El amor se convierte en eje principal del romanticismo. Suele ofrecer dos formas: la sentimental y la pasional. La primera, escasa en España, consiste en una






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El amor se convierte en eje principal del romanticismo. Suele ofrecer dos formas: la sentimental y la pasional. La primera, escasa en España, consiste en una actitud de

melancolía, de tristeza íntima, de ensueño irrealizable cuyos ingredientes son el alma tímida del poeta, la mujer amada e imposible, el paisaje compañero. El amor pasión,

magníficamente ejemplificado en las obras dramáticas, Don Álvaro, El trovador, Los amantes de Teruel, Don Juan Tenorio, surge repentinamente, sin causa razonable, y se desarrolla en términos de todo o nada. Para la mujer viene envuelto en nubes de inocencia; para el hombre, en afanes de aventura y fama. Rompe siempre las fronteras de las convenciones sociales: los amantes saltan por encima de los padres, de los códigos morales y aun de Dios.

La consecuencia es la infelicidad: las dificultades se amontonan, el destino se interpone y la cara final de la pasión es la muerte trágica o el amargo desengaño del que nace el cinismo o la ironía. La vida para el romántico no vale por sí misma, sino en cuanto sirve para algo. En sí la vida se presenta como un cúmulo de tristezas, de dolores y desgracias sin cuento, por más que en la juventud se sueñe amor, riqueza, o fama: una profunda melancolía acompaña todos los momentos del hombre sobre la tierra. Por eso se la estima en poco, como el “pirata” de Espronceda; por eso no cuesta eliminarla: el suicidio –Larra lo probó– es una solución fácil y justificada. Pero en cuanto sirve para realizar otras empresas la vida es estimable y valiosa: el romántico busca la acción, va y viene, recorre el mundo, se enfrenta a monstruos, quiere perderse y olvidar, porque cuando se detiene y medita, el vacío se abre ante él, la nada lo domina [...]

La muerte es la gran amiga de los románticos. Como la vida no vale, a la muerte no se la teme. Es la gran liberadora, la que trae la paz al alma atormentada: sobre la tumba romántica el ciprés y la luna ponen siempre una nota de reposo, de encanto, suprimiendo el horror de la corrupción. Por eso los amantes infelices la desean; los resignados la esperan para unirse a los seres queridos; los amigos lloran al ausente con conformidad. Pero existe otro aspecto: el desprecio por la vida lleva al desgraciado al suicidio; al valiente, a la muerte heroica, y al temerario, a reírse del sino inevitable. No se puede leer una obra romántica sin toparse de un modo u otro con la muerte.

RICARDO NAVAS-RUIZ


  • Con mucha frecuencia se ha empleado una cita del extraordinario novelista francés Stendhal, seudónimo de Henri Beyle (1783-1842), para definir la novela realista del siglo XIX. Pertenece a su novela Rojo y negro y dice así:


Una novela es un espejo que se pasea por un ancho camino. Tan pronto refleja el azul del cielo ante vuestros ojos, como el barro de los barrizales que hay en el camino. ¡Y el hombre que lleva el espejo en su cuévano será acusado por ustedes de ser inmoral! Más justo sería acusar al largo camino donde está el barrizal y, más aún, al inspector de caminos que deja el agua estancarse y que se formen los barrizales.


  • Expresa tu opinión sobre esta concepción stendhaliana de la novela.




  • Desde el punto de vista del lenguaje, una de las características más destacadas de la novela realista es la imitación del habla coloquial. Análiza este importante aspecto del lenguaje de la novela realista en el siguiente texto




  • Una característica destacada de la novela realista es la presencia de un narrador omnisciente.


Delibes es omnisciente en todas sus novelas. Es decir, su conocimiento, como autor, de los personajes de la acción es total. Esto entraña:

1) Conocimiento de la acción física de los personajes.

2) Conocimiento u opinión del psiquismo de los personajes.

3) Juicio u opinión del autor sobre la conducta de los mismos y sobre el conjunto de sus acciones.

