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Pregunta Quinta
Las sociedades occidentales han desarrollado el sistema sanitario más caro de la historia. Se invierten miles de millones de dólares al año y es realmente eficaz en algunos campos, como la cirugía, los transplantes y la prevención de infecciones; pero por otro lado, parece que la gente está ahora más enferma de lo que jamás lo estuvo antes. ¿Qué es la salud?
La ciencia médica occidental ha contemplado al hombre como una unidad aparte, separada de la naturaleza. Este es uno de los mayores errores que ha cometido. El hombre es parte de la naturaleza; su salud no es otra cosa que estar de acuerdo con la naturaleza.

La medicina occidental tiene una visión mecánica del hombre. Por eso tiene éxito allí donde la mecánica es eficaz. Pero el hombre no es una máquina, el hombre es una unidad orgánica; el hombre no necesita solamente tratamiento en la parte enferma. La parte enferma es sólo un síntoma que indica que el organismo está en dificultades. Se manifiesta en esa parte debido a que es la parte más débil.

Tratas la parte enferma y tienes éxito... pero más tarde la enfer­medad se manifiesta de otra forma. Impides que la enfermedad se exprese a través de la parte enferma y así la refuerzas. Pero no entiendes que el hombre es un todo: está enfermo o está sano, no hay un punto intermedio. Debe tomarse como un todo, como un organismo. Te daré algunos ejemplos aclaratorios.

La acupuntura se desarrolló en China hace unos siete mil años debido a un accidente. Un cazador disparó una flecha a un ciervo, pero se clavó accidentalmente en la pierna de un hombre que había padecido de migraña durante toda su vida. Tan pronto se le clavó la flecha, la migraña desapareció. Era algo muy extraño. Nadie había considerado esa posibilidad.

A raíz de ese accidente se desarrolló la acupuntura, y se desa­rrolló hasta constituirse en toda una ciencia. Si acudes a un acu­puntor y le dices: «Algo anda mal con mis ojos» o: «Algo anda mal con mi cabeza» o: «Algo anda mal con mi hígado», no se centrará en tu cabeza o en tu hígado o en tus ojos. Tendrá en cuenta todo tu organismo. Intentará sanarte a ti, no solamente la parte que está enferma.

La acupuntura ha desarrollado setecientos puntos que fueron descubiertos en el cuerpo humano. El cuerpo humano es un fenó­meno bioeléctrico. Esta bioelectricidad tiene setecientos puntos repartidos por todo el cuerpo, y cada punto está relacionado con alguna parte del cuerpo. Esto es lo que ocurrió en el accidente: la flecha se clavó en un punto bioeléctrico relacionado con la cabeza y desapareció la migraña.

La acupuntura es más holística. Ha de comprenderse la diferen­cia. Cuando contemplas al hombre como una máquina estás con­templándolo de forma parcial. Si su mano está enferma, simple­mente tratas la mano; no te preocupas de todo el cuerpo del cual la mano es sólo una parte. La visión mecánica es parcial. Tiene éxito, pero su éxito no es un éxito real porque esa misma enfermedad que ha sido reprimida mediante la medicina o la cirugía empieza a manifestarse en otra parte de forma más grave. La medicina se ha desarrollado tremendamente, la cirugía se ha convertido en una gran ciencia, pero el hombre padece más enfermedades, más trastornos que antes.

Este dilema es comprensible. Al hombre hay que contemplado como un todo, hay que tratarlo como una unidad orgánica. Pero el problema de la medicina moderna, de la medicina occidental, es que no cree que tengas un alma, que seas algo más que una estruc­tura de cuerpo-mente. Es cierto que también eres una máquina: tus ojos se pueden sustituir, tus manos se pueden sustituir, tus piernas se pueden sustituir, y tarde o temprano también se podrá sustituir el cerebro…

Pero si pudiéramos extraer el cerebro de Albert Einstein cuan­do está falleciendo y lo transplantáramos al cráneo del Papa pola­co, por ejemplo, ¿crees tú que el Papa se convertiría en Albert Einstein? El cerebro es sólo una parte. Producirá un fenómeno extraño, un híbrido entre un polaco y un Albert Einstein. Antes al menos era un perfecto polaco; ahora estará en el limbo, no sabrá quién es, si un Papa o un físico. (3)

Esto ya lo estamos haciendo: hacemos transfusiones de sangre y transplantamos órganos; tenemos corazones artificiales, por ejemplo. Un hombre con un corazón mecánico no puede ser igual que un hombre con un corazón real, auténtico. El hombre con el corazón mecánico no sentirá nada parecido al amor; incluso si ama, amará a través de la mente. Su amor será: «Yo pienso que te amo»; no provendrá directamente del corazón, porque no tiene corazón.

