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CAPÍTULO 2



Esta -opatía y esa -opatía



Pregunta Primera
Según la ciencia del yoga, el ser humano no tiene un cuerpo sino varios tipos de cuerpos. ¿Quiere decir esto que para distintos individuos un tipo de medicina puede ser más eficaz que otro, en función de dónde se ha originado la enferme­dad?
Todavía no existe una ciencia del hombre. El yoga de Patanjali es lo más cercano a ello. Patanjali divide el cuerpo en cinco niveles, o cinco cuerpos. No tienes un cuerpo, tienes cinco cuerpos; y detrás de los cinco cuerpos está tu ser. La alopatía sólo acepta el cuerpo físico, el cuerpo ordinario. Lo mismo que sucedió con la psicología ha sucedido con la medicina. La alopatía sólo cree en el cuerpo físico, en el cuerpo más burdo. Va en paralelo con el con­ductismo. La alopatía es la medicina más burda. Por eso se ha vuel­to científica, porque los instrumentos científicos, de momento, sólo son capaces de medir cosas muy burdas. Hay que profundizar más.

La acupuntura, la medicina china, se adentra en un nivel más profundo. Trabaja con el cuerpo vital, el pranamayakos. Si algo anda mal en el cuerpo físico, la acupuntura trata de trabajar en el cuerpo vital, en la bioenergía, en el bioplasma. Restablece el cuerpo vital e inmediatamente el cuerpo físico empieza a funcionar bien. La alopatía trabaja en el cuerpo físico, en el cuerpo burdo, aunque lo que ande mal sea en el cuerpo vital. Desde luego, la alo­patía tiene que hacer su trabajo cuesta arriba. Para la acupuntura, sin embargo, es un trabajo cuesta abajo. A ella le resulta más sen­cillo porque el cuerpo vital es superior al cuerpo físico. Si el cuer­po vital está correctamente asentado el cuerpo físico simplemente le sigue, porque el modelo se halla en el cuerpo vital. El cuerpo físi­co es sólo un instrumento del cuerpo vital.

Actualmente la acupuntura está ganando cada vez más respeto porque un cierto tipo de fotografía muy sensible desarrollada en la Rusia Soviética, la fotografía Kirlian, ha confirmado la existencia de los setecientos puntos vitales del cuerpo humano que descubrió la acupuntura hace al menos cinco mil años. Los acupuntores chi­nos no tenían instrumentos para encontrar los puntos vitales del cuerpo, pero, poco a poco, probando y equivocándose, durante siglos, descubrieron setecientos puntos. Ahora Kirlian ha redescu­bierto los mismos setecientos puntos con instrumentos científicos y la fotografía Kirlian ha demostrado una cosa: tratar de cambiar lo vital a través de lo físico es absurdo. Es intentar que cambie el amo cambiando al sirviente. Es prácticamente imposible, porque el amo no obedece al sirviente. Si quieres cambiar al sirviente, cam­bia al amo; el sirviente cambiará inmediatamente. En lugar de intentar cambiar todos los soldados, es mejor cambiar al general. El cuerpo tiene millones de soldados, de células, trabajando bajo la misma orden, bajo el mismo mando. Cambia al jefe y todos los patrones del cuerpo cambiarán.

La homeopatía va todavía un poco más profundamente; trabaja en el manomayakos, el cuerpo mental. El fundador de la homeo­patía, Hahnemann, hizo un gran descubrimiento. Descubrió que cuanto menor es la cantidad de una medicina, más profundamente se adentra. Al método de hacer medicinas homeopáticas lo llamó «potencializar»; consiste en ir reduciendo la cantidad de medicina. Tomaba una cierta cantidad de medicina y la mezclaba con nueve partes de agua o lactosa. Una parte de medicina, nueve partes de agua y las mezclaba. Y la solución resultante la volvía a mezclar con nueve partes de agua, o lactosa. Y así una y otra vez: nueva­mente tomaba una parte de la nueva solución y la mezclaba con nueve partes más de agua. De esta forma incrementaba la potencia.

Poco a poco la medicina alcanza el nivel atómico. Se vuelve tan sutil que parece imposible que pueda funcionar; prácticamente ha desaparecido. La potencia que está escrita en las medicinas home­opáticas dice: potencia diez, potencia veinte, potencia cien, poten­cia mil. Cuanto mayor es la potencia, menor es la cantidad. Con la potencia diez mil sólo queda una millonésima parte de la medicina original, es decir, prácticamente nada. Casi ha desaparecido, pero entonces entra en lo más profundo del manomaya. Entra en tu cuer­po mental. Va más profundo que la acupuntura. Es casi haber alcan­zado el nivel atómico o subatómico. Entonces no toca tu cuerpo físico, no toca tu cuerpo vital; simplemente entra. Es tan sutil, tan pequeña la cantidad, que no encuentra barreras. Puede introducirse en el manomayakos, en el cuerpo mental, y desde ahí empieza a tra­bajar. Tiene Una autoridad superior, incluso, que el pranamaya.

