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Pregunta Tercera



Has hablado acerca de la necesidad de que la medicina-Occi­dental contemple al hombre como un organismo completo, y que lo que el hombre precisa no es que se le trate solamente la parte que está enferma. Puedes, por favor, hablar más acerca de esto.
Pongamos por caso que tienes dolor de cabeza; te darán una aspi­rina. La aspirina no cura, simplemente hace que no percibas el síntoma. La aspirina no elimina el dolor de cabeza, lo que hace es no permitirte que lo sientas. Te confunde. El dolor de cabeza per­siste pero tú ya no lo percibes. Crea una especie de inconsciencia.

Pero, primero de todo: ¿por qué tenías dolor de cabeza? La medicina común no se preocupa de ello. Si vas a un médico no se tomará la molestia de averiguar por qué tienes dolor de cabeza. ¡Tienes dolor de cabeza! Para él es un problema simple: «El sínto­ma está ahí, toma esta medicina -alguna droga, alguna sustancia química- y ese síntoma desaparecerá». Es posible que desaparez­ca el dolor de cabeza pero que mañana tengas el estómago revuel­to; otro síntoma se ha manifestado.

El hombre es una unicidad; el hombre es una totalidad, una uni­dad orgánica. Puedes desplazar el problema de un lugar, pero se manifestará en otro lugar. Tal vez pase algún tiempo antes de que llegue al otro lugar, pero llegará. Y si se le vuelve a desplazar, se manifestará en otro lugar. Se le va empujando de un lugar a otro... y el hombre tiene tantos lugares. El problema se va desplazando de un rincón a otro.

El resultado de esto es que en lugar de sanarte enfermarás cada vez más. Y a veces ocurre que algo pequeño se convierte en una grave enfermedad. Por ejemplo, si inhibes el dolor de cabeza, si inhibes el dolor de estómago, si inhibes el dolor de espalda, si inhi­bes todos los dolores, si cada vez que te duele algo lo neutralizas inmediatamente; si durante años has estado reprimiendo la enfer­medad -porque eso es reprimir-, un día la enfermedad se refuerza,­ se reafirma de una forma más organizada, y puede convertirse en un cáncer. Todo eso se ha ido acumulando y entonces se reafir­ma casi como una explosión.

¿Por qué todavía no hemos sido capaces de encontrar un medi­camento para el cáncer? Quizá el cáncer sea una expresión de las enfermedades reprimidas del hombre. Sabemos cómo reprimir por separado cada enfermedad, pero el cáncer no es una simple enfermedad, es un ataque colectivo. Es un ataque total: todos los males se unen, juntan sus fuerzas. Se han constituido en un ejército que ahora te ataca. Por eso fracasan los medicamentos; parece que de momento no hay posibilidad de encontrar un medicamento.

El cáncer es una enfermedad nueva; no existe en las sociedades primitivas. ¿Por qué no existe en las sociedades primitivas? Porque el hombre primitivo no reprime, no hay necesidad. El cáncer es una rebelión de todo tu sistema. Si no lo reprimes no tiene necesidad de rebelarse. Los pequeños males llegan y se van.

La actitud religiosa consiste en buscar el origen, no el síntoma. Esto es lo que yo llamo la «Psicología de los Budas». Si tienes un dolor de cabeza, no es que tengas una dolencia, no es que tengas una enfermedad. De hecho, es una señal de tu cuerpo mediante la cual indica que algo marcha mal en el origen; ¡corre al origen! Busca qué es lo que anda mal. La cabeza te está dando simplemente una pista, una alarma: «Escucha al cuerpo. Algo marcha mal, estás haciendo algo que no es correcto, que está destruyendo la armonía del cuerpo. No lo vuelvas a hacer, de lo contrario el dolor de cabeza te lo recordará».

El dolor de cabeza no es una enfermedad, el dolor de cabeza no es tu enemigo; es tu amigo. Está a tu servicio. Es absolutamente esencial para tu existencia que el cuerpo pueda avisarte cuando algo va mal. Pero en lugar de cambiar lo incorrecto, simplemente apagas la alarma: te tomas una aspirina. Esto es absurdo. Esto es lo que está ocurriendo en la medicina y en las psicoterapias: que se hace un tratamiento sintomático.