En la India la ciencia médica se desarrolló hace unos cinco mil años. Te sorprenderá saber que muchos avances de la cirugía con­temporánea ya los describió Sushrut -uno de los grandes ciruja­nos de oriente- en escritos que tienen entre cinco y siete mil años de antigüedad. Pero se abandonó esa práctica, y es precisamente este punto el que quiero hacerte notar. ¿Por qué se abandonó una ciencia tan desarrollada? Porque se dieron cuenta que la cirugía percibía al hombre como un mecanismo, y el hombre no es un mecanismo. Por eso, en lugar de destruir al hombre, abandonaron la cirugía.

Todos los instrumentos de precisión que utiliza la cirugía están descritos en los escritos de Sushrut. Todas las operaciones -inclu­so las del cerebro- están descritas detalladamente tal como lo hace un texto de cirugía moderna. Pero esos escritos tienen siete mil... o
(3) En el contexto europeo los polacos protagonizan los mismos chistes que en España protagonizan los de Lepe o en Argentina los gallegos. Es por ello que Osho suele hacer chistes a costa del Papa «polaco» y de los polacos en general. Más adelante de esta obra aparecerán más chistes de polacos. (N. Del T.)
como mínimo, cinco mil años de antigüedad. La cirugía se desa­rrolló hasta el mismo punto en que se encuentra actualmente, y seguramente tuvieron que enfrentarse con el mismo problema con el que nos estamos enfrentando. Debieron de descubrir que había algo que era básicamente erróneo.

A pesar de tanto esfuerzo las enfermedades van en aumento. Incluso el que alguien esté libre de sus enfermedades no implica que esté sano. La salud no es la ausencia de enfermedad; esa defi­nición es negativa. La salud debería ser algo positivo, porque la salud es lo positivo y la enfermedad lo negativo. Pero lo negativo está definiendo lo positivo.

La salud es una sensación de bienestar, con todo tu cuerpo fun­cionando óptimamente, sin ninguna molestia. Sientes un cierto bie­nestar, una cierta unidad con la existencia. Eso no ocurría a través de la cirugía.

La India abandonó toda esa ciencia y desarrolló un enfoque totalmente diferente: el ayurveda, que significa «la ciencia de la vida». Es significativo. En occidente lo llamamos medicina, y medicina simplemente indica que hay enfermedad. La salud no tiene nada que ver con la medicina. Medicina significa que toda esa ciencia se dedica a curarte de la enfermedad.

El ayurveda tiene un enfoque diferente. Es la ciencia de la vida; no te ayuda a curar enfermedades sino a prevenirlas, a mantenerte tan sano que la enfermedad se vuelve imposible. Los enfoques de oriente y de occidente difieren en este punto: uno sostiene que el hombre es una máquina, el otro que es una entidad espiritual, una totalidad...

En segundo lugar, lo que ha hecho la medicina occidental ha sido volver menos inmune a la gente...

La verdadera medicina debería proporcionarte inmunidad en lugar de restártela. Debería reforzarte, capacitarte para combatir cualquier infección, no debilitarte de tal forma que te vuelves vul­nerable a toda clase de infecciones.

Un famoso psicólogo, Delgado, ha estado experimentando con animales. Descubrió que las ratas que comen una vez al día viven el doble que aquellas que comen dos veces al día. Delgado estaba sorprendido: menos comida implica una vida más larga; más comi­da, menos vida. Ahora ha llegado a la conclusión de que una comi­da es suficiente; de otro modo estás sobrecargando el aparato diges­tivo y eso causará el acortamiento de tu vida. ¿Y qué decir de aque­llos que comen cinco veces al día? La medicina no los dejará morir pero tampoco los dejará vivir. Simplemente vegetarán.

El hombre tiene que reconsiderar todas las tradiciones, todas las fuentes; cualesquiera que sean los datos disponibles, han de ser reconsiderados. Hay que desarrollar un enfoque médico totalmente nuevo que tenga en cuenta la acupuntura, que tenga en cuenta el Ayurveda, que tenga en cuenta la medicina griega, que tenga en cuenta a Delgado y sus investigaciones, que tenga en cuenta el hecho de que el hombre no es una máquina. El hombre es un ser espiritual multidimensional y tienes que comportarte con él de esa misma forma.