El ayurveda, la medicina india, es una síntesis de las tres. Es una de las medicinas más sintéticas.

La hipnoterapia va aún más profundo. Toca el vigyanmayakos: el cuarto cuerpo, el cuerpo de la consciencia. No utiliza medica­mentos. No utiliza nada. Solamente utiliza la sugestión, eso es todo. Solamente pone una sugestión en tu mente; llámalo magnetismo animal, mesmerismo, hipnosis o como te plazca, pero funciona a través del poder del pensamiento, no a través del poder de la mate­ria. Incluso la homeopatía funciona a nivel material, aunque muy sutilmente. La hipnoterapia prescinde de la materia. Trabaja con la energía del pensamiento, el vigyanmayakos: el cuerpo de la cons­ciencia. Si tu consciencia acepta una cierta idea, empieza a funcionar.

La hipnoterapia tiene un gran futuro. Se convertirá en la medicina del futuro, porque si tu mente puede transformarse cambiando solamente tus patrones de pensamiento, y a través de la mente tu cuerpo vital, y a través del cuerpo vital tu cuerpo físico, ¿qué nece­sidad hay de utilizar sustancias tóxicas?, ¿qué necesidad hay de uti­lizar medicamentos? ¿Por qué no trabajar directamente con el poder del pensamiento? ¿Has visto trabajar a un hipnotizador con un médium? Si no lo has visto, vale la pena verlo. Te dará una cier­ta idea.

Tal vez hayas visto o hayas oído contar que en la India hay gente que camina sobre fuego. No es otra cosa que hipnosis: tienen la idea de que están poseídos por una dios o una diosa y que no hay fuego que los pueda quemar. La mera idea es suficiente. Esta idea controla y transforma el funcionamiento ordinario de sus cuerpos. Se preparan mediante un ayuno de veinticuatro horas. Cuando estás ayunando y todo tu cuerpo está limpio de deshechos, el puente entre tú y lo burdo desaparece. Durante veinticuatro horas, en un templo o en una mezquita, cantan, bailan, sintonizan con la divini­dad. Entonces llega la hora de caminar sobre el fuego. Se acercan bailando, poseídos, con la plena confianza de que el fuego no los quemará. Eso es todo, no hay más. La cuestión es cómo crear la confianza. Entonces bailan sobre el fuego y el fuego no les quema.

Ha sucedido muchas veces que algún espectador, de repente, viendo a veinte personas caminando sobre el fuego sin quemarse, se ha sentido lleno de confianza, poseído -«Si esta gente puede hacerlo, ¿por qué yo no?»-, y ha saltado sobre el fuego y el fuego no le ha quemado. En ese preciso instante afloró una confianza. A veces ha ocurrido que personas que se habían preparado se han quemado; y, a veces, un espectador no preparado ha caminado sobre el fuego y no se ha quemado. ¿Qué sucede? Que esa gente que se había preparado probablemente albergara dudas. Deben de haber estado pensando acerca de si iba a ocurrir o no. Una duda sutil, debe haber permanecido en el vigyanmayakos, en su cons­ciencia. No tenían plena confianza; se acercaron al fuego dudando. Debido a esa duda el cuerpo no pudo recibir el mensaje que pro­venía del alma superior. La duda se interponía entre ambos, y el cuerpo continuó funcionando de forma ordinaria y se quemó. Por eso todas las religiones insisten en la confianza.

La confianza es hipnoterapia. Sin confianza no puedes entrar en las partes sutiles de tu ser porque basta una pequeña duda para ser arrojado de regreso a lo burdo. La ciencia trabaja con la duda. La duda es el método de la ciencia porque el campo de la ciencia es lo burdo. Al alópata no le preocupa si dudas o si no dudas. No te pide que confíes en la medicación; simplemente te la da. Pero el homeó­pata te preguntará si confías, porque sin tu confianza tendrá difi­cultades para trabajar contigo. Y el hipnoterapéuta te pedirá total entrega, de lo contrario no se puede hacer nada.

Religión es entrega. Religión es hipnoterapia. Pero todavía hay otro cuerpo, el anandmayakos: el cuerpo de la dicha. La hipnotera­pia accede hasta el cuarto. La meditación va hasta el quinto. Meditación; la palabra es en sí misma hermosa porque tiene la misma raíz que la palabra «medicina». Ambas provienen de la misma raíz; medicina y meditación son derivaciones del mismo vocablo: aquello que sana, aquello que te hace sano e íntegro. Y al nivel más profundo, eso es lo que es la meditación.