Por eso se pierde lo esencial. Lo esencial es buscar el origen. La próxima vez que tengas dolor de cabeza prueba una pequeña técnica de meditación de forma experimental; más adelante podrás experimentar con trastornos mayores y síntomas mayores.

Cuando tengas dolor cabeza prueba un pequeño experimento. Siéntate-silenciosamente y obsérvalo, pero no como si estuvieras observando a un enemigo. Si lo miras como si mirases a un enemi­go no serás capaz de verlo correctamente. Lo evitarás; nadie mira directamente al enemigo, uno lo evita, uno tiende a evitarlo. Míralo como a un amigo. Es tu amigo, está a tu servicio. Te está avisando de que algo va mal; mira en esa dirección. Simplemente siéntate silenciosamente y contempla el dolor de cabeza sin ninguna inten­ción de detenerlo, sin ningún deseo de que desaparezca, sin con­flicto, sin antagonismo. Solamente míralo, contempla lo que es.

Observa; de esta forma si hay algún mensaje interior el dolor de cabeza podrá transmitírtelo. Tiene un mensaje codificado. Si lo observas silenciosamente te sorprenderás. Si miras silenciosamen­te, sucederán tres cosas. Primero: cuanto más lo mires, más se intensificará. Entonces te confundirás: «¿De qué me sirve si se vuelve más intenso?». Se vuelve más severo porque lo has estado evitando. Estaba ahí, pero lo estabas evitando, lo estabas repri­miendo; incluso sin la aspirina lo estabas reprimiendo. Cuando lo miras, desaparece la represión. El dolor de cabeza se manifestará con su severidad natural. Entonces lo estarás oyendo sin taparte los oídos; será muy intenso.

Si se está volviendo severo, puedes estar satisfecho de que estás mirando correctamente. Si no se agudiza, todavía no lo estás mirando; todavía lo estás evitando. Míralo; se intensificará. Esa es la primera indicación de que sí, de que está en tu visión.

La segunda cosa es que se concretará más en un punto; no se propagará en una región amplia. Lo que pensabas al principio era: «Me duele toda la cabeza». Ahora ves que no es toda la cabeza, que sólo se trata de un pequeño punto. Esto también es una indicación de que lo estás contemplando más profundamente. La sensación de dolor en una región amplia es un truco, es una forma de evitarlo. Si se concreta en un punto resulta más agudo, así que creas la ilusión de que es toda la cabeza lo que te duele, de que se propaga por toda la cabeza, y entonces el dolor no es tan intenso en ningún punto. Estos trucos los utilizamos continuamente.

Contémplalo, y el segundo efecto será que se concentrará más y más y más. Llega un momento en que solamente es una punta de una aguja; muy afilada, inmensamente afilada, muy dolorosa: nunca has sentido tanto dolor en la cabeza; pero confinado a un punto muy pequeño. Sigue observándolo.

Entonces sucede la tercera cosa, que es la más importante. Si continuas contemplando ese punto cuando el dolor es muy severo y está confinado y concentrado en ese punto, a menudo encontrarás que desaparece. Cuando la observación es perfecta, desaparece. Y cuando desaparezca, tendrás un vislumbre de su origen, de cuál es la causa. Te ocurrirá muchas veces. El dolor regresará de nuevo: tu observación ha dejado de ser tan alerta, tan concentrada, tan aten­ta. Cuando tu observación esté realmente ahí, desaparecerá; y cuan­do desaparezca, te sorprenderás: tu mente está dispuesta a revelar­te cuál es la causa, esa causa que se ocultaba tras el dolor.