La salud no debería definirse negativamente: «No tienes ningu­na enfermedad, luego estás sano». La salud debería tener una defi­nición positiva. Yo comprendo la razón de que no se haya podido encontrar una definición positiva, y es que la enfermedad es objeti­va y la sensación de bienestar es subjetiva.

La medicina occidental no acepta que tengas una subjetividad Solamente acepta tu cuerpo; no te acepta a ti.

Hay que aceptar al hombre en su totalidad.

Debería hacerse una síntesis con todos los métodos que se han estado utilizando. Actualmente funcionan como si fueran opuestos, pero en realidad no están en oposición los unos con los otros. Debería llegarse a una síntesis que te aportaría una mejor visión del hombre y que daría a los seres humanos una vida mejor...

Actualmente es bien conocido, y especialmente por los neuro­cirujanos, que todo tiene su centro en el cerebro. Si tu mano se paraliza es absurdo tratar la mano; no puedes tratarla. La alternati­va mecánica consiste en reemplazarla por una mano mecánica que al menos sea movible, -que te sea de alguna utilidad. La mano para­lizada es inservible, ha muerto. En realidad no ha muerto. Algún centro de tu cerebro controla esa mano, y ese centro ha de ser cura­do. La mano no requiere de ningún tratamiento; ese centro no fun­ciona correctamente, hay algún problema en ese centro.

Tarde o temprano toda la medicina estará controlada por los centros del cerebro. Esos centros controlan todo el cuerpo. Cuando algo va mal en un centro se manifiesta simbólicamente en la parte corporal externa correspondiente. Si empiezas por tratar la manifestación externa no profundizas lo suficiente.

La medicina moderna occidental es superficial. Deberías ir a la raíz: ¿por qué se ha paralizado la mano de repente? El centro del cerebro tiene algún problema y ese centro puede curarse muy fácil­mente. Es un centro bioeléctrico...

Es posible que si no te sientes bien se deba a que tu batería está descargada; necesitas recargada. Si tu mano se ha paralizado puede deberse a una pérdida de electricidad en su centro; es posible recar­garla. No se requiere de ningún medicamento, no se requiere de ninguna intervención quirúrgica. Hemos llegado a un punto desde el que podemos mirar al hombre desde diferentes ángulos. Las dife­rentes culturas han tratado al hombre de diferentes maneras, y aquello que funciona debería aceptarse, aunque nos parezca extraño, en vez de rechazarse.

Por ejemplo, el setenta por ciento de las enfermedades están solamente en tu mente; no las tienes, solamente crees que las tie­nes. Por eso tratarlas con medicación alopática es contraproducen­te, porque todos los medicamentos alopáticos son de una u otra forma perjudiciales. Si tienes la enfermedad, la medicación es buena; pero si no tienes la enfermedad, si es sólo una idea, la home­opatía es mejor porque no es perjudicial. No contiene nada, sin embargo es de una gran ayuda para la humanidad. Miles de perso­nas se curan por medio de la homeopatía.

La cuestión no es si la homeopatía es realmente una medicina o no. Si la gente padece enfermedades irreales se necesita algún sis­tema médico irreal. La homeopatía no contiene nada, pero hay gente que padece mucho debido a la idea de que tienen una enfer­medad. La homeopatía puede ayudarles; cura a mucha gente y nunca perjudica a nadie. No es medicina genuina pero, ¿cómo tra­tar a una humanidad irreal?

El médico y la enfermera ayurvédica no tienen instrumentos, ni mecanismos sofisticados, ni rayos X o cosas por el estilo; ni siquie­ra tienen estetoscopio. Solamente examinan los latidos de tu corazón, y ha funcionado estupendamente bien durante miles de años. Examinan el pulso porque es el centro de la vida; si algo no es perfecto les indica cómo debe procederse. En lugar de tratar la enfermedad, intentarán que tu pulso sea más armónico. Su medica­ción te ayudará a tener un pulso más armónico e inmediatamente desaparecerá la enfermedad. Crees que se te ha tratado la enferme­dad, pero la enfermedad era sólo un síntoma.

Por eso el ayurveda descartó completamente la cirugía: era reducir al hombre a una máquina. Cuando el tratamiento puede ser a base de minerales, plantas medicinales y medios naturales que no envenenan el organismo humano, ¿por qué utilizar sustancias tóxi­cas que tienen efectos secundarios?