En la meditación ni siquiera hay sugestiones, porque las suges­tiones se dan desde afuera. Otra persona tiene que darte las sugestio­nes. La sugestión implica dependencia de alguien. Y no puede hacer­te perfectamente consciente porque necesitas al otro y se moldeará una sombra en tu ser. La meditación te hace perfectamente conscien­te, sin ninguna sombra: luz absoluta sin oscuridad. En este punto incluso las sugestiones son algo burdo. Alguien sugiere; eso implica que hay algo que proviene de afuera, y en el análisis último, aquello que proviene de afuera es material. Incluso un pensamiento es una forma sutil de materia. Incluso la hipnoterapia es materialista.

La meditación abandona todo sostén, todo apoyo. Por eso la meditación es el fenómeno más difícil de entender, porque no queda nada: sólo pura comprensión, un testigo.

Pregunta Segunda

¿Podrías hablar más acerca de la acupuntura?
La acupuntura es genuinamente oriental. Por eso, cuando te acer­cas a una ciencia oriental con mentalidad occidental se te esca­pan muchas cosas; tu enfoque es diferente: metodológico, lógico, analítico. Y las ciencias orientales no son realmente ciencias sino artes. Todo dependerá de si eres capaz de invertir tu energía del intelecto a la intuición, de lo masculino a lo femenino, del yang al yin; si puedes cambiar tu actitud activa, agresiva, y volverte pasi­vo, receptivo. Sólo entonces dará resultado; de lo contrario, aunque aprendas todo sobre la acupuntura, no será acupuntura en absoluto. Sabrás todo acerca de ella, pero no la conocerás. Y a veces ocurre que una persona no tiene muchos conocimientos acerca de ella y sin embargo la conoce, y es que tiene dotes, sencillamente tiene intuición para la acupuntura.

Esto ocurre con muchas cosas de oriente: occidente se interesa en ellas porque son profundas. Pero cuando occidente se interesa en algo de oriente, pretende entenderlo con la mentalidad occidental.

En el momento en que la mente occidental lo aborda, lo básico es destruido. Entonces sólo quedan fragmentos, y esos fragmentos nunca funcionan. Ello no significa que la acupuntura no funcione; la acupuntura funciona, pero solamente con una actitud oriental.

Por eso, si quieres aprender acupuntura es conveniente tener un conocimiento de ella. Pero recuerda: eso no es lo más esencial.

Aprende de la información disponible, luego olvida toda la infor­mación y empieza a tantear en la oscuridad. Empieza a escuchar tu propio inconsciente, empieza a compenetrarte con el paciente. Es diferente...

Cuando un paciente acude a un médico occidental, el médico empieza a analizar, a razonar, a diagnosticar, a localizar la enfermedad, a averiguar qué enfermedad es y qué puede curarla. Utiliza sólo una parte de su mente, la parte racional. Ataca a la enfermedad, la intenta someter: da comienzo una lucha entre la enfermedad y el médico. El paciente no participa del asunto; al médico no le preocupa el paciente. El médico lucha contra la enfermedad; el paciente es completamente desatendido.

Cuando acudes a un acupuntor lo importante no es la enferme­dad, el paciente es lo importante; porque es el paciente el que ha creado la enfermedad: la causa es el paciente, la enfermedad es sólo un síntoma. Puedes cambiar el síntoma y aparecerá otro síntoma. Puedes contener la enfermedad con fármacos, detener su forma de expresión, pero la enfermedad se reafirmará en otro punto y con más peligro, con más fuerza, con venganza. Este nuevo trastorno será más difícil de abordar que el anterior. Y si lo tratas con fárma­cos, la siguiente enfermedad será todavía más difícil de abordar.

Así es como la alopatía ha creado el cáncer. Contienes la enfer­medad en un punto, se reafirma en otro punto, entonces la empujas a otro punto... y la enfermedad se vuelve más y más agresiva. No transformas al paciente, el paciente sigue siendo el mismo. Mientras la causa permanezca seguirá creando efectos.

La acupuntura trata la causa. Nunca trata el efecto, siempre va a la causa. ¿Y cómo puedes ir a la causa? La razón no puede llegar a la causa -es demasiado grande para la razón-, la razón solamente puede abordar el efecto. Únicamente la meditación puede ir a la causa. Así que el acupuntor sentirá al paciente. Se olvidará de sus conocimientos e intentará sintonizar con el paciente. Se com­penetrará con el paciente. Empezará a sentir la enfermedad del paciente en su propio cuerpo, en su propia energía. Esa es la única forma que tiene de saber intuitivamente cuál es la causa, porque la causa está oculta. Se convertirá en un espejo y encontrará el refle­jo en sí mismo.