Pueden tratarse de mil y una causas. Hay diferentes causas, aun­que suena siempre la misma alarma, ya que el sistema de alarma es muy simple. En tu cuerpo no hay muchos sistemas de alarma. Puede sonar la misma alarma por diferentes causas. Tal vez última­mente has estado enfadado y no lo has expresado. De pronto, como una revelación, se te evidenciará; verás toda la ira que has ido acu­mulando... como pus dentro de ti. Ahora hay demasiada ira y quie­re liberarse. Necesita una catarsis. ¡Ten una catarsis!: verás que inmediatamente desaparece el dolor de cabeza. No había necesidad de una aspirina, no había necesidad de ningún tratamiento.
1 MEDITACIÓN DINÁMICA DE OSHO

La meditación dinámica es una meditación catártica que tiene una duración de una hora y consta de cinco fases. Se puede hacer en solitario pero la energía es más poderosa si se hace en grupo. Es una experiencia individual, de modo que debes permanecer ajeno a los demás y mantener los ojos cerrados utilizando preferentemente una venda ocular. Conviene tener el estómago vacío y utilizar ropa suelta y confortable.

Primera fase: 10 minutos

Respira rápidamente a través de a nariz, deja que la respiración sea intensa y caótica. La respiración debe penetrar profundamente en los pulmones. Respira tan rápido como te sea posible pero asegurándote de que la respiración sea profunda. Hazlo tan totalmente como puedas sin tensar tu cuerpo; asegúrate que tu cuello y tus hombros están relajados. Continúa hasta que te vuelvas literalmente la respiración, permitiendo que la respiración sea caótica (no constante y predecible). Una vez tu energía esté en movimiento, empe­zará a mover tu cuerpo. Permite esos movimientos, aprovéchalos para incrementar todavía más la energía. El movimiento natural de tus brazos y de tu cuerpo te ayudará a elevar la energía. Siente incrementar tu energía; no te abandones durante la primera fase y nunca reduzcas el ritmo.

Segunda fase: 10 minutos

Sigue a tu cuerpo. Dale libertad para que exprese lo que quiera... ¡EXPLOTA!... Deja que tu cuerpo te posea. Suelta todo lo que necesites sacar. Enloquece totalmente. Canta, grita, ríe, llora, salta, estremécete, baila, patalea, déjate caer... No te guardes nada, mantén todo tu cuerpo en movimiento. Suele servir de ayuda actuar un poco para iniciar el proceso. No dejes que la mente interfiera con lo que está ocurriendo. Recuerda: sé total con tu cuerpo.
Y cuando la ira haya desaparecido aflorará en ti un bienestar de una cualidad totalmente diferente, un bienestar que no puede pro­porcionarte la aspirina. La aspirina reprime el dolor, pero la ira per­manece dentro de ti, la violencia va haciendo estragos dentro de ti. Solamente apagas la alarma, eso es todo. Nada cambia, excepto que deja de sonar la alarma.

Y si esto sigue así, lo reprimido va aumentando y acumulándo­se día tras día, y te puede provocar úlceras, te puede provocar tuber­culosis, y un día puede provocarte cáncer. Cuando se produce una gran acumulación ocurren cambios cualitativos. El cuerpo tiene un cierto límite de tolerancia; más allá de ese límite empieza a sentir­se enfermo. Ocurre lo mismo con la mente. Y nunca consideres que el cuerpo Y la mente son dos fenómenos separados; no lo son. El hombre es cuerpo-mente, es psicosomático.
Esta es una meditación en la cual tienes que estar continuamen­te alerta, consciente de lo que quiera que hagas. Si sientes
Tercera fase: 10 minutos

Con el cuello y los hombros relajados, levanta los brazos tanto como puedas sin bloquear los codos. Con los brazos en alto, salta exclamando el mantra ¡JU!.. ¡JU!.. ¡JU! tan pro­fundo como te sea posible, de manera que provenga de la parte baja de tu vientre. En cada salto cae sobre las plantas de tus pies (asegúrate que los talones tocan el suelo), per­mite que el sonido «¡JU!» resuene profundamente en tu centro sexual. Entrégate com­pletamente, agótate totalmente.

