único que necesitas es un poco de entendimiento y un poco de coraje. Alcanza una catarsis total en la terapia. No sabes la cantidad de porquería que has acumulado dentro de ti. Cuando ten­gas una catarsis te darás cuenta: «¡Dios mío!, ¿este soy yo o es otra persona? ¿Qué estoy haciendo? ¿Qué estoy diciendo?». Algunas veces lo que dices ni siquiera tiene sentido. Pero estaba ahí, de lo contrario no habría salido de ti. Ha sido un obstáculo para tu meditación y será un obstáculo para adentrarte profundamente en la hip­nosis. Se erigirá en una barrera en algún lugar entre ambas.

Así que lo primero es la terapia. Lo segundo la hipnosis, y lo tercero crecerá de ello: tu meditación.

Y el fin de la meditación es la iluminación. Cuando la meditación llega a su plenitud entonces todo tu ser se llena de luz, se llena de felicidad, se llena de éxtasis.
CAPÍTULO 3
Relación entre mente, cuerpo y salud

Pregunta Primera
¿Podrías hablar de la conexión entre la mente y el cuerpo?
El setenta por ciento de las enfermedades tiene su origen en la mente. A través de la hipnosis podemos prevenir las enfermedades. El hipnoterapéuta puede descubrir qué clase de enfermeda­des van a desarrollarse en un futuro cercano, cuando todavía no se ha manifestado ningún síntoma en el cuerpo. Un examen médico rutinario no encontraría ningún indicio de que el paciente vaya a enfermar; aparentemente todo indica que goza de buena salud. Pero a través de la hipnosis podemos descubrir que en el plazo de tres semanas enfermará, porque antes de que se manifieste en el cuer­po, la enfermedad se gesta en el inconsciente cósmico. De ahí va al inconsciente colectivo, luego al inconsciente, y cuando llega a la mente consciente puede reconocerse en el cuerpo. La enfermedad se puede prevenir incluso antes de que la persona tenga la menor idea de que va a enfermar.

En Rusia, un fotógrafo genial, Kirlian, que ha experimentado profundamente con la fotografía, ha trabajado con ópticas y emul­siones muy sensibles, con el objeto de registrar fenómenos que no son visibles al ojo humano o a los instrumentos comunes. Kirlian estaba asombrado de ver que sus fotografías registraban fenómenos con seis meses de anticipaci6n. Si hacía una fotografía del capullo de una rosa con su emulsión hipersensible, la fotografía no mostra­ba el capullo de una rosa sino la imagen de una rosa. Ningún otro proceso fotográfico ha sido capaz de tal prodigio.

Al principio estaba asombrado ante el hecho de que una emulsión hipersensible pudiera registrar una imagen de algo que todavía no había sucedido: al día siguiente el capullo se abría y era exacta­mente igual a la imagen registrada con anterioridad. Poco a poco descubrió que hay una cierta aura alrededor del capullo, un campo de energía que contiene el programa del florecimiento del capullo.

La emulsión hipersensible registraba la imagen del aura que el ojo humano no podía ver. Más tarde empezó a trabajar con las enfer­medades y generó una revolución en la medicina soviética.

No hay necesidad de enfermar primero y luego aplicar el reme­dio. Puedes sanarte antes de tener conocimiento de la enfermedad, porque la fotografía Kirlian muestra con anterioridad dónde se manifestará la enfermedad; la imagen de la energía del aura registra los trastornos con seis meses de anticipación. La energía del aura es un reflejo del inconsciente cósmico. A través de la experi­mentación profunda de la hipnosis puedes descubrir las enfermeda­des que van a desarrollarse y prevenirlas.

Un tema de debate entre los psicoanalistas ha sido por qué, en todo el mundo, excepto en ciertos lugares, prevalece la idea de que la vida tiene una duración de unos setenta años. Hay algunas tribus en Cachemira, en India -ahora esa parte de Cachemira está ocu­pada por Pakistán- donde la gente siempre ha vivido ciento trein­ta, ciento cuarenta o ciento cincuenta años. E incluso a la edad de ciento cincuenta años la gente es tan vital como una persona joven. Nunca envejecen, permanecen jóvenes hasta el final... Los psicólo­gos han estado tratando de encontrar la razón de que en algunos pocos lugares la gente tenga una larga vida mientras que en la mayor parte del mundo la gente viva solamente los rutinarios seten­ta años.

Al parecer se trata tan sólo de un programa psicológico. Hemos sido programados durante siglos: siete décadas y estás acabado. Esta idea ha calado tan profundamente en nosotros que nos mori­mos, no porque tu cuerpo no pueda seguir viviendo sino porque tu psicología insiste: «Sigue la rutina, sigue a la mayoría». Y puesto que sigues en todo a la multitud, también la sigues psicológicamente en esto.