En esto consiste todo el proceso, pero esto no ha sido enseñado porque no puede enseñarse. Y realmente vale la pena adentrarse en ello. Mi sugerencia es que primero aprendas en occidente durante dos años y que luego vayas al menos seis meses a un país del extre­mo oriente para estar con algún acupuntor. Simplemente permane­ce en su presencia; déjalo trabajar y observa. Simplemente absorbe su energía, y entonces serás capaz de hacer algo. De otra forma será ­difícil.

Y si poco a poco empiezas a sentir tu propia energía -o el funcionamiento de la energía en tu propio cuerpo, la acupuntura no será solamente una técnica, se convertirá en un instrumento.

Y es una intuición -puedes aprender la técnica y no suceder nada-, es más un presentimiento que un arte. Esta es una de las grandes dificultades de las técnicas antiguas: no son científicas; y si te acercas a ellas con una perspectiva científica, tal vez extraigas alguna idea pero te perderás lo más importante. Y lo que quiera, que extraigas no te servirá de mucho, será frustrante.

La actitud antigua era totalmente distinta: no era lógica en abso­luto, era más femenina, más intuitiva, más ilógica. No consistía en razonamientos silogísticos o en una forma científica de pensar, sino en una profunda compenetración con la existencia, algo así como un estado de receptividad que permite que la naturaleza revele sus secretos y misterios. No era una actitud agresiva hacia la naturale­za... a lo sumo persuasiva. La aproximación, la actitud, provenía del interior.

Uno tiene que abordar su propio cuerpo desde su centro interior. Esos setecientos puntos no se conocieron de forma objetiva, se conocieron en meditación profunda. Cuando uno se introduce pro­fundamente en su interior y mira desde el interior, es una experiencia tremenda: uno puede ver todos los puntos de acupuntura alrededor suyo como si se tratara de una noche estrellada. Y cuando has visto esos puntos de energía, sólo entonces estás preparado. Ahora tienes una percepción interna, y con sólo tocar el cuerpo de otra persona serás capaz de sentir y localizar las carencias de energía: dónde fluye y dónde no fluye, dónde está frío y dónde hay calidez, dónde hay vitalidad y dónde entumecimiento. Hay puntos que responden y hay puntos que no responden en absoluto.

Conocerás la acupuntura en la medida en que te conozcas a ti mismo, y cuando ambos conocimientos coinciden -el conoci­miento de ti mismo y el conocimiento de la acupuntura- hay una gran claridad. En esa luz puedes ver todo; no solamente acerca de ti mismo sino acerca de los cuerpos de los demás. Nace una visión nueva, como si se hubiera abierto el tercer ojo.

La acupuntura no es una ciencia sino un arte, y todo arte exige una profunda rendición. No es como cualquier otra técnica que un técnico puede manipular; requiere de todo tu corazón. Tienes que olvidarte de ti mismo, al igual que el pintor se olvida de sí mientras pinta o el poeta mientras escribe o el músico mientras toca. Es algo así. Un técnico puede practicar la acupuntura pero nunca producirá una verdadera sanación. Nunca llegará a serlo. La acupuntura es un arte. Tiene que absorberse. El secreto es la rendi­ción. Si puedes rendirte totalmente a través de ella, si se convierte en una devoción, en una dedicación -y puede llegar a serlo, adéntrate en ella, adéntrate con todo tu corazón, lleno de dicha.

Empieza por tu cuenta. Y tendrás que descubrir tu propia destre­za. La acupuntura es una habilidad y un arte; no hay necesidad de imitar a nadie como norma. No hay ninguna norma. No existen reglas, sólo intuiciones. Así que empieza a trabajar por tu cuenta... Al principio te sentirás un poco inseguro y a menudo te surgirá la preocupación de si estás haciendo las cosas bien o no. Pero así es como uno empieza. Es una especie de tanteo. Tarde o temprano encontrarás la puerta. Cuando empieces a encontrar la puerta te harán falta menos tanteos. Entonces ya conocerás la puerta. ¡Empieza a trabajar!

Cuando tocas el cuerpo de alguien o le pones agujas, estás tra­bajando sobre Dios. Uno tiene que ser muy respetuoso, muy cuidadoso. No hay que actuar en función de los conocimientos sino desde un espacio de amor. El mero conocimiento no es adecuado, nunca basta. Así que siente a la persona. Ten siempre presente que los conocimientos son insuficientes, porque los conocimientos son limitados y la otra persona es todo un mundo, casi infinito... La gente te toca pero en realidad no te toca a ti. Solamente tocan tu periferia, y tú estás en alguna parte profunda de tu interior donde nadie puede entrar excepto el amor. El ser humano es un misterio y será siempre un misterio. No es accidental que el ser humano sea un misterio. El misterio es su mismo ser.
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