Cuarta fase: 15 minutos

¡DETENTE! Congélate dónde estás; en la posición en la que te encuentres. No modifi­ques la posición. Cualquier movimiento, incuso toser, disipará el flujo de energía y todo el esfuerzo se echará a perder. Sé un observador de todo lo que está sucediendo en ti.
Quinta fase: 15 minutos

¡Celebra!... expresa lo que sientas con música y baile. Deja que te acompañe esta vitali­dad durante todo el día.

Permanece siendo un testigo. No te abstraigas. Es fácil abstraerse. Mientras estás respi­rando puedes olvidarte de todo; te puedes volver uno con la respiración y olvidarte del testigo. Pero entonces perderás el punto. Respira tan rápida y profundamente como te sea posible; pon toda tu energía en ello, pero permanece siendo un testigo. Observa lo que está ocurriendo como si fueras sólo un espectador, como si todo ello le estuviera ocu­rriendo a otro, como si todo ello le estuviera ocurriendo al cuerpo; la consciencia está centrada, observando. Este testigo tiene que mantenerse durante las tres fases. Y cuando en la cuarta fase todo se detiene y te quedas completamente inactivo, congelado, enton­ces este estado de alerta alcanzará su cúspide. (Existe un fondo sonoro específico, la Meditación Dinámica, para ayudar a realizar esta meditación).
dolor, estate atento, no hagas nada. La atención es una espada: lo corta todo. Simplemente, presta atención al dolor.

Pongamos por caso que estás sentado silenciosamente en la parte final de la meditación, estático, y sientes problemas en el cuerpo: sientes que la pierna se te duerme, algo te pica en la mano, sientes hormigueo en el cuerpo... Lo has mirado muchas veces y no hay hormigas. El hormigueo proviene de adentro, no de afuera. ¿Sientes que se te duerme la pierna?: sé un observador, préstale total atención. ¿Sientes que te pica algo?: no te rasques. Rascarte no te ayudará. Simplemente préstale atención. Ni siquiera abras los ojos. Dale tu atención interiormente, espera y observa. En cuestión de segundos desaparecerá el picor. Hazlo así suceda lo que suceda: incluso si sientes dolor, un fuerte dolor en el estómago o en la cabe­za. Estas cosas ocurren debido a que al meditar todo el cuerpo cam­bia. Cambia su química. Empiezan a suceder cosas nuevas y el cuerpo está en un caos. Algunas veces afectará al estómago, porque has reprimido muchas emociones en el estómago y están desper­tando. Otras veces sentirás nauseas, ganas de vomitar. Tal vez sien­tas un fuerte dolor en la cabeza debido a que la meditación está cambiando la estructura interior de tu cerebro. A través de la medi­tación estás pasando por un caos. Pronto todo se estabilizará, pero durante un rato todo estará agitado.

Por tanto, ¿qué es lo que debes hacer? Simplemente observa el dolor de la cabeza. Sé el observador. Olvídate de que eres un hacedor y poco a poco todo se calmará, y se calmará de un modo tan hermo­so, tan radiante, que no podrás creerlo a menos que lo experimentes. No sólo desaparecerá el dolor de la cabeza -puesto que la energía que provocaba el dolor, al observarla, desaparecerá-, sino que esa misma energía se convertirá en placer. La energía es la misma.

Dolor y placer son dos dimensiones de la misma energía. Si puedes permanecer sentado silenciosamente prestando atención a las distracciones, todas las distracciones desaparecerán. Y cuando todas las distracciones desaparezcan, de repente te darás cuenta de que todo el cuerpo ha desaparecido. (2)
(2) Osho ha advertido en contra de convertir esta manera de observar el dolor en un fanatismo. Si los síntomas físicos -molestias, dolores o nauseas- persisten después de tres o cuatro días de meditación diaria, no hay necesidad de ser un masoquista: acude a una consulta médica. Esto mismo es aplicable a todas las técnicas de meditación de Osho.
Pregunta Cuarta