Tal vez esta sea una de las razones por las que la medicina se ha desarrollado y, sin embargo, paralelamente se han ido desarrollan­do más enfermedades... Tratas una enfermedad, pero la tratas con una sustancia tóxica; la enfermedad desaparece pero la sustancia tóxica afecta al organismo produciendo efectos nocivos. Por eso, todas las medicinas herbarias, los tratamientos con minerales y los sistemas como la homeopatía deberían combinarse.

Debería haber sólo una ciencia con diferentes ramas, y lo que el médico tendría que decidir es la especialidad que le conviene a la persona. Es inútil decirle a alguien: «Usted no tiene ninguna enfer­medad». Simplemente cambiará de médico, ese será el resultado. Estará encantado de encontrar un médico que le diga: «Usted pade­ce tal enfermedad...».

Algunas personas han perdido su voluntad de vivir. Ninguna medicina puede ayudar a esas personas porque la voluntad básica de vivir no existe. Ya han muerto; están simplemente esperando el día del funeral. Estas personas no necesitan medicamentos, necesi­tan otro tipo de terapia, una terapia que les devuelva la voluntad de vivir. Eso es lo básico, sólo entonces puede ayudarles algún otro tipo de medicina.

Todo ello debe combinarse conjuntamente en una síntesis, en un todo, y el ser humano podría entonces librarse completamente de las enfermedades. El hombre puede vivir al menos trescientos años; esa es la estimación científica. Su cuerpo tiene la posibilidad de renovarse a sí mismo durante trescientos años. Obviamente, lo que hemos estado haciendo es básicamente erróneo porque el hom­bre muere a los setenta año .

En algunos lugares... en una parte de Cachemira que ahora per­tenece a Pakistán, la gente suele vivir ciento cincuenta años; inclu­so algunos han alcanzado los ciento ochenta años. En Rusia hay mucha gente de ciento cincuenta años, y también hay gente que ha alcanzado los ciento ochenta. Se debería estudiar la alimentación y los hábitos de esa gente, divulgar esa alimentación y esos hábitos. Una persona de ciento ochenta años de la Rusia Soviética, concre­tamente de una zona del Cáucaso, todavía trabaja en el campo como un hombre joven; ni siquiera está viejo. Su alimentación, su forma de vivir, debe analizarse profundamente. Y hay mucha gente así en esa región, sólo de esa región, el Cáucaso. Esa región ha pro­ducido gente realmente fuerte. El propio Joseph Stalin provenía de esa región; George Gurdjieff provenía de esa región.

La medicina requiere de una orientación totalmente nueva. Ahora es posible hallarla porque conocemos todo lo que ocurre alrededor del mundo; simplemente deberíamos abordar el tema sin ningún prejuicio inicial
Pregunta Sexta
En la medicina contemporánea hablamos de la subjetividad de la terapia: la misma medicina, practicada por distintos doctores, tiene resultados diferentes.

¿Podrías hablar acerca de la subjetividad de la ciencia que afirma ser objetiva?
Nada que tenga que ver con el ser humano puede ser totalmen­te objetivo; habrá de permitirse un cierto margen de subjetivi­dad.

No es solamente cierto que la misma medicina practicada por distintos médicos tenga efectos diferentes; también es cierto que la misma medicina practicada por el mismo médico tiene efectos dife­rentes en distintos pacientes. El hombre no es un objeto.

Primero tienes que entender la palabra «sujeto». Una piedra es solamente un objeto. No tiene interioridad. Puedes partirla en dos, entonces tendrás dos objetos. Puedes partirla en cuatro, y el resul­tado será cuatro objetos. Pero no encontrarás ninguna interioridad.

Subjetividad significa que desde afuera el hombre es tan obje­tivo como cualquier objeto: una estatua, un cadáver, un cuerpo con vida, ¿cuál es la diferencia? La estatua es simplemente un objeto, no tiene subjetividad. El cuerpo exánime fue la casa de un fenóme­no subjetivo, pero ahora está vacío. Ahora es una casa vacía, la per­sona que solía vivir en ella la ha dejado.