Naturalmente, en principio cualquier novelista es, o puede ser, totalmente omnisciente sobre los personajes que ha creado. Pero ya dije cómo el escritor “behaviorista”, en busca de un realismo a ultranza, “pretende” conocer sólo la acción física de los personajes (1) y cómo la mayor parte de los novelistas actuales nos revelan conducta y psiquismo (1 y 2). Pero lo que no hacen es juzgar a sus personajes (3), ya que esto implicaría un “endiosamiento del autor”, su afirmación de que se halla en un plano moral superior al de sus personajes,“inadmisible en nuestros días”.


  • Como actividad interdisciplinar en relación con el Departamento de Filosofía, los alumnos aportan datos por escrito sobre las tres grandes concepciones filosóficas de signo materialista del momento que reaccionaron contra el idealismo: el positivismo de Auguste Comte, el evolucionismo de Charles Darwin y el marxismo de Karl Marx.


He aquí uno de los grandes logros de la nueva estética: la consecución de un instrumento lingüístico que pretende –y en muchos casos lo consigue– ser fiel reflejo de la realidad cotidiana. No podemos ignorar, con todo, la existencia de dos estadios distintos: la voz del narrador y el habla de los personajes. La primera presenta por regla general un estilo más cuidado y culto, a veces incluso retórico. Pero, a pesar de estos engolamientos esporádicos, participa muy a menudo del tono coloquial, con expresiones similares a las que ponen en boca de las criaturas. No presenta, naturalmente, los fenómenos típicos de la conversación, tales como anacolutos, interrupciones, etc., puesto que es un monólogo, ni se advierten en ella titubeos que serían inexplicables en un narrador omnisciente.

El habla de los seres ficticios varía para ajustarse a los rasgos específicos de cada uno de ellos, convirtiéndose en un elemento esencial de su caracterización. Encontramos así una amplia gama de idiolectos que van desde el tono culto al más vulgar, pasando por los que reflejan las peculiaridades lingüísticas de una determinada región [...]

El lenguaje coloquial de la novela realista presenta una serie de rasgos que nos permiten considerarlo como tal. Tanto el habla de los personajes como la del narrador está plagada de:

Refranes, adaptaciones de los mismos o sentencias similares –“a zoquete regalado no debieras ponerle tacha” [...] Exclamaciones –“¡Pateta!” [...] Diminutivos afectivos o despectivos –“guasitas” [...] Aumentativos y superlativos –“frescachona” [...] Frases hechas –“hablando entre dientes” [...] Símiles coloquiales –“es pesado como el plomo” [...] Expresiones de tono desgarrado –“para que se pudra en el calabozo” [...] Expresiones humorísticas –“no paraba hasta dar, por lo menos, con la pata del Cid, si es que se conformaba con eso”[...] Léxico coloquial –“me acoquinaba”[...] Apelativos cariñosos –“Curiosón de los demonios”[...] Insultos e imprecaciones –Él sí que es un animal, un salvaje”[...]

Hablemos, por último, de la tendencia de la novela realista a caracterizar a los personajes con una serie de muletillas que son, por otra parte, algo muy corriente en la vida real. Es un recurso que aparece con frecuencia en los seres planos como uno de los pocos rasgos que se les atribuyen. No falta tampoco en criaturas de mayor complejidad en un intento de aproximarse a la lengua coloquial.

FELIPE B. PEDRAZA Y MILAGROS RODRÍGUEZ

LA REGENTA, Leopoldo alas, “Clarín” CAP. I
La heroica ciudad dormía la siesta. El viento Sur, caliente y perezoso, empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el Norte. En las calles no había más ruido que el rumor estridente de los remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles que iban de arroyo en arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina revolando y persiguiéndose, como mariposas que se buscan y huyen y que el aire envuelve en sus pliegues invisibles. Cual turbas de pilluelos, aquellas migajas de la basura, aquellas sobras de todo se juntaban en un montón, parábanse como dormidas un momento y brincaban de nuevo sobresaltadas, dispersándose, trepando unas por las paredes hasta los cristales temblorosos de los faroles, otras hasta los carteles de papel mal pegado a las esquinas, y había pluma que llegaba a un tercer piso, y arenilla que se incrustaba para días, o para años, en la vidriera de un escaparate, agarrada a un plomo.      