A tu juicio, ¿qué significa estar verdaderamente sano?
La verdadera salud tiene que ocurrir en alguna parte dentro de ti, en tu subjetividad, en tu consciencia, porque la consciencia no conoce ni el nacimiento ni la muerte: es eterna. Y tener una cons­ciencia sana significa: primero, estar despierto; segundo, ser armó­nico; tercero, estar en éxtasis; y cuarto, ser compasivo. Si estas cua­tro cosas se cumplen, uno está interiormente sano. Y la sannyas puede lograr estas cuatro cosas. Te puede hacer más consciente; porque todas las técnicas de meditación son métodos para hacerte más consciente, son instrumentos para sacarte de tu sueño metafí­sico. Y la música, la danza, el regocijo, pueden hacerte más armó­nico. Hay un momento en el que el danzarín desaparece y sólo la danza permanece. En ese raro espacio, uno siente armonía... Cuando el cantante es completamente olvidado y sólo permanece la canción, cuando no hay un centro funcionando como «yo» -el «yo» está absolutamente ausente- y tú estás fluyendo, esa cons­ciencia que fluye es armonía.

Y el hecho de estar despierto y armónico crea la posibilidad del éxtasis. Éxtasis significa la dicha definitiva, inefable; ninguna pala­bra es adecuada para hablar de ello. Y cuando alguien ha alcanza­do el éxtasis, cuando alguien ha conocido la cumbre de la dicha definitiva, la consecuencia de ello es la compasión. Cuando tienes esa dicha te gusta compartirla; no puedes evitar compartirla, com­partirla es inevitable. Es una consecuencia lógica del hecho de tener. Empiezas a rebosar, a desbordarte; no necesitas hacer nada. Sucede por sí mismo.

Estos son los cuatro pilares de la salud interior. Alcánzala. Es nuestro derecho de nacimiento, no tenemos más que reclamado.

¿Qué es la salud? Esto es lo que tenemos que entender. Si le preguntamos a un médico cuál es la definición de salud, generalmente nos dirá que la salud es la ausencia de enfermedad. Pero esta definición es negativa. Es lamentable que tengamos que definir la salud en función de la enfermedad. La enfermedad es negativa. La salud es algo positivo, un estado positivo. La salud es nuestra naturaleza; la enfermedad es una incursión contra la naturaleza. Por eso es tan muy extraño que tengamos que definir la salud en función de la enfermedad.

El hecho de que tengamos que definir al anfitrión en función del huésped, esto es lo que es muy extraño. La salud coexiste con noso­tros; la enfermedad acontece ocasionalmente. La salud nos acompaña desde el nacimiento; la enfermedad es un fenómeno superfi­cial. Pero si le preguntamos a un médico cuál es el significado de la salud solamente puede decir que la salud está presente cuando la enfermedad está ausente. Paracelso solía decir que esta interpreta­ción es equivocada, que el concepto de salud requiere una defini­ción positiva. ¿Pero cómo podemos llegar a una definición positi­va, a una interpretación creativa del concepto de salud?

Paracelso solía decir: «Hasta que no conozcamos el estado de tu armonía interior sólo podremos, como mucho, aliviarte de la enfermedad; porque tu armonía interior es la fuente de tu salud. Pero cuando te aliviamos de una enfermedad inmediatamente pade­ces otra, porque nada se ha hecho respecto a tu armonía interior. En realidad, es tu armonía interior la que debe ser alentada».

Sólo hay un tipo de salud, y no necesitamos aplicarle ningún adjetivo. Si una persona te pregunta: ¿cómo estás de salud?, tu dices: estoy muy bien de salud, no tienes que decirle de que clase de salud estás bien. Si esa persona te preguntara: ¿qué clase de salud tienes? Te sorprenderías. Dirías: ¡tengo salud! Sin más. Salud es simplemente salud, una sensación de bienestar, de que nada va mal, de que todo funciona perfectamente, de satisfacción, de no concebir que haya algo mejor que esto.

¿Hay muchas clases de salud? No, sólo hay una clase, pero hay millones de enfermedades.