El hombre vivo tiene toda la objetividad de la estatua, del cadá­ver, y algo más una -dimensión interior- que puede cambiar muchas cosas porque es lo más poderoso de la existencia. Por ejem­plo, se ha observado que tres personas pueden sufrir la misma enfermedad, pero la misma medicina no funcionará con los tres. Con una persona será efectiva; con otra lo hará a medias, funcio­nará y no funcionará; y con la tercera no funcionará en absoluto. La enfermedad es la misma pero las interioridades son diferentes. Y si se considera la interioridad, puede ser que el médico produzca dife­rentes repercusiones en personas distintas por distintas razones.

Uno de mis amigos era un gran cirujano de Nagpur -un gran cirujano pero no un buen hombre-. Nunca fracasaba en sus inter­venciones quirúrgicas y cobraba cinco veces más que cualquier otro cirujano. Una vez, siendo huésped en su casa, le dije: «Esto es demasiado. Mientras los otros cirujanos cobran una cierta cantidad por cada intervención, tú cobras cinco veces más».

Me dijo: «Mi éxito se basa en ello: cuando una persona paga cinco veces más está determinada a sobrevivir. Mi motivo no es puramente económico. Si la persona está dispuesta a pagar cinco veces más -pudiendo someterse a la misma intervención a un pre­cio muy inferior- está determinada a sobrevivir a cualquier precio. Y esta determinación es casi el cincuenta por ciento de mi éxito».

Hay gente que no quiere sobrevivir; no están deseando coope­rar con el médico. Se toman la medicación pero no tienen ganas de vivir; al contrario, esperan que la medicación no dé resultado para que no se les pueda acusar de suicidas. Esas personas han renun­ciado interiormente de antemano. La medicina no puede ayudar a su interioridad, y sin su apoyo interior el médico tiene muy pocas posibilidades de éxito; la medicación no es suficiente.

Este cirujano me contó: «Tú no lo sabes... pero a veces hago cosas absolutamente inmorales, pero tengo que hacerlas para ayu­dar al paciente». «¿Qué quieres decir?» le pregunté.

El dijo: «Todos mis colegas profesionales me critican...». Y ciertamente, todos los doctores de Nagpur lo censuraban: «¡Nunca hemos visto una estafa como ésta!».

Cuando tenía al paciente en la mesa del quirófano -con los doctores y las enfermeras listos y los estudiantes mirando desde la galería superior-, le susurraba al oído al paciente: «La cantidad que estipulamos en un principio -diez mil- es insuficiente. Tu problema es más grave de lo que creía. Por menos de veinte mil no voy a coger el bisturí. Si quieres lo dejamos estar; puedes encontrar otros cirujanos más económicos».

En una situación así... La persona tenía dinero, de lo contrario ¿cómo podría decir que sí? Y aceptaba y decía: «Te daré veinte mil, pero sálvame».

Y me dijo: «Cualquier cirujano podría salvarlo, pero no con tanta certeza. La decisión de pagar veinte mil significa que está conmigo incondicionalmente; todo su ser interior es un apoyo. La gente me critica porque no me entiende. Ciertamente es inmoral pactar diez mil y en la mesa del quirófano decirle: "O me das vein­te mil o lo dejamos estar, porque la cosa es más grave de lo que creía. Estoy arriesgándome, poniendo toda mi reputación en entre­dicho. Por diez mil no lo hago. Pero nunca he fallado, siempre me acompaña el éxito. Solamente opero cuando estoy seguro de que será un éxito. Así que decide... Y no tengo mucho tiempo, hay otros pacientes esperando. Tienes dos minutos para decidir...". Obviamente la persona dice: "Te daré lo que quieras pero por favor haz la operación". Es ilegal, es inmoral, pero no puedo decir que sea una mala psicología».

Nada que tenga que ver con el hombre puede ser puramente objetivo. Tenía otro amigo, un doctor que ahora está en la cárcel por ejer­cer sin estar calificado. Nunca cursó estudios médicos, todos sus diplomas eran falsos. Pero creo que no se ha hecho justicia con ese hombre, porque lo de menos es sí ese hombre tenía diplomas o no. Ayudó a miles de personas, especialmente a aquellos que habían perdido toda esperanza y que estaban cansados de ir de un médico a otro, todos con diplomas. Y este hombre era capaz de ayudarlos. No tenía un diploma pero sí cierto carisma. E hizo de su hospital algo casi mágico. El paciente se sorprendía nada más entrar en su oficina. La persona había estado en todas partes... porque la gente solía acudir a él como último recurso. Todo el mundo sabía que aquel hombre era un cuentista. Pero si vas a morir, ¿qué pierdes con intentado?

