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fecha de publicación06.06.2016
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Risa y Salud




Pregunta Primera
¿Puedes hablamos de la risa, de sus poderes meditativos, de su química cerebral, de su poder transformador y sanador?
La risa tiene poderes meditativos y poderes medicinales.

Ciertamente, cambia tu química, cambia tus ondas cerebrales, cambia tu inteligencia; te vuelves más inteligente. Las partes de tu mente que habían estado durmiendo, de repente se despiertan. La risa llega hasta lo más profundo de tu cerebro, de tu corazón. Un hombre de risa no puede sufrir un ataque al corazón. No es posible que un hombre de risa se suicide. Un hombre de risa llega automá­ticamente a conocer el mundo del silencio, porque cuando la risa cesa, súbitamente hay silencio. Y cada vez que la risa se hace más profunda es seguida de un silencio más profundo.

Ciertamente te aclara -de las tradiciones, de la basura del pasado-. Te da una nueva visión de la vida. Te vuelve más vivo y radiante, más creativo.

Ahora, hasta la ciencia médica dice que la risa es una de las medicinas más penetrantes con que la naturaleza ha provisto al hombre. Si puedes reír cuando estás enfermo recuperarás antes la salud. Aun cuando estés sano, si no puedes reír, antes o después perderás tu salud y te pondrás enfermo. La risa saca una porción de tus energías desde tu fuente interior hasta la superficie. La energía comienza a fluir, sigue a la risa como una sombra. ¿Lo has observado?: cuando te ríes de verdad, durante esos pocos momentos estás en un profundo estado meditativo. El pensamiento se detiene. Es imposible reír y pensar a la vez. Son cosas diametralmente opuestas: o puedes reír o puedes pensar. Si te ríes de verdad, el pensamiento se detiene. Si todavía estás pensando, es que la risa es sólo así-asá, es sólo así-asá, viene como rezagada. Será una risa coja.

Cuando te ríes de verdad, de repente la mente desaparece. Y toda la metodología zen consiste en alcanzar la no-mente; la risa es una de las puertas más hermosas para lograrlo.

Por lo que sé, la danza y la risa son las puertas mejores, más naturales y más fácilmente aprovechables. Si danzas de verdad el pensamiento se detiene. Sigues y sigues, giras y giras y te convier­tes en un giro; todas las fronteras, todas las divisiones desaparecen. Ni siquiera sabes dónde acaba tu cuerpo y dónde comienza la exis­tencia. Te fundes con la existencia y la existencia se funde contigo; hay un solapamiento de fronteras. Y si estás danzando de verdad -no dirigiendo la danza sino permitiendo que ella te dirija a ti, per­mitiéndola que te posea-, si estás poseído por la danza, el pensa­miento se detiene. Lo mismo sucede con la risa. Si estás poseído por la risa, el pensamiento se detiene. Y si llegas a conocer unos instantes de no-mente, esos vislumbres son la promesa de muchas más recompensas que habrán de llegar. Sólo tienes que llegar a ser más y más esa clase, esa cualidad de no-mente. Más y más el pen­samiento ha de soltarse. La risa puede ser una hermosa introduc­ción al estado de no-mente...

En unos pocos monasterios zen todo monje ha de iniciar la mañana riendo y ha de concluir la noche riendo: ¡lo primero y lo último! Inténtalo. Es muy hermoso. Parecerá algo un poco loco, porque hay tanta gente seria alrededor. No comprenderán. Si eres feliz siempre preguntarán por qué. ¡Esa pregunta es una estupidez! Si estás triste nunca preguntan por qué, lo dan por supuesto. Si estás triste, está bien: todo el mundo está triste. ¿Qué tiene eso de nuevo? Aunque quieras contárselo, no están interesados porque ya saben todo acerca de ello; ellos mismos están tristes, así que, ¿qué senti­do tiene escuchar una larga historia?: ¡abrevia! Pero si estás riendo sin ninguna razón, se pondrán alerta: algo anda mal. Este hombre parece un poco loco, porque sólo los locos disfrutan de la risa; sólo en los manicomios hay gente loca que se ríe. Esto es lamentable, pero es así.

Será difícil; si eres un marido o una esposa te será difícil ponerte a reír de repente por la mañana temprano. Pero inténtalo, es muy provechoso. Es uno de los más hermosos talantes con que puede uno despertarse, con que puede uno levantarse de la cama. Sin nin­guna razón!, porque no hay razón ninguna. Simplemente estás ahí otra vez, todavía vivo; es un milagro. Parece ridículo: ¿por qué estás vivo? Y el mundo está nuevamente ahí. Tu esposa todavía está roncando, y es la misma habitación y la misma casa. En este mundo continuamente cambiante -que los hindúes llaman maya- al menos por una noche nada ha cambiado. Todo está ahí: puedes oír al lechero, y el tráfico ya circula, y los mismos ruidos... ¡Vale la pena reírse!