Los científicos dicen que el cuerpo humano es capaz de vivir al menos trescientos años. El cuerpo puede regenerarse durante tres­cientos años de la misma forma que lo hace durante setenta años, pero el programa tiene que cambiarse... Los científicos abordan de una forma distinta la cuestión de cambiar el programa, por lo que tardarán mucho tiempo en lograrlo. Ellos creen que el programa está en las células del cuerpo. Así que a menos que dividamos la célula humana -al igual que hemos sido capaces de dividir el átomo- y la reprogramemos, lo cual todavía está muy lejos de hacerse realidad porque ni siquiera se han iniciado los trabajos preliminares...

Pero mi parecer es que no hay necesidad de trabajar en el ámbi­to fisiológico sino en el ámbito psicológico. Si tu trance hipnótico es suficientemente profundo... cuanto más lo practiques, si lo haces diariamente, poco a poco llegarás al inconsciente cósmico. Ahí reside el verdadero programa, y podrás cambiarlo.

Nuestros hijos pueden vivir más años, nuestros hijos pueden vivir más sanos, nuestros hijos pueden vivir sin envejecer. Todo ello es posible; tenemos que conseguirlo, mostrarlo al mundo, pero hay un peligro: si los políticos hacen uso de las técnicas hipnóticas las utilizarán para sus propios propósitos.

Es posible ayudar a la gente con enfermedades porque casi el setenta por ciento de las enfermedades son mentales. Puede ser que se expresen a través del cuerpo, pero su origen está en la mente. Y si puedes poner en la mente la idea de que la enfermedad ha desa­parecido, que no necesitas preocuparte de ella, deja de existir, la enfermedad desaparece...

La mente tiene un tremendo poder sobre tu cuerpo. La mente dirige todo tu cuerpo. El setenta por ciento de las enfermedades pueden cambiarse cambiando la mente, porque empiezan ahí; sola­mente el treinta por ciento de las enfermedades empieza en el cuer­po. Te caes y tienes una fractura: evidentemente no es posible curarla a través de la hipnosis diciendo que no tienes ninguna frac­tura. La fractura permanecerá. La fractura ha empezado en el cuer­po y el cuerpo no puede hipnotizarse; el cuerpo tiene su propio fun­cionamiento. Pero si el proceso empieza en la mente y se extiende a algún punto del cuerpo, puede cambiarse fácilmente.

Las religiones lo han explotado. En la India hay gente que danza sobre brasas sin quemarse. Hay muchas religiones en la India que lo practican: lo hacen los mahometanos, lo hacen los tibetanos, lo hacen los birmanos: danzan sobre el fuego sin quemarse. Pero esa gente no es gente común, son monjes. Han sido hipnotizados durante años y en su inconsciente se ha asentado la idea de que el fuego no puede quemarles. Pero recuerda, sólo un setenta por cien­to...

En América, a principios de siglo, había una secta muy promi­nente; creo que todavía sobrevive en algunos lugares... Era un grupo cristiano que se autodenominaba Ciencia Cristiana. Creían que todo puede curarse, que sólo hay que creer en Jesucristo.

Decían que tus enfermedades no son otra cosa que creencias: crees que tienes tuberculosis, por eso tienes tuberculosis.

Un joven se encontró en la calle con una anciana que le pre­guntó: «Hace tiempo que no veo a tu padre en nuestros encuen­tros», y es que solían reunirse cada domingo.

Él respondió: «Está enfermo, gravemente enfermo».

«Tonterías -dijo la anciana, porque somos cristianos cientí­ficos. Él es un cristiano científico; sólo cree que está enfermo».

«Si usted lo dice... tal vez solamente crea que está enfermo».

Dos o tres días más tarde, el joven se volvió a encontrar con la anciana y ésta le preguntó: «¿Cómo está tu padre?».

El joven le dijo: «Ahora cree que está muerto, y hemos tenido que llevarlo al cementerio. Lo intentamos todo, le sacudimos y le gritamos, "¡No creas que estás muerto. Tú eres miembro de la Ciencia Cristiana. Cree que estás vivo!", pero no dio resultado y los vecinos se reían... Ahora mi pobre padre está en la tumba. Todavía cree que está muerto».