Y a medida que entrabas en su jardín -porque tenía un jardín muy hermoso- y después a su oficina... Las recepcionistas eran preciosas, y todo ello era parte de su tratamiento médico. Porque aunque una persona esté muriéndose, al ver una mujer hermosa su deseo de vivir se reafirma, desea vivir. Después de la recepción la persona era conducida a través del laboratorio. Era innecesario, pero él quería que la persona viese que él no era un médico común. El laboratorio era fascinante: absolutamente inútil pero con tantos tubos, frascos y líquidos de colores moviéndose de un tubo a otro que parecía que se estuvieran haciendo grandes experimentos.

Entonces llegabas hasta el doctor. Y nunca utilizaba los méto­dos corrientes para examinar el pulso, no. Tenías que acostarte en una cama eléctrica dirigida por control remoto. La cama se elevaba a las alturas mientras tú mirabas unos tubos colgantes. Unos elec­trodos conectados a tu pulso hacían mover -los líquidos de los tubos. El corazón lo examinaba de la misma forma, no por medio de un estetoscopio común. Toda esta parafernalia visual la había diseña­do para los pacientes, para que creyesen que estaban acudiendo a un genio, a un experto.

El hombre no tenía ningún diploma, ninguno en absoluto. Su farmacéutico tenía todas las acreditaciones y solía recetar los medi­camentos. De hecho, él nunca cometió ningún crimen. Nunca recetó medicamentos, nunca firmó una receta; eso lo hacía una per­sona calificada. Pero puesto que había hecho todos esos arreglos y debido a que había ideado unos diplomas muy extraños con su firma... aunque si esos títulos no existen no creo que puedan ser ile­gales. No decían que hubieran sido otorgados por una universidad existente. Era todo pura ficción; pero la ficción ayudaba.

He visto cómo algunos pacientes se medio curaban ya en el reconocimiento. Al salir decían: «Me siento casi curado y todavía no he tomado la medicación. Aquí tengo la receta y ahora iré a comprar la medicina».

Pero debido a todo lo que hizo... Entonces comprendí que la ley es ciega. Él no hizo nada ilegal, no hizo daño a nadie, pero está en la cárcel por «estafador». Y no estafó a nadie. Si ayudar a la gente a vivir un poco más es una estafa, ¿qué es entonces la ayuda médica?

Debido a la naturaleza del ser humano, la medicina nunca puede llegar a ser una sólida ciencia objetiva al cien por cien. Por eso hay tantas escuelas de medicina -ayurvédica, homeopática, naturópata, acupuntor y muchas otras- y todas ellas ayudan. La homeopatía no es más que una simple pastilla de azúcar, pero ayuda. Lo importante es la fe del paciente. Hay gente fanática de la naturopatía, ninguna otra cosa les ayuda, sólo les ayuda la naturo­patía. Y no tiene ninguna conexión con la enfermedad.

Uno de mis profesores estaba loco por la naturopatía. Para cualquier trastorno te ponía un saco de barro en el estómago. Solía ir a verle para pasar un buen rato; era muy relajante, tenía un espa­cio muy bien arreglado: un precioso cuarto de baño con duchas... Solía visitarle con alguna excusa: «Tengo una migraña muy seve­ra».

«No te preocupes -decía él- te pondré un saco de barro en el estómago.» Un saco de barro en el estómago no alivia la migraña, pero a mí me ayudaba ¡porque yo no tenía migraña! Luego te sumergías en una bañera llena de barro, sólo quedaba afuera la cabeza; era muy agradable y refrescante. Pronto se dio cuenta: «Cada vez vienes con una enfermedad nueva...».

«Es cierto... -le dije-. Tengo un libro de naturopatía del cual extraigo la enfermedad y luego acudo a ti. Primero lo leo para saber qué vas a hacer. Si me apetece el tratamiento, acudo a ti con la enfermedad; si no, me sumerjo media hora en el barro sin necesi­dad...».

El me dijo: «¿Así que me has estado engañando?».

«No te he estado engañando -le dije-; soy tu paciente más asiduo. En la universidad todo el mundo se ríe de ti, yo soy el único que te apoya. Los que han venido aquí han venido recomendados por mí, porque les he dicho que mi migraña desapareció».

«Dios mío -dijo él-. ¡Ahora el que tiene migraña soy yo!

Vete y déjame tranquilo».

La gente se enfadaba conmigo. Me solían decir: «En lugar de aliviarse, mi migraña se ha vuelto más intensa. ¡El estómago frío no alivia la migraña!».