Vetusta, la muy noble y leal ciudad, corte en lejano siglo, hacía la digestión del cocido y de la olla podrida, y descansaba oyendo entre sueños el monótono y familiar zumbido de la campana de coro, que retumbaba allá en lo alto de la esbelta torre en la Santa Basílica. -La torre de la catedral, poema romántico de piedra, delicado himno, de dulces líneas de belleza muda y perenne, era obra del siglo diez y seis, aunque antes comenzada, de estilo gótico, pero, cabe decir, moderado por un instinto de prudencia y armonía que modificaba las vulgares exageraciones de esta arquitectura. La vista no se fatigaba contemplando horas y horas aquel índice de piedra que señalaba al cielo; no era una de esas torres cuya aguja se quiebra de sutil, más flacas que esbeltas, amaneradas, como señoritas cursis que aprietan demasiado el corsé; era maciza sin perder nada de su espiritual grandeza, y hasta sus segundos corredores, elegante balaustrada, subía como fuerte castillo, lanzándose desde allí en pirámide de ángulo gracioso, inimitable en sus medidas y proporciones. Como haz de músculos y nervios la piedra enroscándose en la piedra trepaba a la altura, haciendo equilibrios de acróbata en el aire; y como prodigio de juegos malabares, en una punta de caliza se mantenía, cual imantada, una bola grande de bronce dorado, y encima otra más pequeña, y sobre ésta una cruz de hierro que acababa en pararrayos.      

Cuando en las grandes solemnidades el cabildo mandaba iluminar la torre con faroles de papel y vasos de colores, parecía bien, destacándose en las tinieblas, aquella romántica mole; pero perdía con estas galas la inefable elegancia de su perfil y tomaba los contornos de una enorme botella de champaña. -Mejor era contemplarla en clara noche de luna, resaltando en un cielo puro, rodeada de estrellas que parecían su aureola, doblándose en pliegues de luz y sombra, fantasma gigante que velaba por la ciudad pequeña y negruzca que dormía a sus pies.      

Bismarck, un pillo ilustre de Vetusta, llamado con tal apodo entre los de su clase, no se sabe por qué, empuñaba el sobado cordel atado al badajo formidable de la Wamba, la gran campana que llamaba a coro a los muy venerables canónigos, cabildo catedral de preeminentes calidades y privilegios. (...) El delantero, ordinariamente bromista, alegre y revoltoso, manejaba el badajo de la Wamba con una seriedad de arúspice de buena fe. Cuando posaba para la hora del coro -así se decía- Bismarck sentía en sí algo de la dignidad y la responsabilidad de un reloj.
(...) Alrededor de la catedral se extendía, en estrecha zona, el primitivo recinto de Vetusta. Comprendía lo que se llamaba el barrio de la Encimada y dominaba todo el pueblo que se había ido estirando por Noroeste y por Sudeste. Desde la torre se veía, en algunos patios y jardines de casas viejas y ruinosas, restos de la antigua muralla, convertidos en terrados o paredes medianeras, entre huertos y corrales. La Encimada era el barrio noble y el barrio pobre de Vetusta. Los más linajudos y los más andrajosos vivían allí, cerca unos de otros, aquéllos a sus anchas, los otros apiñados. El buen vetustente era de la Encimada. Algunos fatuos estimaban en mucho la propiedad de una casa, por miserable que fuera, en la parte alta de la ciudad, a la sombra de la catedral, o de Santa María la Mayor o de San Pedro, las dos antiquísimas iglesias vecinas de la Basílica y parroquias que se dividían el noble territorio de la Encimada. El Magistral veía a sus pies el barrio linajudo compuesto de caserones con ínfulas de palacios; conventos grandes como pueblos; y tugurios, donde se amontonaba la plebe vetustense, demasiado pobre para poder habitar las barriadas nuevas allá abajo, en el Campo del Sol, al Sudeste, donde la Fábrica Vieja levantaba sus augustas chimeneas, en rededor de las cuales un pueblo de obreros había surgido. Casi todas las calles de la Encimada eran estrechas, tortuosas, húmedas, sin sol; crecía en algunas la yerba; la limpieza de aquellas en que predominaba el vecindario noble o de tales pretensiones por lo menos, era triste, casi miserable, como la limpieza de las cocinas pobres de los hospicios; parecía que la escoba municipal y la escoba de la nobleza pulcra habían dejado en aquellas plazuelas y callejas las huellas que el cepillo deja en el paño raído. Había por allí muy pocas tiendas y no muy lucidas. Desde la torre se veía la historia de las clases privilegiadas contada por piedras y adobes en el recinto viejo de Vetusta. La iglesia ante todo: los conventos ocupaban cerca de la mitad del terreno; Santo Domingo solo tomaba una quinta parte del área total de la Encimada: seguía en tamaño las Recoletas, donde se habían reunido en tiempo de la Revolución de Septiembre dos comunidades de monjas, que juntas eran diez y ocupaban con su convento y huerto la sexta parte del barrio.