Con la verdad sucede lo mismo: la verdad es una. Pero hay millones de mentiras, porque las mentiras dependen de ti; puedes inventar tantas como quieras. Las enfermedades dependen de ti. Puedes malvivir continuamente, comer cosas perjudiciales, hacer cosas nocivas y crear nuevas enfermedades.

La salud es siempre la misma; siempre nueva, pero siempre ha sido la misma. Puedes considerarla como la más antigua y, a la vez, como la última, la más nueva.

Hace cinco mil años alguien estaba sano, y ahora tú estás sano; ¿crees qué hay alguna diferencia? No tenía tu color, no conocía tu lengua y han transcurrido cinco mil años. Pero si alguien estaba sano -fuera quien fuese, cualquiera que fuese su lengua o su color, tanto si era hombre o mujer, joven o viejo, si estaba sano al menos sabes una cosa: que estaba sano. Esa sensación de salud la puedes experimentar. No necesitas saber nada acerca de esa persona -si era agraciada, fea, baja, alta-, eso no tiene importancia; algo es similar: que estaba sana y que tú estás sano. La experiencia es exactamente la misma.

Pero las enfermedades... cada día nacen nuevas enfermedades. Hay millones de enfermedades, y habrá muchas más a medida que el hombre desarrolle más la inventiva.

Nunca vas al médico cuando te sientes sano; ¿o acaso vas y dices?: «Hace un par de semanas que me encuentro estupendamen­te; algo va mal...».

De hecho, sucedía una cosa en la antigua China que vale la pena recordar; tal vez pueda usarse de nuevo en el futuro. Nadie ha teni­do tanta influencia en China como Confucio. Una de sus ideas fue... y se implantó, estuvo vigente durante siglos. La idea era que el médico debía ser remunerado por mantener al paciente sano, no por curarlo. Cuando el médico es remunerado por curar, su interés es que estés enfermo. Cuanto más enfermes, mejor; cuanta más gente enferme, mejor. De este modo se crea una dicotomía en la mente del médico.

Primero enseñas al médico que su labor es mantener sana a la gente: «Tu función es alargar la vida de la gente, mantener su vita­lidad, su juventud». Pero el doctor tiene un secreto interés, y es que si todo el mundo se conserva sano, joven, vital, si nadie enferma, entonces él se morirá de hambre. Si todo el mundo está sano enton­ces serán los doctores los que se pondrán enfermos, completamen­te enfermos, enfermos hasta la muerte. ¿Qué van a hacer? No, el secreto interés del médico va en contra de la filosofía que se le ha enseñado. Su interés es que la gente permanezca enferma, cuanta más enfermedad haya mejor. De hecho, cuando un hombre pobre enferma se recupera antes que uno rico. Es muy extraño... ¿por qué se restablece antes el pobre que el rico? Porque el médico quiere deshacerse de él, está malgastando su tiempo...

La idea de Confucio es sumamente importante; dice que cada persona debería abonar un cantidad mensual a su médico por mantenerlo sano. Mientras permanezca sano tiene que remunerar al médico, pero si enferma la cuota se reducirá proporcionalmente.

Puede que al principio nos parezca extraño, porque estamos haciendo justamente lo contrarió en todo el mundo, pero es algo muy lógico, muy cuerdo. Y Confucio es, en muchos sentidos, un hombre cuerdo. Todo el mundo tendría que tener su médico y debería pagarle por conservar su salud, no por curado. Si enferma, entonces los gastos deben ir por cuenta del doctor: las medicinas y todos los gastos. Y además, se le reduce el salario porque no ha estado cuidando adecuadamente a la persona.

Esta práctica estuvo vigente durante siglos y dio muy buenos resultados, tanto para los médicos como para los pacientes. Los médicos no estaban tan agobiados y los pacientes estaban conten­tos porque los intereses del médico no iban en contra de los suyos sino que iban a favor.

El médico no tenía ningún interés en que los pacientes enfer­maran y dependieran de medicamentos. Prescribía más ejercicio -caminar, nadar, hacer deporte- para que el paciente se conser­vara sano. Durante siglos, mientras perduró la influencia de Confucio, China debe haber sido el país más sano de la tierra.
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