Entonces yo les decía: «Tu sistema debe funcionar de forma diferente al mío. Con mi sistema... ¡a mí me ayuda!».

Hay homeópatas fanáticos que creen que la homeopatía es la única medicina saludable y que todas las otras medicinas -especial­mente la alopatía- son tóxicas. Si acudes a un homeópata lo prime­ro que hará es averiguar todo tu historial, desde tu nacimiento hasta el momento presente. Y puede que sólo tengas un dolor de cabeza.

Un doctor homeopático vivía cerca de mi casa. Cuando mi padre me visitaba le acompañaba a la consulta del homeópata. Una vez el homeópata me dijo: «Te ruego que no me traigas a tu padre, porque se remonta a tres generaciones atrás: que su abuelo tuvo tal enfermedad...».

«El también es un homeópata -le dije-; profundiza en las raí­ces».

«Pero me hace perder demasiado tiempo -decía él-, y tengo que escucharle, ¡y sólo tiene un dolor de cabeza! Me cuen­ta todas las enfermedades de su abuelo, luego me cuenta las de su padre y sólo entonces empieza con las suyas. Cuando llega a las suyas ya ha transcurrido casi todo el día. Los otros pacientes, cansados de esperar, se han ido. Luego me cuenta todas las enfer­medades de su infancia, y finalmente resulta que tiene un dolor de cabeza».

-Y yo le digo: "Por Dios, ¿por qué no me lo dijo antes?", y él dice: "Soy un homeópata como usted y quiero darle un cuadro completo"».

Lo primero que quieren saber los homeópatas son todas tus enfermedades, porque creen que todas las enfermedades están rela­cionadas, que tu vida entera es una unidad. No importa si tuviste algo en la pierna o en la cabeza: son partes del mismo cuerpo, y para que el médico pueda hacerse una idea tiene que saberlo todo. El homeópata te preguntará qué clase de medicamentos alopáticos has estado tomando, porque esta es la causa de todas tus enferme­dades: todos los medicamentos alopáticos son tóxicos. Esta es tam­bién la actitud de la naturopatía: la alopatía es tóxica. Así que pri­mero tienes que ayunar, hacerte lavativas... para limpiarte de los medicamentos alopáticos.

El hombre es un ser subjetivo. Si el paciente ama al doctor, incluso el agua puede funcionar como medicina. Pero si el pacien­te odia al médico, ninguna medicina puede ayudarle. Si el paciente siente indiferencia por parte del médico, lo cual sucede a menudo porque son seres humanos... Están todo el día viendo pacientes, cada día alguien fallece... Poco a poco se van endureciendo, crean barreras para sus emociones, para sus sentimientos, para su huma­nidad. Y ello impide que su medicina sea eficaz; se vuelve mecáni­ca, como si una máquina te recetase medicamentos.

Cuando hay amor, el paciente no solamente consigue medica­mentos: a través de ellos recibe algo invisible. La medicina tendrá que entender la subjetividad del hombre, su amor, y tendrá que crear alguna clase de síntesis en la cual el amor y la medicina se utilicen conjuntamente para ayudar a la gente.

Una cosa es cierta: la medicina nunca podrá ser enteramente objetiva. Ese ha sido el esfuerzo de la ciencia médica hasta ahora: hacer de ella algo absolutamente objetivo.

Está surgiendo un nuevo tipo de terapia denominada placebote­rapia. Un placebo es algo falso, una pseudomedicina que no contiene cualidades medicinales pero que tiene que suministrarse de tal forma que el paciente crea que es una medicina. Y no sola­mente tiene que creerse el paciente que es una medicina sino que incluso el médico tiene que creerlo, de lo contrario su actitud puede revelar la verdad. Al médico se le mantiene ignorante; simplemen­te se le da agua para inyectar o pastillas azucaradas con todas las características y el nombre y la etiqueta de una verdadera medici­na. El médico ignora la realidad; está convencido de que es una medicina. El paciente está convencido de que es una medicina. Y el milagro es que funciona, aunque no contiene ninguna medicina. El paciente se cura. El hecho de que el médico esté convencido de que es una medicina crea la atmósfera adecuada, una psicología, una hipnosis; y a eso hay que añadir toda la parafernalia del hospi­tal... El paciente quiere librarse de su enfermedad, y cuando un médico famoso da un medicamento es inevitable que funcione; que sea o no una verdadera medicina no tiene demasiada importancia.

