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CAPÍTULO 1



Definición de Salud

Pregunta Primera
Recientemente has dicho que la mayoría de la humanidad está vegetando, no viviendo. Por favor, explícanos el arte de vivir para que también la muerte pueda convertirse en una celebración.
El hombre nace para vivir la vida, pero puede perdérsela; todo depende de él. Puede respirar, puede comer, puede envejecer, puede caminar hacia la tumba, pero eso no es vivir. Es una muerte gradual de la cuna a la tumba, una muerte gradual de setenta años. Y debido a que a tu alrededor hay millones de personas muriéndo­se gradualmente, muriéndose lentamente, empiezas a imitarlas. Los niños aprenden todo de las personas que les rodean, y estamos rodeados de muerte. Así que primero habrá que entender lo que quiero decir con vivir la vida. No consiste solamente en hacerse viejo. Consiste en hacerse mayor, en crecer. Envejecer y crecer son dos cosas diferentes. Cualquier animal es capaz de envejecer; cre­cer es el privilegio de los seres humanos. Pero solamente unos pocos ejercen su derecho.

Crecer significa adentrarse cada vez más profundamente en el principio de la vida momento a momento; significa distanciarse de la muerte, no adentrarse en la muerte. Cuanto más profundamente te adentras en la vida, tanto más percibes la inmortalidad inherente en ti. Te distancias de la muerte; llega un momento en que puedes ver que la muerte no es otra cosa que un cambio de atuendo, un cambio de casa, un cambio de forma; nada muere, nada puede morir. La muerte es la mayor ficción.

Para crecer, simplemente mira un árbol. A medida que el árbol crece hacia arriba sus raíces crecen más profundamente hacia abajo, más hondo. Hay un equilibrio: cuanto más se eleva el árbol, más profundas son sus raíces. No puede existir un árbol de cin­cuenta metros de altura que tenga raíces pequeñas; no podrían sos­tener a un árbol tan grande. En la vida, crecer significa profundizar en ti mismo: es ahí donde están tus raíces.

Para mí, el primer principio de la vida es la meditación. Todo lo

demás es secundario. Y la infancia es el mejor momento. A medi­da que envejeces te acercas a la muerte y resulta más y más difícil adentrarte en la meditación. Meditación significa adentrarte en tu inmortalidad, adentrarte en tu eternidad, adentrarte en tu divinidad. Y el niño es el ser más capacitado, porque todavía no está saturado de conocimientos, de religión, de educación, de toda clase de impu­rezas. Es inocente. Pero desafortunadamente su inocencia ha sido tachada de ignorancia. La ignorancia y la inocencia tienen una similitud, pero no son lo mismo. La ignorancia es, al igual que la inocencia, un estado de desconocimiento. Pero hay una gran dife­rencia que hasta ahora la humanidad ha pasado por alto. La ino­cencia no es erudita, pero tampoco desea ser erudita. Es absoluta­mente feliz, plena...

El primer paso del arte de vivir es crear una línea de demarca­ción entre la ignorancia y la inocencia. La inocencia tiene que ser alentada, protegida, porque el niño trae consigo el mayor tesoro, el tesoro que los sabios encuentran tras arduos esfuerzos. Los sabios dicen que se han vuelto niños otra vez, que han renacido...

Cuando te das cuenta de que has perdido la vida, el primer prin­cipio que hay que recuperar es la inocencia. Desecha tus conoci­mientos, olvida tus escrituras sagradas, olvida tus religiones, tus teologías, tus filosofías. Nace otra vez, vuélvete inocente: está en tus manos. Limpia tu mente de todo aquello que sabes, de todo lo que es prestado, de todo aquello que proviene de la tradición, del convencionalismo, de todo aquello que te ha sido dado por otros: padres, profesores, universidades... Simplemente deshazte de ello. Vuelve a ser simple, vuelve a ser un niño. Y este milagro es posi­ble a través de la meditación.

La meditación es simplemente un método quirúrgico que te des­prende de todo lo que no te es propio y salva solamente lo auténti­co de tu ser. Todo lo demás lo disuelve dejándote desnudo, solo bajo el sol, al viento. Es como si fueras el primer hombre que des­ciende sobre la tierra: que no sabe nada, que tiene que descubrir todo, que tiene que buscar, que tiene que salir en peregrinaje.

El segundo principio es el peregrinaje. La vida debe ser una búsqueda, no un deseo sino una búsqueda; no una ambición de lle­gar a ser esto, de llegar a ser aquello -el presidente de un país-, sino una búsqueda para encontrar «quién soy». Es muy extraño que la gente "que no sabe quién es esté intentando llegar a ser alguien. ¡Ni siquiera saben quién son ahora! No conocen su ser, pero tienen el objetivo de llegar a ser alguien. Llegar a ser es la enfermedad del alma. Ser es ser tú, y descubrir tu ser es el comienzo de la vida. Entonces cada instante es un descubrimiento inédito, cada momen­to te trae una nueva alegría: un misterio desconocido abre sus puertas, un amor incipiente crece en ti, una compasión nueva que nunca habías sentido antes, una sensibilidad nueva acerca de la belleza, acerca de la bondad.