¡Adiós, Cordera! (Leopoldo Alas "Clarín")

Desde aquel día en que adivinaron el peligro, Pinín y Rosa no sosegaron. A media semana se personó el mayordomo en el corral de Antón. Era otro aldeano de la misma parroquia, de malas pulgas, cruel con los caseros atrasados. Antón, que no admitía reprimendas, se puso lívido ante las amenazas del desahucio.

El amo no esperaba más. Bueno, vendería la vaca a vil precio, por una merienda. Había que pagar o quedarse en la calle.

El sábado inmediato acompañó al Humedal Pinín a su padre. El niño miraba con horror a los contratistas de carne, que eran los tiranos del mercado. La Cordera fue comprada en su justo precio por un rematante de Castilla. Se le hizo una señal en la piel y volvió a su establo de Puao, ya vendida, ajena, tañendo tristemente la esquila. Detrás caminaba Antón de Chinta, taciturno, y Pinín, con ojos como puños. Rosa, al saber la venta, se abrazó al testuz de la Cordera, que inclinaba la cabeza a las caricias como al yugo. (...)

El viernes, al oscurecer, fue la despedida. Vino un encargado del rematante de Castilla por la res. Pagó; bebieron un trago Antón y el comisionado, y se sacó a la quintana la Cordera. Antón había apurado la botella estaba exaltado; el peso del dinero en el bolsillo le animaba también. Quería aturdirse. Hablaba mucho, alababa las excelencias de la vaca. El otro sonreía, porque las alabanzas de Antón eran impertinentes. ¿Que daba la res tanto y tantos xarros de leche? ¿Que era noble en el yugo, fuerte con la carga? ¿Y qué, si dentro de pocos días había de estar reducida a chuletas y otros bocados suculentos? Antón no quería imaginar esto; se la figuraba viva, trabajando, sirviendo a otro labrador, olvidada de él y de sus hijos, pero viva, feliz... Pinín y Rosa, sentados sobre el montón de cucho, recuerdo para ellos sentimental de la Cordera y de los propios afanes, unidos por las manos, miraban al enemigo con ojos de espanto. En el supremo instante se arrojaron sobre su amiga; besos, abrazos: hubo de todo. No podían separarse de ella. Antón, agotada de pronto la excitación del vino, cayó como en un marasmo; cruzó los brazos, y entró en el corral oscuro.

Los hijos siguieron un buen trecho por la calleja, de altos setos, el triste grupo del indiferente comisionado y la Cordera, que iba de mala gana con un desconocido y a tales horas. Por fin hubo que separarse. Antón malhumorado, clamaba desde casa:

-¡Bah, bah, neños, acá vos digo; basta de pamemes! -así gritaba de lejos el padre, con voz de lágrimas.

Caía la noche; por la calleja oscura, que hacían casi negra los altos setos, formando casi bóveda, se perdió el bulto de la Cordera, que parecía negra de lejos. Después no quedaba de ella más que el tintán pausado de la esquila, desvanecido con la distancia, entre los chirridos melancólicos de cigarras infinitas.

¡Adíós, Cordera! -gritaba Rosa deshecha en llanto-. ¡Adiós, Cordera de mío alma!

-¡Adiós, Cordera! -repetía Pinín, no más sereno.

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