Se ha descubierto que la medicina y el placebo dan resultados muy parecidos. Si el setenta por ciento de los pacientes se curan por medio de medicina real, el setenta por ciento se curan con medici­na irreal, con medicina placebo. Esto está provocando mucho revuelo en la profesión médica. ¿Qué está ocurriendo?

Lo que está ocurriendo es que, en primer lugar, la enfermedad es una creación mental, es un fenómeno mental. En segundo lugar, si la mente está convencida de que se va a curar, se curará. Por eso, si los honorarios del médico son modestos la medicina te producirá poco efecto. Cuanto mayor sean los honorarios, más eficaz será la medicina. Si el terapeuta cobra una suma muy alta y te estás gas­tando una fortuna, te producirá efectos mayores porque quieres que te afecte. Cuando es gratis, ¡qué más da si funciona o si no funcio­na! Si funciona, bien; si no funciona, no importa, al fin y al cabo no te ha costado nada. Cuando pagas por ella estás predispuesto a que funcione, ¡y funciona!

Buda dice que la mente es como un prestidigitador, como un ilusionista: crea enfermedades y puede crear curaciones. La mente crea toda clase de ilusiones: lo bello y lo feo, el éxito y el fracaso, la riqueza y la pobreza... la mente está creando continuamente. Y una vez se apodera de ti una idea, toda tu energía vital funciona de tal forma que hace que se vuelva realidad. Cada pensamiento se vuelve una cosa, y cada cosa al principio era sólo un pensamiento y nada más. Vives en una especie de enfermedad. Buda dice que tienes que despertar de este estado hipnótico. El hombre tiene que ser des­hipnotizado. El hombre tiene que ser consciente de que todo es mente: tanto el dolor como el placer, tanto el nacimiento como la muerte. Todo es mente. Y una vez que eres totalmente consciente de ello el ilusionista desaparece... y lo que permanece es la verdad. Y esa verdad te libera.

En todas las «patías» médicas desarrolladas alrededor del mundo –homeopatía, ayurveda o acupuntura- con excepción de la alopatía, nadie ha entendido con precisión la función interna del cuerpo y la mente. Y digo excepto la alopatía porque las otras, aun­que a veces ayudan, no son científicas. Y no es que las otras ayu­den poco; si observas los resultados se puede ver que son tremen­damente útiles.

En casi el setenta por ciento de los casos el ayurveda será efi­caz, la acupuntura será eficaz, la homeopatía y la naturopatía serán eficaces. Pero recuerda: sólo en el setenta por ciento; y es que el setenta por ciento de las enfermedades son falsas. Son mentales, no existen realmente. Por eso no necesitas una medicina real; cual­quier caramelo servirá. Y el setenta por ciento no es un porcentaje pequeño, así que no me gustaría que esas «patías» desaparecieran del mundo. Deseo que se las reconozca, porque un setenta por ciento es un porcentaje muy alto.

Y curiosamente, los casos que entran dentro de ese setenta por ciento son los más difíciles de resolver a través de la alopatía. Ante ellos la alopatía se encuentra en una situación difícil: ¿cómo tratar a una persona que no tiene una enfermedad pero que cree que la tiene? La alopatía no tiene ningún recurso para ayudar a esa perso­na. Por eso la alopatía sólo es eficaz en el treinta por ciento de los casos.

Extraño mundo el que vivimos: el treinta por ciento de los enfer­mos puede ser ayudado con un método científico y el setenta por ciento con toda clase de caramelos, con planteamientos supersticiosos que no producen ningún cambio realmente pero que ayudan. El enfoque científico de la alopatía se basa en una comprensión pro­funda de la naturaleza, en que el cuerpo tiene sus propias defensas.

Debido a este hecho, la naturopatía condena a la alopatía. La alopatía inyecta virus en los pacientes porque el razonamiento alopático dice que tan pronto como entran virus en el cuerpo, éste inmediatamente crea anticuerpos. Inmediatamente los empieza a combatir, tiene su propia resistencia. Todo el cuerpo permanece en alerta roja hasta haber destruido la enfermedad. La naturopatía la condena porque cree que de esta forma estás envenenado a la gente con enfermedades. Se supone que deberías sacar sus enfermedades y haces justamente lo contrario: les introduces virus.

La naturopatía limpia el cuerpo a través del ayuno y por medio de métodos increíblemente extraños. Pero solamente puede ayudar a quienes no padecen ninguna enfermedad real.
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