Te vuelves tan sensible que incluso una brizna de hierba adquie­re una inmensa importancia. Tu sensibilidad te dice que esta pequeña brizna de hierba es tan importante para la existencia como la mayor estrella; sin esta brizna de hierba la existencia sería menos de lo que es. Esta pequeña brizna de hierba es única, es irrempla­zable, tiene su propia individualidad.

Esta incipiente sensibilidad te creará nuevas amistades: amistad con los árboles, con los pájaros, con los animales, con las mon­tañas, con los ríos, con los océanos, con las estrellas. La vida se enriquece cuando el amor crece, cuando la amistad crece.

En la medida que te vuelves más sensible, la vida se expande. Deja de ser un pequeño estanque y se convierte en un océano. No se limita a ti, a tu esposa y a tus hijos; no está limitada en absolu­to. Toda la existencia se vuelve tu familia. Y a menos que toda la existencia sea tu familia no conocerás qué es la vida; porque ningún hombre es una isla, todos estamos conectados. Somos un vasto con­tinente, estamos unidos de millones de formas. Y si nuestros cora­zones no están llenos de amor hacia el todo, nuestra vida mengua en la misma proporción.

La meditación te dará sensibilidad, una profunda sensación de pertenecer al mundo. Es nuestro mundo, las estrellas son nuestras... no somos extranjeros aquí. Pertenecemos intrínsecamente a la exis­tencia. Somos parte de ella, somos el corazón de ella.

La meditación te traerá un profundo silencio, porque todo el conocimiento inmundo desaparece, los pensamientos que forman parte del conocimiento también desaparecen... un inmenso silen­cio... y te sorprendes: este silencio es la única música. Toda la músi­ca es un esfuerzo para, de alguna forma, manifestar este silencio.

Los videntes del antiguo oriente revelaron que todas las artes -la música, la poesía, la danza, la pintura, la escultura- nacieron de la meditación. Son un esfuerzo para, de alguna forma, traer lo des­conocido al mundo conocido para aquellos que no están todavía lis­tos para el peregrinaje; sencillamente, son regalos para aquellos que no están todavía listos para ir de peregrinaje. Tal vez una canción pueda suscitarte el deseo de ir en busca de la fuente, tal vez una estatua.

La próxima vez que entres en un templo de Gautama el Buda o de Mahavira, siéntate en silencio, mira la estatua... porque la esta­tua se ha hecho de tal forma, con unas proporciones tales que si la miras entrarás en silencio. Es una estatua de meditación; no tiene que ver con Gautama el Buda ni con Mahavira...

En ese estado oceánico el cuerpo adopta una cierta postura. Lo has observado, pero no estabas alerta. Cuando estás enfadado -¿lo has observado?-, tu cuerpo adopta cierta postura. Cuando estás enfadado no puedes mantener tus manos abiertas: cierras el puño. Cuando estás enfadado no puedes sonreír; ¿o acaso puedes? Una cierta emoción conlleva una cierta postura. Las cosas pequeñas están profundamente relacionadas interiormente...

Durante siglos se ha utilizado una ciencia secreta para que las generaciones venideras pudiesen conectar con la experiencia de las generaciones más viejas; no a través de libros, no a través de pala­bras, sino a través de algo que va mucho más profundamente: a través del silencio, a través de la meditación, a través de la quietud. Al crecer tu silencio, tu amor crece; tu vida se vuelve, momento a momento, una danza, un regocijo, una celebración...

¿Has pensado alguna vez por qué, en todo el mundo, en cada cultura, en cada sociedad, hay unos días al año dedicados a la cele­bración? Esos días de celebración son sólo una compensación, por­que esas sociedades te han desposeído de toda la celebración de tu vida, y si no te dan algo a cambio puedes llegar a convertirte en un peligro para la sociedad. Todas las culturas tienen que ofrecerte una compensación para que no te sientas completamente perdido, sumi­do en el sufrimiento y la tristeza. Pero estas compensaciones son falsas. En tu mundo interior puede haber una continua sucesión de luminosidad, de canciones, de alegrías.

Recuerda siempre que la sociedad te compensa cuando pre­siente que lo que reprime puede provocar una situación peligro­sa. La sociedad siempre encuentra alguna manera de permitirte descargar lo reprimido. Pero eso no es una verdadera celebra­ción, no es posible que sea auténtica. La verdadera celebración debe provenir de tu vida, ha de ser en tu vida.