El cuerpo ni cree ni deja de creer, pero la mente sí. Y la mente tiene un inmenso control sobre el cuerpo. La ciencia médica se ha dado ahora cuenta de cierto fenómeno. Es un fenómeno muy peculiar: cada país padece un cierto tipo de enfermedades; cada comunidad, cada grupo religioso, tiene tendencia a padecer un cierto tipo de enfermedades. Por ejemplo, orien­te es más vulnerable a las epidemias: la peste, el cólera. Oriente es más propenso a padecer enfermedades infecciosas, porque en orien­te no hay mucha individualidad, sólo existe la comunidad.,

En un pueblo indio nadie existe como individuo, existe la comunidad. Cuando lo colectivo prevalece, prevalecen las enfer­medades infecciosas, porque nadie tiene una aura protectora alrededor de sí mismo. Si alguien enferma, poco a poco toda la comunidad es víctima de la enfermedad. Y puede que en la misma comunidad haya algunos occidentales, pero no les afecta la infección. De hecho, tendría que suceder lo contrario, porque un hombre occi­dental carece de la inmunidad de un nativo; debería enfermar antes. Pero no es así. Durante el último siglo se ha estudiado el fenómeno y se ha descubierto que siempre que hay alguna enfermedad infecciosa los europeos son protegidos por alguna fuerza desconocida; las víctimas son los indios.

La mente india es una mente más colectiva, la mente europea es más egoísta y personal. Por eso en occidente prevalecen otro tipo de enfermedades. Por ejemplo el ataque al corazón. El ataque al corazón es una enfermedad individual, no es infecciosa. En oriente el ataque al corazón es poco común; sólo ocurre cuando eres occi­dental o has tenido una educación occidental y estás muy occiden­talizado.

En oriente, el ataque al corazón, la diabetes y la presión san­guínea alta no son afecciones muy frecuentes. Son enfermedades no infecciosas. Los cristianos son más propensos a ellas. La mente occidental vive como una unidad individual. Obviamente, cuando vives como una unidad individual la comunidad no puede afectar­te demasiado; estás protegido de las infecciones.

En occidente, poco a poco han desaparecido las infecciones. Pero la gente padece cada día más enfermedades personales: ataque al corazón, depresión, insomnio, presión sanguínea alta, trastornos mentales, suicidio. No se deben a una infección, su origen es la ten­sión, la ansiedad, la angustia...

En oriente la gente no suele estar tensa, está más relajada. No padece insomnio, no padece enfermedades del corazón. La comu­nidad les protege de ello, porque la comunidad no tiene corazón. Cuando vives una vida comunal no padeces enfermedades del corazón.

Es un fenómeno extraño. Ello quiere decir que la mente te pre­dispone ante cierto tipo de enfermedades y te protege ante otras enfermedades.

Tu mente es tu mundo. Tu mente es tu salud, tu mente es tu enfermedad. Y si vives en la mente, vives en una cápsula, no puedes conocer qué es la realidad. La realidad se conoce cuando abando­nas todas las clases de mente: comunal, individual, social, cultural, personal... Entonces tu mente se vuelve universal, entonces tu mente se vuelve una con la mente del universo.

Cuando no tienes una mente propia, tu consciencia se vuelve universal. Todos los problemas son psicosomáticos porque el cuerpo y la mente no son dos cosas separadas. La mente es la parte interior del cuerpo y el cuerpo es la parte exterior de la mente. Cualquier casa que afecta al cuerpo puede entrar en la mente, o viceversa: puede empezar en la mente y afectar al cuerpo. No hay una división hermética.

Así que todos los problemas tienen dos vertientes y pueden abordarse a través de la mente o a -través del cuerpo. Algunos creen que todos los problemas provienen de cuerpo: los fisiólogos, los paulovianos, los conductistas... Tratan el cuerpo, y generalmente tienen éxito en un cincuenta por ciento de los casos. Y confían que a medida que la ciencia avance solucionarán más del cincuenta por ciento. Pero no tiene nada que ver con el desarrollo de la ciencia.

El otro grupo cree que todos los problemas provienen de la mente, lo cual es tan incierto como lo anterior. La Ciencia Cristiana, los hipnoterapeutas y psicoterapeutas creen que todos los problemas provienen de la mente. Ellos también tienen éxito en un cincuenta por ciento de los casos; y también creen que tarde o tem­prano solucionarán más casos. Eso es una tontería, no pueden resol­ver más del cincuenta por ciento de los casos; ese es el límite.

Mi entendimiento es que cada trastorno tiene que abordarse desde ambas vertientes conjuntamente. Tiene que abordarse por ambas puertas; entonces el hombre podrá curarse en un cien por cien de los casos. Cuando la ciencia se perfeccione trabajará con­juntamente sobre el cuerpo y la mente.

Lo primero es el cuerpo, porque el cuerpo es el portal de la mente, el porche. Y el cuerpo puede manipularse fácilmente. Primero hay que liberar al cuerpo de todas sus estructuras acumu­ladas. Si has vivido durante mucho tiempo sintiéndote débil, suce­de que ello se ha ido asentando en tu cuerpo, en tu propia estructu­ra corporal. Primeramente debe aliviarse el problema en el cuerpo, y simultáneamente hay que inspirar a la mente para que pueda ir ascendiendo y pueda ir soltando todas las cargas que la mantenían decaída.


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