Un día ya no te levantarás por la mañana. Un día el lechero lla­mará a tu puerta, tu esposa estará roncando, pero tú no estarás ahí. Un día la muerte vendrá. Antes de que te tumbe, ríete a gusto; mientras haya tiempo, ríete a gusto. Y contempla toda la ridiculez: nuevamente comienza el día; has hecho las mismas cosas una y otra vez durante toda tu vida. Nuevamente te pondrás tus zapatillas, correrás al cuarto de baño... ¿para qué? Te cepillas los dientes, te das una ducha... ¿para qué? ¿A dónde vas? ¡Te dispones a ir a nin­guna parte! Te vistes, te vas corriendo a la oficina... ¿para qué? ¿Para hacer exactamente lo mismo mañana?

Contempla la ridiculez de toda la situación... y ríete a gusto. No abras los ojos. Tan pronto sientas que el sueño se ha ido, primero comienza a reír, después abre los ojos; y eso establecerá una ten­dencia para todo el día. Si puedes reírte por la mañana temprano te reirás durante todo el día. Has creado un efecto concatenado: una cosa conduce a la otra, la risa provoca más risa. Y casi siempre he visto a la gente hacer justamente lo contrario. Desde bien temprano por la mañana se levantan de la cama quejándose, pesimistas, tris­tes, deprimidos, miserables. Entonces una cosa conduce a la otra -y por nada-, y se enfadan. Es algo muy malo porque cambia tu talante durante el resto del día, establece una pauta para todo el día.

La gente zen es más cuerda. En su locura es más cuerda que tú. Comienzan riéndose... y entonces todo el día se siente la risa bur­bujeando, manando. ¡Hay tantas cosas ridículas sucediendo a tu alrededor! Dios debe de estar muriéndose de risa, a lo largo de los siglos, por toda la eternidad, viendo esta ridiculez del mundo. La gente que él ha creado y todos los absurdos... es realmente una comedia. Debe de estar riéndose. Si te quedas en silencio después de reírte, un día oirás a Dios también riendo; escucharás a toda la existencia -a los árboles y a las piedras y a las estrellas- riéndo­se contigo.

El monje zen se va a dormir por la noche nuevamente con risas. El día ha concluido, nuevamente se cierra el teatro. Con su risa dice: «Adiós; y si nuevamente sobrevivo, nuevamente te saludaré con risas mañana por la mañana».

¡Inténtalo! Comienza y concluye tu jornada con risas y ya verás: poco a poco, entremedias de estas dos risas comenzará a haber más y más risa. Y cuanto más te conviertas en risa, más religioso serás.

Millones de personas han olvidado cómo reír. En la Unión Soviética los psicólogos están preparando manuales para enseñar a reír a la gente en las escuelas, colegios, hospitales, por­que han descubierto lo que os he estado diciendo continuamente: que el amor y la risa van juntos, y que la risa es una de las más gran­des medicinas. Al mismo tiempo es también una gran meditación. Únicamente en la Unión Soviética están trabajando muy profunda­mente para descubrir qué es lo que sucede cuando la gente se ríe. Su circulación sanguínea cambia, sus células cerebrales se vuelven más activas, sus latidos son más rítmicos. Los científicos han des­cubierto que algo como la risa es de tremenda importancia; pero están siendo inmensamente estúpidos al respecto. Piensan que hay que adiestrarse, que hay que entrenar a todos los escolares para que se rían.

Y si todo el mundo en la Unión Soviética recibe adiestramien­to para reírse, ya no habrá risa en absoluto. Ahora están diciendo que en todos los hospitales tiene que haber una sala especial, una sala de humor, donde todos los pacientes deben contarse chistes y reírse. Está muy calculado: lo que no pueden hacer las medicinas puede hacerlo la risa. Pero para mí, si la risa proviene de un adies­tramiento puede hacer algo, pero no puede producir una transfor­mación total en la que, en un simple instante, todo tu ser sea con­movido, expandido, rejuvenecido, y no haya efectos colaterales.

Precisamente hoy he sabido que un tercio de las enfermedades del mundo las crean los doctores. No conscientemente sino debido a sus medicinas, que producen efectos secundarios. Por el momen­to pueden ser útiles, pero pueden originar algo en tu química, en tus hormonas, en tu biología. Y puede que tú nunca llegues a estable­cer la conexión. Te has tomado una aspirina sólo porque tienes un dolor de cabeza -o para ser absolutamente exactos: ¡por tu espo­sa!-, pero la aspirina tendrá sus efectos, y tú eres un fenómeno complejo.

Es una pobre humanidad esta que necesita adiestramiento para reírse. Será espantoso el día en que los pájaros digan: «Primero adiéstranos, luego cantaremos nuestras canciones». Y los pavos reales dirán: «No nos importan las nubes. Primero adiéstranos; entonces extenderemos nuestro plumaje». Pero los pavos reales danzan cuando las primeras nubes de tormenta comienzan a llegar; no necesitan de ningún adiestramiento para ello, de ningún adies­tramiento escolar. No hay ningún adiestramiento para los pájaros, no hay ningún adiestramiento para las flores... ¿Por qué hay que adiestrar al hombre para todo? ¿Por qué no se le permite ser espontáneo?