La verdadera celebración no puede tener lugar a partir de un calendario previo que te dice que el primero de noviembre será un día de celebración. Es extraño: eres infeliz durante todo el año y el primero de noviembre, de repente, te olvidas de tus amarguras y te pones a bailar. O bien la amargura era falsa o el primero de noviem­bre es falso; no es posible que ambas cosas sean auténticas. Y cuan­do ha pasado el primero de noviembre te encuentras otra vez en tu agujero negro, todo el mundo regresa a su amargura, a su ansiedad.

La vida debería ser una celebración continua, un festival de luces todo el año. Sólo entonces puedes crecer, florecer. Transforma las pequeñas cosas en una celebración. Cada cosa que haces debería ser una expresión de ti, debería llevar tu firma. Entonces la vida se convierte en una celebración continua. Incluso si enfermas y has de permanecer en cama, sucederá que esos instantes serán de alegría, de relajación y descanso, de medita­ción; serán momentos para escuchar música o poesía. No hay nece­sidad de entristecerse. Deberías alegrarte de que mientras todo el mundo está en la oficina tú estás en tu cama, como un rey, relaján­dote; alguien te está preparando té, la tetera entona una melodía, un amigo ha venido a tocar la flauta para ti. Estas cosas son más impor­tantes que cualquier medicina. Cuando enfermes, llama al médico. Pero todavía más importante: llama a todos aquellos que te aman, porque no hay ninguna medicina más poderosa que el amor. Llama a quienes pueden crear belleza, música, poesía a tu alrededor, por­que nada sana tanto como una atmósfera de celebración.

La medicina es, entre todas las clases de tratamiento, el inferior. Pero parece que hemos olvidado todo, por eso dependemos de la medicina, nos ponemos de mal humor y nos entristecemos. ¡Cualquiera diría que te estás perdiendo algo fantástico! En la ofi­cina estabas amargado. Incluso en un día libre te aferras a la amar­gura, no quieres soltarla.

Haz de cada cosa algo creativo; saca el mejor partido de lo malo -eso es lo que yo llamo «el arte»-. Y si un hombre ha vivido la vida plenamente, haciendo de cada momento y de cada fase algo hermoso, amoroso, alegre, sucederá que de manera natural su muerte será la culminación del esfuerzo de toda su vida.

Los últimos detalles... su muerte no será desagradable, tal como generalmente la vive la mayoría de al gente. Si la muerte es desagradable­ significa que toda tu vida ha sido un desperdicio.

La muerte debería ser una aceptación serena, una entrada amo­rosa en lo desconocido, una despedida gozosa de los viejos amigos, del viejo mundo. No debería entrañar ninguna tragedia...

Empieza a meditar y comenzarán a crecer cosas en ti: el silen­cio, la serenidad, la felicidad, la sensibilidad. Y lo que sea que te aporte la meditación, intenta traerlo a la vida cotidiana; compárte­lo, porque todo lo que se comparte crece con rapidez. Y cuando ten­gas que enfrentarte a la muerte sabrás que no hay muerte. Puedes decir adiós; no hay necesidad de ninguna lágrima de tristeza: tal vez lágrimas de alegría, pero no de tristeza.
Pregunta Segunda

¿Qué relación hay entre medicina y meditación?
La palabra «meditación» y la palabra «medicina» provienen de la misma raíz. Medicina significa aquello que sana lo físico; meditación significa aquello que sana lo espiritual. Ambas son poderes curativos.

Otra cosa a recordar: las palabras inglesas «healing» [sanar, curar] y «whole» [todo, completo] también provienen de la misma raíz. Sanarse significa ser un todo, estar completo, que no falta nada. Otra derivación de la misma raíz, la palabra «holy», significa sagrado. Sano, completo y sagrado no son diferentes en su raíz.

La meditación te sana, te hace íntegro, y estar íntegro es ser sagrado. La santidad no tiene nada que ver con vincularse a una religión, con pertenecer a una iglesia. Simplemente significa que dentro de ti estás entero, completo; no falta nada, estás colmado. Eres aque­llo que la existencia quiere que seas. Has realizado tu potencial...

La religión es un viaje hacia el interior y la meditación es el camino. Lo que la meditación hace es llevarte, llevar tu conscien­cia, al nivel más profundo que sea posible. Incluso tu propio cuer­po se vuelve algo externo. Incluso tu mente se vuelve algo externo. Incluso tu corazón -el cual está muy cerca del centro de tu ser ­se vuelve externo. Cuando tu cuerpo, tu mente y tu corazón, los tres, son vistos como algo externo, has llegado al propio centro de tu existencia.

Esta llegada al centro es una tremenda explosión que lo trans­forma todo. Nunca volverás a ser el mismo, porque ahora sabes que el cuerpo es sólo la envoltura exterior; la mente es un poco más interior, pero no es tu centro interior; el corazón es un poco más interior todavía, pero tampoco es tu centro interior. Te has desiden­tificado de los tres.

Por primera vez empiezas a sentirte cristalizado... no esa vieja persona así-asá que siempre has sido. Por primera vez empiezas a sentir una tremenda energía, una energía inextinguible de la cual no eras consciente. Ahora sabes que la muerte solamente afecta al cuerpo, a la mente, al corazón, pero no a ti.

Tú eres eterno. Siempre has estado aquí y siempre estarás aquí, en formas diferentes y al final en un estado sin forma, pero no pue­des ser destruido, eres indestructible. Eso te libera de todo miedo. Y la desaparición del miedo es la aparición de la libertad. La desa­parición del miedo es la aparición del amor. Ahora puedes compar­tir. Puedes dar tanto como quieras, porque ahora te hallas en el manantial inextinguible de las aguas vivas...

La meditación te hace íntegro, te hace sagrado y te vuelve una fuente inextinguible para todos los que están hambrientos, sedien­tos, buscando, tanteando en la oscuridad. Te vuelves una luz... La meditación es el camino de la maestría de tu propio ser. No se pre­cisa de ningún Dios, de ningún credo, de ningún libro sagrado. Nadie necesita convertirse en un cristiano, en un judío, en un hindú, todo eso es puro disparate. Todo lo que se requiere es encontrar tu centro, y la meditación es la forma más simple de encontrarlo.

Te hará íntegro, espiritualmente sano, y te volverá tan rico espi­ritualmente que podrás destruir la pobreza espiritual del mundo. Y la verdadera pobreza es esa. La pobreza física -de alimento, ropa y hogar- puede reme­diarse fácilmente con ayuda de la ciencia y la tecnología, pero la ciencia y la tecnología no pueden darte la felicidad, eso está fuera de su alcance. Podrás tener todo lo que el mundo te pueda ofrecer, pero si no tienes paz, serenidad, silencio, éxtasis, seguirás siendo pobre. De hecho, sentirás más que nunca tu pobreza porque el con­traste estará ahí. Tal vez vivas en un palacio dorado, pero sabes que eres un mendigo. El palacio dorado será un contraste: ahora puedes ver que dentro de ti no hay nada, que simplemente estás vacío.

Por eso, a medida que la humanidad se vuelve más inteligente, más madura, más gente empieza a sentir que la vida no tiene sentido,­ más gente empieza a sentir que la vida es accidental, que es fútil seguir viviendo.

Las últimas conclusiones de la filosofía occidental indican que quizá el suicidio sea la única solución. Obviamente, si tienes a tu alcance todo lo externo que el mundo te puede ofrecer pero no conoces tu mundo interior, el suicidio te parecerá la única solución.

La meditación puede enriquecerte interiormente. Entonces el suicidio está fuera de lugar; aun cuando quieras destruirte, no hay forma. Tu ser es indestructible. Y conocer esta inmortalidad te da una gran libertad: de la muerte, de la enfermedad, de la vejez. Todo ello vendrá y pasará, pero tú permanecerás intacto... Tu salud inte­rior está más allá de toda enfermedad.

Y está ahí, aguardando tan sólo a ser descubierta.

La ciencia médica, la fisiología o la psicología están muy inmaduras en el sentido de que sólo trabajan en la superficie del ser humano, no han encontrado un camino que lleve al centro del hombre. Y debido a que no aceptan la existencia de alguna consciencia más allá de la mente, de alguna consciencia más allá de la muerte, están completamente cerradas, llenas de prejuicios y en contra del tremendo esfuerzo que los místicos han realizado por encontrar el centro de la consciencia.

A menudo el diagnóstico de un fisiólogo o un médico es absolutamente erróneo por la simple razón de que su visión no es suficientemente amplia. Su visión del hombre se reduce a la materia; para ellos la mente es sólo un subproducto de la materia, un fenómeno sombrío más allá del cual no hay nada más, nada eterno, nada que pueda permanecer por siempre. Han fabricado una imagen que provoca la desesperación de la gente inteligente. Y debido a este rechazo, su enfoque no es científico; es tan supersticioso como cualquier otro fanatismo religioso o político.

La ciencia no tiene legitimidad para negar la consciencia a menos que explorara el espacio interior de la consciencia humana y encontrara que no es nada más que un conglomerado de sueños, que no es una realidad sino una sombra.

Pero no lo han explorado; simplemente lo han dado por asumido. El materialismo es la asunción de la superstición del mundo de la ciencia, al igual que Dios, el cielo y el infierno son las supersticiones del mundo de la religión.

La ciencia no es todavía una ciencia pura, y no puede serlo por­que el científico todavía no es inocente, imparcial, libre de prejui­cios, no está dispuesto a buscar la verdad a pesar de sí mismo y de sus condicionamientos.


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