Hay temor a la espontaneidad porque el comportamiento espontáneo es impredecible. Puedes reírte de alguien y él puede mirarte simplemente como si fueras idiota. No hay necesidad de que se ría en respuesta; está siendo espontáneo, siente que está mirando a un idiota. No hay nada de malo en ello; es su problema. Tú estás riendo: ese es tu problema. ¿Por qué mezclarlos? La gente ha sido adiestrada para evitar tales situaciones, la gente ha sido adiestrada para todo: cómo caminar, cómo hablar, qué decir, cuán­do decirlo. Naturalmente, poco a poco se vuelven muy falsos: son sólo actores de teatro que van repitiendo diálogos.

Estaba visitando un colegio de teología que es el mayor de Asia y en el que se adiestra a los misioneros que recorrerán todo el orien­te pobre para convertir a la gente al cristianismo. El rector, que era amigo mío, me llevó a recorrer el campus. En una clase, no pude creer lo que veían mis ojos. Lo que vi que se hacía era de un absur­do tal que me quedé casi atónito. El profesor estaba enseñando a los aproximadamente sesenta estudiantes que estaban preparados o casi preparados para cumplir con su tarea misionera. Mientras repetían una determinada afirmación sobre Jesús, les estaba dicien­do qué tipo de gesto, qué tipo de expresión facial utilizar... cuándo debían dar un fuerte golpe en la mesa y cuándo debían susurrar levemente que Dios es amor. «Y cuando describáis el paraíso, no lo describáis meramente en prosa. Que vuestro rostro sea radiante; que cada una de vuestras palabras sea pura miel, sólo poesía.

Y en ese momento un estudiante preguntó: «¿Y cuando describamos el infierno, ¿qué se supone que debemos hacer?».

El profesor dijo: «En lo que concierne al infierno... estará perfectamente bien si os comportáis tal como sois». ­

¡No hay adiestramiento para el infierno porque ya tenéis el aspecto de estar en el infierno!

Yo le pregunté al rector: «¿Te das cuenta de este disparate?

Estas personas no tienen ningún sentimiento y vosotros les estáis imponiendo que cuando digan algo es necesario que tengan una determinada expresión en la cara, en los ojos, en las manos».

Nunca me han dado ningún adiestramiento, pero mis manos saben lo que hacer cuando es necesario. Las palabras saben cuándo detenerse y cuándo dejar que haya silencio. Los ojos brillan por sí mismos cuando uno está describiendo su propia experiencia. Entonces no hay esfuerzo...

Todo lo que se necesita es decirle a las personas: ¡Sed espontá­neos! Cuando llegue la risa, no la detengas. En este mundo todo se ha convertido en una impostura porque tú crees en la impostura. Sé simple. Sé sencillamente tú mismo. No hay necesidad de actuar. Cualquier acción que venga espontáneamente, déjala que ocurra, disfruta de su espontaneidad. Entonces verás algo bello, centrado, simple: algo auténtico; no una impostura, no algo «pseudo». Todo esto es muy simple.
Una vez un granjero tenía en su granja un gallo que era una de las criaturas más perezosas que ha vivido nunca. En lugar de can­tar cuando el sol se levantaba por las mañanas, que era lo que se suponía que debía hacer, meramente aguardaba hasta que algún otro gallo cantaba... y entonces él asentía con la cabeza.
Pero si es espontáneo entonces tiene su propia belleza. ¿Por qué preocuparse? Algún otro lo hará. Yo estoy absolutamente de acuerdo con ese gallo; yo nunca he hecho nada en toda mi vida. Si sucede que algún otro lo hace...
Para celebrar sus bodas de oro, Saul y Sylvia Shulman deciden repetir lo mismo que hicieron en su luna de miel. Van al mismo hotel y se alojan en la misma habitación. Sylvia se pone el mismo perfume y el mismo camisón. Exactamente igual a como hizo la primera noche de la luna de miel, Saul se va al cuarto de baño y Sylvia le oye reírse... exactamente como ocurrió cincuenta años atrás. Así que cuando regresa, Sylvia dice:

-Cariño, es realmente hermoso: todo es igual. Puedo recor­darlo como si hubiera sido ayer. Hace cincuenta años te fuiste al cuarto de baño y te reíste de la misma manera. En ese entonces no me atreví a preguntarte, pero ahora, dime: ¿por qué te reíste?

-Bueno, es por lo siguiente, cariño -dice Saul-. Esa noche, hace cincuenta años, cuando fui a hacer pis mojé el techo. ¡Y esta noche me he mojado los pies!
Sencillamente, sed inocentemente simples. Este hombre debe de haber sido un hombre espontáneo. Dijo la verdad: no hay nada que ocultar al respecto. Pero la mayoría de vosotros no habéis osado decir la verdad. La verdad es muy simple; no necesita de adiestramiento, de ninguna preparación, no hace falta hacer debe­res escolares. Sois quienes sois. Aceptadlo y, simplemente, expo­nedlo al mundo.
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